Castillo, Debra A. Redreaming America: Toward a Bilingual American Culture Albany: State University of New York Press, 2005
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Martín Oyata is a graduate student at the Department of Romance Studies, Cornell University. His research focuses on twentieth- century Spanish American essay and narrative, particularly the influence of Historicism—from German Romanticism to Spengler—on the elaboration of Latin American national discourses.
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How to cite this review: Oyata, Martín. "Castillo, Debra A. Redreaming America: Toward a Bilingual American Culture. Albany, New York: State University of New York Press, 2005". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 15/09/05 (http://www.dissidences/ ReviewCastillo.html)
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"La imaginación del what if?, de la cual se reclama Castillo, invita más bien a que participemos de experimentos mentales —como los de Wittgenstein— que nos permitan disolver seudoproblemas. Así, por ejemplo, la idea de “cultura común”, tal y como la entiende y critica Appiah, o la de “tradición”, que a veces deviene oscuro artefacto de ingeniería política, según alerta Eric Hobsbawm. Otro tanto puede decirse de la “integridad histórica” y del imperativo esencialista de mantenerla"
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“¿Qué pasaría si...?” es una manera de preguntar siempre fecunda. No consiente como
respuesta una descripción de hechos y, más bien, nos fuerza a imaginar (o a soñar) lo
distinto. Es una modalidad de pregunta cuya respuesta suele anticipar el cambio, entre
otras razones, porque puede causarlo. En su libro más reciente, Redreaming America:
Toward a Bilingual American Culture, Debra Castillo hace de esta modalidad de pregunta el
punto de partida de su investigación. Así, ¿qué pasaría si por “literatura estadounidense”
entendiéramos, además de la literatura de los Estados Unidos escrita en inglés, la literatura
de los Estados Unidos escrita en otros idiomas, por ejemplo el castellano? Sin embargo, no
basta esta primera invitación. El punto de partida —la pregunta— tiene que ser
necesariamente doble. Hoy en día, los ciudadanos estadounidenses oriundos de
Latinoamérica cuentan 38 millones y, según estimaciones, ha de haber otros siete millones
de inmigrantes latinoamericanos indocumentados. Ahora mismo, ¿cuántos
latinoamericanos estarán soñando con el proyectado viaje y la promesa latente de “life,
liberty, and the pursuit of happiness”? Sin duda, el fenómeno migratorio ha modificado las
fronteras imaginarias de los Estados Unidos, pero igualmente ha alterado las de América
Latina. “América Latina no está completa en América Latina”, nos recuerda Néstor García
Canclini [1]. Al corriente del hecho, Castillo compensa la pregunta inicial con esta otra:
“What would Latin American literature look like if we understood the United States to be a
Latin American country and took seriously the work by U.S. Latino/as [writers]?” (14). El
proyecto revela entonces una doble orientación. Y su propósito no es otro sino pedir por
mapa nuevo.
¿Puede lo hispánico conjugarse con los Estados Unidos? ¿Pueden los Estados Unidos ser
comprendidos dentro de América Latina? Varios pasos hay que andar para arribar a una
respuesta y Castillo los ordena a la manera de un viaje: “something like a story about
immigration” (13). ¿El origen de esta historia? La Filadelfia de albores del sigloXIX. De
acuerdo con Castillo, “[it] offers one key site in deciphering this enigma of what America is
to be”(16). Filadelfia destacaba, ante todo, como la ciudad más populosa (67.787 habitantes,
según el censo de 1820) y como el principal centro de actividad editorial de la América del
Norte. No sorprende que sus impresores, entre ellos Benjamin Franklin, publicaran títulos
en multitud de lenguas europeas, pues la composición étnica y cultural de Filadelfia distaba
de ser homogénea. Es sabido, por ejemplo, que desde la década de 1750 la población de
habla alemana le disputaba la mayoría a la de habla inglesa, a su vez diversificada por
sucesivas migraciones de Escocia e Irlanda del Norte. Nada impide imaginar que el
ciudadano Thomas Paine, quien por invitación de Franklin zarpara de Inglaterra a Filadelfia
en 1774, tuvo muy presente a la ciudad cuando, en su decisivo opúsculo Common Sense
(1776), adujo que las colonias no constituían una nación enteramente británica, sino que
acopiaban influencias de toda Europa y que este rasgo las habilitaba para la independencia
política. Filadelfia era, por último, la ciudad de la Unión que más comerciaba con América
