Laera, Alejandra El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004
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Gisela Salas Carrillo is a graduate student at the Department of Spanish and Portuguese, University of Colorado at Boulder. Her ongoing dissertation project focuses on the Nineteenth-Century Argentinian narrative.
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How to cite this review: Salas Carrillo, Gisela. "Laera, Alejandra. El tiempo vacío de la ficción. Las novelas argentinas de Eduardo Gutiérrez y Eugenio Cambaceres. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 30/08/05 (http://www.dissidences/ ReviewLaera.html)
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"Las novelas de Cambaceres y Gutiérrez son el corpus que le permite a Laera acercarse al fenómeno ochentesco y rastrear, una vez descartada la fantasía de los “romances fundacionales”, los discursos nacionalistas en el momento en que Argentina finalmente pasaba —aunque centralizado en Buenos Aires— por la experiencia de un gran fenómeno editorial conjugado con el anhelante interés del público de folletines"
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Se ha escrito mucho en torno a la relación entre la novela decimonónica y la formación de la
conciencia nacional en el siglo XIX, así como sobre el papel de las ficciones respecto de la
constitución de las naciones. Sin embargo, es un asunto respecto del cual siguen
apareciendo inagotablemente investigaciones y lecturas variopintas. El problema de la
mayoría de esas aproximaciones a la relación entre novela decimonónica y nación en
Latinoamérica tiene que ver con el hecho de que aceptan sin mayor cuestionamiento las
teorías de Benedict Anderson y con la acción derivada de ello, lo que conduce a una tarea
exegética tergiversada, a saber, desencriptar en clave alegórica los mensajes sobre la
nacionalidad ocultos en las novelas.
Poco se ha escrito sobre la recepción real de estas novelas en su propio tiempo y casi nada
se ha dicho sobre las diferencias entre el print capitalism europeo decimonónico y las reales
condiciones editoriales y de recepción de las novelas decimonónicas latinoamericanas. El
trabajo de Alejandra Laera se aproxima a esa cuestión crucial omitida —o desestimada— en
las discusiones e investigaciones sobre el tema. Su estudio es indiscutiblemente valioso en
este punto porque analiza el proceso editorial y de crítica literaria que rodea a la aparición
de las novelas ochentistas, sobre todo en lo que concierne a la publicación folletinesca de
Eduardo Gutiérrez —enfáticamente en este libro a su serie de gauchos— y al extraño
tránsito de la publicación anónima al folletín de la obra de Eugenio Cambaceres. Laera
indaga sobre la relación entre el fenómeno editorial y el Estado argentino, y demuestra que
estos textos no son una representación de la nación ideal, sino del alineamiento entre política
y literatura promovido por los intereses de los medios periodísticos en que estas novelas
aparecieron o fueron asimiladas y no como una propuesta de sus autores. Dicho de otro
modo, fueron textos utilizados para sembrar en el imaginario popular las bases de la idea de
nación que proviene del Estado mismo. En consecuencia, el impulso de las novelas de
Gutiérrez y de Cambaceres no es nacionalista.
Este libro, pues, pertenece sin duda al corpus de trabajos explorativos sobre la
representación de la nación en el siglo XIX. Tanto es así que el título del texto actualiza una
noción de Walter Benjamin tomada por Anderson y central en su argumentación sobre que
el espacio de la ficción es análogo al de la nación y sobre su capacidad para representarla.