Latina, principalmente con México y Cuba. Ante su prestigio de urbe americana,
numerosos intelectuales y políticos de habla castellana la visitaron y finalmente la adoptaron
como lugar de residencia; algunos urgidos por el saber; otros, por el exilio. Castillo
menciona, por ejemplo, a los parientes más jóvenes de José Morelos y Simón Bolívar, así
como a la familia del emperador mexicano Agustín de Iturbide (17). Pero semejante
intercambio intelectual y comercial tuvo también un componente político: “In the early part
of the nineteenth century, both the United States and the newly independent republics of
Latin America were engaging openly and collaboratively in elaborating theories of
continental America’s exceptionality with respect to the old colonial powers” (17). La
Filadelfia de esos años habría acunado, pues, un proyecto americanista continental. A
Castillo le importa que las nacientes repúblicas se hallaran en plena gestación de su
identidad republicana, que se hallaran las unas a las otras. No necesariamente unidas por la
lengua (pero, según hemos visto, tampoco separadas), estas repúblicas compartían el
pasado colonial y la amenaza presente de las potencias europeas. Castillo trae a colación
“the numerous debates in Congress between 1817-1822 about the recognition of these new
[Latin American] republics and the later discussions around the adoption of the 1823
Monroe Doctrine. On the Latin American side, Bolívar and other independence leaders saw
in the United States a natural ally in this new, Enlightenment-inspired but anti-European
political project” (18).
Tres novelas históricas, las tres escritas y publicadas en Filadelfia, habrían expresado este
ethos revolucionario. En castellano, Jicoténcal (1826), novela anónima parejamente atribuida
al sacerdote hispano-cubano Félix Varela y al poeta cubano-mexicano José María Heredia.
En inglés Calavar; or The Knight of the Conquest: A Romance of Mexico (1834) y The Infidel;
or The Fall of Mexico. A Romance (1835), ambas de Robert Montgomery Bird. Las tres
novelas se adentran en México y en la figura del conquistador Hernán Cortés, quien
interrumpe la continuidad azteca. Castillo advierte que Jicoténcal y las otras dos novelas
de Bird, escritas todas en la meca de un incipiente americanismo continental, se
orientarían hacia la meca de la civilización mesoamericana. Habría, pues, un pensamiento
del origen desde otro, renovado origen. Una reunión de lo roto. En este sentido, los textos
reproducirían:
a conversation that is continental in scope, multilingual in presentation, multiracial in sensitivity, and
postcolonial in ideology. The texts by these two writers [...] engage implicitly the analysis of an abstract
American citizen, referencing the concept of ‘American’ as a general term implying an identity common
to both the U.S. and Latin American republics, and reminding the reader that an American history
would naturally concern itself with the collaborative continental struggle for independence from Europe
(54).
Pero al origen suceden el tránsito y el destino o el pasaje y el arribo.
Los capítulos tercero y cuarto del libro plantean una fenomenología de la identidad en
movimiento. Hay estrategias de dislocación y resignificación, como las que despliega Ana
Lydia Vega en Cráneo de una noche de verano, su adaptación portorriqueña de Rip van
Winkle. La dislocación resalta cómo el relato original de Irving era él mismo una adaptación
del folklore alemán, “a pointed political allegory about the ethnic and ideological frictions in
the new, and still unstable, United States” (61). El homenaje/profanación permite reconocer
esa faceta del original, poco aparente desde su incorporación en el canon, y permite que
Vega se reconozca en ella. Hay también visitas al nombre mismo de “América”, como las
de Eduardo González Viaña, que dejan entrever narrativas diversas, ninguna de las cuales
puede reclamarse como versión autorizada (68), así como “multiplicities and confusions of
latinidades subsumed under a single, inadequate identity marker in the United States”
(96-7). Hay una frontera que se dibuja con nitidez —no la fluidez de un borde a la deriva—
en autores mexicanos como Carlos Fuentes y Margarita Oropeza (71). Aquí la relación con
la frontera cobra matices jurídicos, que a su vez remiten a la problemática de la identidad
nacional de “displaced individuals who travel […] deep into Gringolandia” (77), o al impacto
de “large political and economic structures at the microlevel of an individual [female] body
internalizing the economies of a globalized labor market” (90).