El término de Benjamin es estrictamente “tiempo homogéneo y vacío”, la alteración del
nombre de la noción en el título es significativa y sugiere su distanciamiento de las ideas de
Anderson y su problematización en el caso argentino. Porque, en efecto, a pesar de que el
trabajo de Laera toma una ruta que proviene de Anderson, no se alínea con las
interpretaciones que develan las alegorías nacionales en los textos decimonónicos; por el
contrario, se desvía de ese derrotero común en un gesto disidente legítimo fundado en el
proceso mismo de investigar y analizar la emergencia y constitución de la novela como
género en Argentina. Más aun, el corpus de novelas elegido por la autora pone en cuestión
precisamente la idea de identidad nacional. Dice Laera: "las novelas de Eduardo Gutiérrez
y Eugenio Cambaceres ponen en crisis las identidades y representan el momento en el que
los sujetos han dejado de reconocerse" (23), y unas líneas más adelante continúa:
[l]a novela ya no es, como alguna vez se quiso, el equivalente alegórico y totalizador de la nación y sus
identidades, sino que opera sobre los restos y los huecos que el Estado modernizador de los años
ochenta practica en la reconfiguración de lo nacional. (23)
A primera vista, parece evidente que Laera acepta el hecho de que existe una relación
incuestionable entre novela y nación, y que si estas novelas de la década del 80 dan cuenta
de un sujeto nacional escindido es porque ese es el estado de lo nacional por la época. De
tal modo que, indistintamente si la imagen proyectada es positiva o negativa, parecería que
el binomio nación-novela no fuera problematizado. Así, según esto, hubo un momento —
aquel del que dan cuenta los romances fundacionales— en el cual la nación era un
constructo armónico que dio paso a otro periodo en el que esa noción fue puesta en
cuestión como consecuencia de las acciones del Estado que modificaron el panorama
social argentino, proceso que puede ser revisitado en las novelas de la época.
No obstante, en la argumentación de Laera, el espacio de estas novelas no se postula como
análogo al de la nación, sino como uno en el que se puede encontrar una puesta en escena
de ansiedades que pertenecen también a la esfera de lo político-social y que coinciden con
preocupaciones relacionadas con problemas sobre la nación argentina de esos momentos.
Tampoco cree que haya sido la novela el género por excelencia en el que durante todo este
tiempo se haya contenido el tema de la nación argentina; por el contrario, la autora afirma
que:
[…] el hecho de que en la Argentina esas ‘ficciones fundacionales’ hayan sido escasas, de corto aliento,
y hayan resultado, contra lo esperado, estériles y discontinuas, desdice ese carácter fundacional, tanto
en lo que hace a la constitución del género como al vínculo que este habría entablado con la
construcción de la nación. (15)
Y es que en Argentina, a diferencia de Europa, Estados Unidos y Brasil, la novela, como
explica Laera, se constituyó tardíamente. Según los testimonios de Domingo Faustino
Sarmiento, Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López, la escritura y lectura de novelas fue
durante los años que van desde el inicio de la República hasta la década del ochenta “un
deseo diferido”. Hasta el tiempo de Gutiérrez y Cambaceres, la escritura de novelas fue una
actividad discontinua y proyectos de corto aliento comparadas con la profusa publicación de
novelas —casi cien según la contabilidad de Laera— a lo largo de esta década. No fueron
entonces autores ni novelistas como José Mármol los que conjuraron en sus textos la
propuesta nacional, sino figuras como Sarmiento, Mitre y López. En efecto, antes del
periodo comprendido en los años de la década del 80, los discursos privilegiados en los que
se hablaba y se discutía sobre la nación fueron el historiográfico y el ensayístico. Sin
embargo, esto tampoco lleva a concluir a Laera que ese impulso nacionalista de la novela
ausente en los años de emergencia del género y de la nación haya aparecido tardíamente en
los momentos de “afirmación y constitución” de ambos. Por el contrario, no aparece en el
libro la afirmación sobre la existencia de un impulso nacionalista propio en esos textos, sino
el de su apropiación, uso y manipulación en contextos de discusiones acerca de la nación
propiciados por los medios y formas de su publicación, asunto relacionado con la prensa de
la época.
En su momento, muy poca gente debe de haber leído Amalia o alguna otra novela
contemporánea reconociendo en ellas un discurso nacionalista. Todas ellas fueron apenas
los antecedentes del género novelesco. Ese reconocimiento, en cambio, sí ocurrió en la
relectura de El matadero de Esteban Echeverría. Por eso fue tan importante, por ejemplo,
filiar la obra cambaceriana con este texto. Ese fue además uno de los grandes argumentos
de la crítica decimonónica para nombrar a Cambaceres no solo el abanderado de la
Generación del 80, sino el autor de una prosa verdaderamente nacional más acabada. Este
viraje en la actitud hermenéutica y receptiva de la época respecto del autor de las
vilipendiadas Pot-pourri (1882) y Música sentimental (1884) solo fue posible por tres razones:
el estado político-social de Argentina, la publicación en 1886 del estudio sobre Cambaceres
de García Mérou y las nuevas condiciones editoriales de las dos últimas novelas de
Cambaceres: Sin rumbo (1885) y En la sangre (1887) (182). Precisamente, es en eso último
donde, en opinión de la autora, se encuentran las razones que explican la asimilación,
relectura y apropiación de las novelas cambacerianas por la oligarquía liberal y gobernante
argentina.
Para Laera, la década del ochenta es crucial por dos razones. La primera tiene que ver con
el hecho de que solo en ese momento, y no antes, hubo un fenómeno editorial importante en
Argentina —algo muy cercano a las condiciones que Anderson describe como print
capitalism— que coincidió con otro incluso más relevante: la aparición de la figura del
escritor, definido este como un sujeto —profesional o amateur, para usar una diferenciación
de la autora— para quien la escritura es un medio de vida y no una actividad realizada entre
los entreactos de sus otras ocupaciones. Esta es una precisión relevante porque Laera
argumenta también que en este momento surge la novela moderna en Argentina. Una de
las coincidencias distinguidas por ella entre Cambaceres y Gutiérrez es justamente el hecho
de que ambos se dedicaron en exclusividad a la producción literaria: Cambaceres se retiró
de la vida pública y solo después publicó su primera novela, Pot-pourri; Gutiérrez, por su
lado, no cesó de publicar folletines desde 1879 hasta 1889, año de su muerte, como único
medio de ganarse la vida. La otra gran coincidencia relevante es la relación de estos
escritores con la prensa. En el caso de Gutiérrez, es un dato incuestionable: es el creador
del folletín argentino. Sin embargo, no parece ser un dato evidente en la biografía de
Cambaceres hasta la publicación como folletín de su última novela, En la sangre, en el diario
Sud-América. A pesar de que los dos primeros textos de Cambaceres fueron publicados
anónimamente en París y rechazados unánimemente por la crítica literaria al ser
considerados ejemplos de ejercicios literarios malsanos y deleznables, en 1885 esta opinión
cambió radicalmente con la aparición de Sin rumbo, la tercera de sus novelas. Sud-América
publicó en avance los capítulos 39 y 40 y La Crónica hizo lo mismo con el último capítulo.
Más aun, en La Crónica apareció al día siguiente una nota que hacía una relectura de
Música sentimental —la segunda novela de ese autor y las más repudiada de las dos
primeras— a la luz de los debates sobre el naturalismo y de la novela argentina.
En efecto, hasta la publicación en adelanto de algunos capítulos de Sin rumbo, la obra de
Cambaceres había sido motivo de crítica adversa acérrima e indistinta por parte de
conservadores y liberales. Pedro Goyena —católico conservador y figura apostrofada con
nombre propio en Pot-pourri— y Miguel Cané no se cansaron de publicar sus diatribas
contra las dos novelas iniciáticas de Cambaceres, aunque, eso sí, desde posiciones
ideológicas muy diferentes. Es solo después de los adelantos y de la relectura de su obra
anterior que Eugenio Cambaceres pudo ser recuperado, a la manera de un hijo pródigo,
para la causa del proyecto nacional propuesto por los liberales. Sin embargo, queda claro
que aquello solo fue una asimilación y no una parte constitutiva de la propuesta
cambaceriana.
Fue necesario construir una genealogía literaria que legitimara el derrotero nacionalista que
la oligarquía gobernante necesitaba como parte indispensable y medular de su momento de
asentamiento. En medio de esos afanes, se vio en las novelas de Cambaceres un espacio
retórico propicio porque en ellas se recuperaba lo que Juan María Gutiérrez tanto había
celebrado en El matadero y que Luis Tamini, periodista de La Nación, señalaba
entusiastamente en su artículo de 1880 sobre el naturalismo: una representación
diversificada de la realidad nacional. La filiación con el texto echeverriano inscribía a las
novelas de Cambaceres en la tradición y las convertía dentro de esa mirada diacrónica de la
historia de la literatura argentina en un producto nacional acabado.
Las novelas de Eduardo Gutiérrez, por el contrario, no anduvieron ese camino tortuoso.