Mas no es sino hasta el arribo que aparece la nostalgia y, con ella, la tentación de lo que el
filósofo Kwame Anthony Appiah ha denominado “fantasía tribal”, un planteamiento “that
models national culture on an imaginarily homogenous ethnic, linguistic, social, and
religious system” (99). Así, la llegada del inmigrante está repleta de narrativas de corte
autobiográfico y evocaciones del desarraigo. Y ya que “[the] communal network of identity
creation has been disrupted by the physical relocation of the narrators from Latin American
to U.S. cultural spaces” (142), es justo que imágenes de asidero como la red, el tejido y el
texto ganen importancia. En este sentido, La otra selva de Boris Salazar propone una
intextualidad con La vorágine de José Eustasio Rivera; Ariel Dorfman es acosado en sus
memorias por la inminencia de sucesivas caídas y Gustavo Sainz tiene por protagonista de
La novela virtual a uno que mantiene la identidad asumida en un chat room al tiempo que
escribe su autobiografía. Todos estos empeños, sin embargo, están ceñidos por un discurso
monológico que tiende a la busca de una mujer alegorizada “as the projected interlocutor for
this identitarian dialogue” (142). El diálogo que permitiría acordar la identidad no es tal; el
arribo deviene autoengaño.
¿Qué sigue al arribo? Se diría que ahora inicia el proceso de adaptación, de naturalización.
Sin embargo, el título que Castillo da a esta sección es “Language games”. La charada, no
por desusada menos estimulante, remite a Ludwig Wittgenstein. En sus Investigaciones
filosóficas, Wittgenstein propone que veamos al lenguaje como un conjunto de “juegos de
lenguaje”. Aun cuando nunca ofrece una definición, Wittgenstein cuenta con que
entendamos el concepto. Y desde ya el recurso a la idea de juego adelanta una clave.
¿Cómo definir lo que es un juego? Si uno opta por resaltar el entretenimiento y la distensión,
no se ve la razón para llamar “juego” al ajedrez; si uno destaca más bien la competición y la
rivalidad, no se entiende que el solitario sea un juego. Ni contamos con una definición de
juego válida para todos los juegos ni la necesitamos, piensa Wittgenstein. A lo sumo
advertimos un “aire de familia” que los emparienta y que nos permite reconocerlos como
juegos. Ello significa, en un sentido más general, que no es imprescindible conocer la
definición de una palabra o una expresión para poder usarla correctamente. Y significa, en
un sentido aún más general, que el significado se entiende mejor como uso que como
representación mental o correspondencia con un referente. Ahora bien, por acción del
“embrujo del lenguaje”, solemos creer que determinados problemas son reales cuando no
son sino el producto de una confusión lingüística. Nos da así por suponer que todo nombre,
por el hecho de existir, tiene un referente material. O por intentar entender el concepto de
identidad, dicho de una persona, a la manera de como se entiende la identidad de una
variable lógica o una cosa o, peor aún: por entender la identidad como una cosa. A lo largo
de las Investigaciones, Wittgenstein se sirve de experimentos mentales, ingenios
terapéuticos del tipo “¿Qué pasaría si...?”. El juego que Castillo se permite en este
capítulo de su libro es decir “Language games” y callar las palabras “Wittgenstein” y
“naturalización”. Consultemos pues un diccionario —digamos el de la Real Academia—
y examinemos las acepciones de naturalización:
1. Admitir en un país, como si de él fuera natural, a una persona extranjera.
2. Conceder oficialmente a un extranjero, en todo o en parte, los derechos y privilegios de los naturales
del país en que obtiene esta gracia.
3. Introducir y emplear en un país, como si fueran naturales o propias de él, cosas de otros países.
4. Hacer que una especie animal o vegetal adquiera las condiciones necesarias para vivir y perpetuarse
en país distinto de aquel de donde procede.