Tampoco fue necesario filiarlas porque su relación con la gauchesca siempre fue notoria
respecto del primer momento de su producción folletinesca. Juan Moreira, el primer folletín
con gauchos de Gutiérrez publicado en La Patria Argentina entre finales de 1879 y principios
del 80, comienza con un epígrafe sacado del Lázaro de Ricardo Gutiérrez, hermano del
autor. La cita es significativa porque lleva a Laera a explicar el sentido de la relación entre
los folletines con gauchos y la poesía de tema rural culta. Para la autora, Gutiérrez saca al
gaucho “de los tiempos antiguos” y lo colocar “en un pasado inmediato y no concluido, es
decir, lo actualiza como conflicto” (134). La novela popular con gauchos de Gutiérrez, en
efecto, proviene de la gauchesca, pero se sale de ella inmediatamente. Laera se pregunta si
lo distintivo de Juan Moreira no radica acaso en que es ‘gauchesco’ y ‘policial’ al mismo
tiempo (75) y sus conjeturas la llevan a descubrir en ese género “la primera matriz de la
cultura masiva” y la otra cara de la consolidación de la novela moderna argentina. Aunque
el folletín argentino nace en las redacciones de los diarios oficialistas escrito por un
columnista asalariado, Laera no descubre en sus folletines ningún impulso nacionalista
propio; más bien, presta atención a la manera cómo los diarios en que salieron los
asimilaron, hace seguimiento de las utilizaciones de las novelas y, sobre todo, de las
condiciones de apropiación de ellas en esos medios.
Las novelas de Cambaceres y Gutiérrez son el corpus que le permite a Laera acercarse al
fenómeno ochentesco y rastrear, una vez descartada la fantasía de los “romances
fundacionales”, los discursos nacionalistas en el momento en que Argentina finalmente
pasaba —aunque centralizado en Buenos Aires— por la experiencia de un gran fenómeno
editorial conjugado con el anhelante interés del público de folletines. Su exhaustiva
investigación en los medios periodísticos bonaerenses decimonónicos la lleva señalar que la
década del ochenta es el periodo en el que la novela moderna argentina aparece y que su
plenitud coincidió además con la necesidad del Estado de un medio eficaz y persuasivo de
propaganda y apoyo. Su lectura cuidadosa de las novelas, de los artículos, avisos y noticias
que las rodeaban en los diarios saca a la luz la manera cómo el periódico “se apropiaba” de
la novela de turno. Laera descubre, por ejemplo, que había una suerte de diálogo entre las
noticias y los folletines. Entre varios ejemplos que comenta, cita uno, aparecido mientras el
folletín Hormiga Negra se publicaba, en el que “hormiga” funcionaba como un eufemismo
empleado por el redactor de una nota de La Patria Argentina publicada el 29 de noviembre
de 1881 para describir ciertas actitudes de personajes representativos del Estado. La nota
que transcribe es esta:
Hormigas negras
Entre Ríos está transformándose en un verdadero hormiguero.
Las Hormigas Negras que quieren treparse a la silla de gobierno de aquella provincia, no hacen más
que salir de la Casa Rosada y dirigirse a ella a llevar la carga. Van llevando en su cabeza un mundo de
ilusiones y vuelven a llevar más.
Ayer vino el hormiga Febre a hacer una provisión y salió cargado el Racedo-hormiga, que no tardará en
volver.
Hacen su provisión en las antesalas del presidente. (115)
La cita es elocuente porque es una muestra del tipo de interacción promovida por los diarios
con esos folletines y porque también cifra el tipo de relaciones que Laera describe entre los
intereses estatales y las novelas de Gutiérrez, por un lado, y las de Cambaceres, por el otro.
Durante el ochenta, en efecto, había una preocupación explícita sobre el problema de la
nación argentina exacerbado sobre todo por la transformación de la población argentina,
pero ni siquiera en este momento fue la novela el espacio retórico privilegiado de expresión
nacionalista. Las novelas de los autores que revisa Laera ofrecen un retrato de Argentina,
pero disociado: para obtenerlo casi completo es necesario combinar la lectura de la obra de
estos dos escritores y aun así, hay que superar baches como la coexistencia de Carlo Lanza
de Gutiérrez y En la sangre de Cambaceres, donde ni siquiera es posible sostener una visión
unívoca sobre los inmigrantes italianos.
(Gisela Salas Carrillo, University of Colorado at Boulder)
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