5. Dicho de un extranjero: habituarse a la vida de un país como si de él fuera natural.
6. Adquirir los derechos y deberes de los naturales de un país.
Vemos que el término cubre un amplio espectro, incluidas las connotaciones legales,
sociales y hasta culinarias. Tenemos: el encuentro del inmigrante con la geografía local (en
la cual se naturaliza); las palabras y las costumbres que trae consigo (naturalizándolas en su
nuevo entorno); las que paulatinamente descubre (naturalizándose a su contacto); las
obligaciones y las prerrogativas civiles (que lo naturalizan como ciudadano). Giannina
Braschi, Rolando Hinojosa-Smith y Dolores Prida son los autores que Castillo considera en
esta sección. Todos se inscribirían en una reflexión sobre la identidad y la agencia, y todos
cuestionarían el reducto monológico del origen, al cual la separación y la nostalgia suelen
erigir en fuente de autenticidad. Estaría en juego una crítica a la naturalización de la idea de
autenticidad, cuya naturaleza contingente —mas no por tal arbitraria— a menudo nubla la
distancia. Pero es esa misma distancia, paradójica, la que puede contribuir a despejar la
ilusión:
In identifying with and residing between two nations, identity seems to slip inexorably into the shadow
of the inauthentic, felt as a loss of voice, a loss in moral authority, and even a loss of self. In this
reading, the authentic being, like the authentic culture, seems curiously marked by a tight imbrication
in a nostalgic and manichean perception of an impossibly distant alternative national identity [...] And
yet, of course, this national space is only imaginarily monological, only a projected rather than an actual
monolithic culture. (146-147)
Aquí el alejamiento del inmigrante respecto de su lugar de origen da pie a que Castillo se
distancie de la “fantasía tribal”, de cuantas aproximaciones a la cultura haya opacas y
compactas, pero alerta ante el “celebrated cosmopolitanism of the omnivorous postmodern
subject” (146). Se ve la dificultad. Para entender la relación entre cultura y política, está la
aproximación liberal de cuño universalista, contractual y procedimental. También está la
postura orgánica del culturalismo o el comunitarismo. Y, a medio camino entre ambas, está
la del ironista posmoderno. Sin duda, la garantía de los derechos individuales, la oferta de un
marco neutral para la discusión ética y política, y el ideal del consenso, favorecen al
liberalismo. A él se ha objetado, sin embargo, que su pretendida universalidad no es sino
una proyección ideológica de Occidente y que su abstracta neutralidad allana las diferencias
concretas, las desventajas y las distorsiones. Lo que hay son culturas, señala el
comunitarismo, comunidades diversas que dotan de sentido a toda práctica y todo discurso.
Cómo afrontar y dirimir conflictos entre comunidades, cómo hallar un marco común que
permita soluciones legítimas para todos y supere el relativismo —ahora cuando las
migraciones reforman drásticamente la geopolítica de lo cultural—, no es respuesta que
ofrezca el comunitarismo, mucho menos el de la “fantasía tribal”. Entre estos opuestos, el
posmodernismo tiene de liberal el cosmopolitismo y de comunitarista la atención a la
diversidad cultural. La celebración de esta diversidad y el reconocimiento de su
contingencia (ahora entendida como la arbitrariedad del signo) nos permitirían, según este
enfoque, apelar irónicamente al universalismo de modo de hacer más y suficiente lugar.
Aunque el debate prosigue, éstas son las coordenadas de la dificultad.
Castillo las retiene en su análisis, destacando ante todo la viabilidad de la agencia. Desde el
rechazo de Hinojosa a reproducir “easy ethnic-identified topics” (164) en el sur de Texas,
hasta la desvinculación de lo étnico “from the specificities of local geography” (174) en el
indeciso “yo-yo” de Braschi, “[o]ur writers […] have/cause language trouble […] They
have double trouble with languages’ excesses and insufficiencies, and suffer, enjoy, question,
deplore the possibilities of doubleness in identity or voice” (157). Se trata, y de ello serían
particularmente ejemplares las obras de teatro de Prida y las performances de Braschi, de
plantear un discurso en torno de la agencia sin necesidad de asentarlo primero en la
definición de la identidad. No se trata de subordinar el derecho al reconocimiento, y la
subsiguiente habilitación política, a la fijación por definir y discriminar. Si asumimos, con
Wittgenstein, que no es indispensable conocer la definición de una palabra para usar el
lenguaje, ¿no asumiremos que tampoco es indispensable conocer la identidad de quien
habla o escribe para dejar que participe en el juego? Hay que reconocer, sin embargo, que
“Braschi is frustrating” (182). ¿Se resiste a jugar quien adrede se sirve de un discurso
refractario? Quizá. Pero semejante resistencia puede revelar, por un lado, la negativa a
participar de una conversación cuyo marco dista de ser neutral y, por otro lado, la negativa a
reconocerse en identidades prescritas. De este modo, se muestra que, en situaciones de
disparidad, el esfuerzo por entender ha de preceder al esfuerzo por hacerse entender, i.e.
naturalizarse. Y, desde la posición dominante, el esfuerzo por entender debe significar (la
necesidad es moral) revisar las “categories and qualities required for membership” (96).
Basta lo reseñado para apreciar que el territorio de la investigación de Castillo es de suyo
inestable. Ya desde la introducción estaba la pregunta de “how to frame a rigorous critique
in the absence of ground on which to stand, or when the choice of a particular grounding
discourse must always be taken in consciousness of its incompleteness, its flaws, and its
unwelcome political and social consequences” (3).
Ahora quisiera detenerme en la justificación histórica que ocupa el origen del argumento, en
tanto puede que ahí demos con un punto muerto.
Es cierto que la Filadelfia de inicios del siglo diecinueve fue, de facto, una comunidad étnica
y lingüísticamente diversa, al menos desde 1730, dada la afluente inmigración alemana y la
escasa presencia británica en la heredad de William Penn. Mas no menos cierto es el que
Benjamin Franklin preguntara, el año 1751, a poco de ser admitido en la Asamblea de
Pennsylvania: “Why should Pennsylvania, founded by the English, become a Colony of
Aliens, who will shortly be so numerous as to Germanize us instead of our Anglifying them,
and will never adopt our Language or Customs, any more than they can acquire our
Complexion?” . Aun cuando más adelante habría de moderar su opinión, Franklin igual se
mantuvo partidario de una política de asimilación para con los inmigrantes alemanes, de
ciertos “methods of great tenderness [that] should be used [on them]” (Morgan 78). Cabe
recordar, además, que la doctrina Monroe brindó la pauta de la política expansionista —y
luego colonianista— de los Estados Unidos en Latinoamérica. Esta comprensión del
Americanism tuvo como contrapartida: por el lado latinoamericano, el proyecto panlatino del
economista francés Michel Chevalier, quien fuera consejero y ministro de finanzas de
Napoleón III. Hacia 1861, Chevalier acuñaría el término “Amérique Latine”, para
diferenciar a la América que “es como la Europa latina” de “la América del norte
protestante y anglosajona”. Habría de pasar todavía algún tiempo para que América Latina
se reconociera a sí misma como Amérique Latine. La paradoja es que el nombre que
nominalmente la unificó, oponiéndola a la América anglosajona, le vino de fuera, así como de
fuera también vino la expedición de Maximiliano de 1864, panlatinamente promovida por
Napoleón III. Tales, entre otras, son las inflexiones que conoció la conversación en torno de
un proyecto americanista continental.
¿Invalidan estos informes la orientación del argumento de Castillo, su petición de mapa
nuevo? No necesariamente. Podemos seguir viendo en la Filadelfia de albores del siglo
diecinueve una “clave para descifrar el enigma de la América venidera”, si nos tomamos
algunas licencias con la historiografía y, de paso, con el historicismo. Después de todo, al
acucioso Samuel Huntington no le falta razón cuando revisa la metáfora del melting pot en
su reciente Who Are We? The Challenges to America’s National Identity [3]. Huntington
discute la naturaleza vinculante del credo estadounidense de las libertades políticas (the
American Creed) y de esta otra creencia, tan arraigada, de que los Estados Unidos son
esencialmente una nación de inmigrantes. Huntington cuestiona la exactitud de la idea —
“a valid partial truth” la llama (39)— toda vez que distingue entre colonos e inmigrantes,
destaca el superior impacto de los colonos en la posible forma que habrá de adoptar una
comunidad, y nos recuerda que la inmigración estuvo condicionada por severas normas y
políticas de asimilación hasta 1965. Para Huntington, la historia de los Estados Unidos
empieza con la fundación de Jamestown, Virginia, en 1607. Empieza con los founding
settlers, no con los founding fathers (40). Y el recuento es convincente. Mas no
necesariamente lo son sus premisas ni las alarmas que despierta. A Huntington lo trabaja
tanto esta idea de la “nación de inmigrantes” (al punto de haberle dedicado 428 páginas)
porque le consta que ella opera, no sólo como descripción histórica plausible, sino como
potencial fuente de acciones políticas, ya desde el Estado, ya desde la sociedad civil. Es,
pues, una idea regulativa. Y, como tal, produce legitimidad: la de un régimen político, la de
un grupo social o la de una forma de discurso. Poco importa que semejantes ideas se
ajusten o no a la verdad (histórica) una vez que han cobrado vigencia. Ya son reales, ya
surten efectos. Ocasionalmente pueden movernos a dar un mal paso. De las motivaciones
(comunitaristas) de Huntington para proponer el tomato soup en lugar del melting pot no
viene al caso discutir aquí, pero estimo conveniente no reducirlas con ligereza a la xenofobia
[4]. Sí interesa notar que, establecida la comparación con el recuento de Castillo, al lector se
le cierra el paso. ¿Con cuál versión de la historia hemos de acordar? ¿Los founding fathers o
los founding settlers? ¿Y qué razones, qué criterios de decisión invocar? Descubrimos
entonces que no siempre es necesario ratificar nuestros proyectos mediante la
correspondencia histórica, cual si se tratara de anclar un proyecto en el sedimento de la
historia, recuperar un ethos eventualmente perdido, quizá el ancestro probado que
legitimará la estirpe. La imaginación del what if?, de la cual se reclama Castillo, invita más
bien a que participemos de experimentos mentales —como los de Wittgenstein— que nos
permitan disolver seudoproblemas. Así, por ejemplo, la idea de “cultura común”, tal y como
la entiende y critica Appiah, o la de “tradición”, que a veces deviene oscuro artefacto de
ingeniería política, según alerta Eric Hobsbawm. Otro tanto puede decirse de la “integridad
histórica” y del imperativo esencialista de mantenerla. No se trata de negar la historia, sino
de reservarle un justo lugar. Podemos entonces asimilar ciertos yerros históricos, aunque
irrite o disguste, y luego interpelar (en la sonora compañía de Miles Davis): so what. Y qué.
Podemos reclamar el honesto cumplimiento de lo escrito por Paine en Common Sense sobre
la diversidad de la nación cuyo nombre ideara: United States of America. Podemos olvidar a
sabiendas, o hacer como si olvidáramos, que todo panfleto amontona razones de las que a
menudo su autor descree, pero que sirven de estrategia para un objetivo, por ejemplo, el
logro de la independencia de una nación. Se trata de recuperar la letra, no necesariamente
el espíritu. En consecuencia, puestos a repensar lo americano, puede traernos sin cuidado
el eventual empeño de determinar si por su origen el nombre de América Latina es espurio.
O la empresa de eximir a Monroe y a Adams, quizá responsabilizando al primer Roosevelt,
de cargos por los 40 gobiernos latinoamericanos que los Estados Unidos han intervenido
desde 1898 a la fecha. O la de mitigar los exabruptos de Franklin: no tenemos que
convencernos de que le gustaran los inmigrantes (o los alemanes).
¿Qué debe motivar nuestro cuidado entonces? En uno de los pasajes más lúcidos del libro,
Debra Castillo señala:
One of the nation’s favored constitutive metaphors is that of a democratic and inclusive ‘melting pot’
that welcomes immigrants from all nations in the name of liberty. This imaginary openness to difference
immediately falls into conflict with an underlying xenophobia and with a strong contemporary
assimilationist ethos. Thus, the United States likes the idea of itself as a gathering place of freedom-
loving peoples from many nations, but is deeply concerned when these people’s expression of their
cultural difference exceeds picturesque folklore. At another level, the erasure of contestatory and
polyglot discourse in contemporary U.S. practice infringes deeply upon the nation’s preferred ideal
image of itself, creating a fundamental dissonance that is seldom addressed with any seriousness (15-16).
Aquí, a diferencia de Huntington, Castillo interroga la metáfora del melting pot, no su
archivo. O, mejor: antes que indagar si el nombre “melting pot” tiene en la historia un
referente que habrá de prescribir su significado, Castillo propone que investiguemos su uso
actual. Y esta investigación revela una honda disonancia. Pone de manifiesto una
contradicción performativa, el acto que desdice lo que se dice. Y la observación también
valdría para las instituciones educativas y para las comunidades académicas de los Estados
Unidos. Advierte Castillo en la conclusión del libro:
There is something strange in the discourse of plurality occurring in the context of monolingualism,
creating an odd continuity across realms that are familiar and alien. It is as if extreme rigor and extreme
naivety in the analysis of texts from widely differing languages and cultural traditions are two faces of
the same phenomenon. (190)
Aun cuando la conclusión del libro —el sexto capítulo titulado “Hemispheric American
Studies”— pareciera ceñir demasiado el alcance de la reflexión precedente, y deja para una
investigación complementaria la difícil relación de los Estados Unidos con los Estados
nacionales latinoamericanos, no hay que pasar por alto que con ello la re-flexión deviene en
efecto tal: un acercamiento al propio quehacer que da visibilidad a los usos y las
contradicciones de la comunidad académica.
De esta manera, la citada pregunta por “how to frame a rigorous critique in the absence of
ground on which to stand” (2) cobra el sentido de un llamado. El origen de la conversación.
Notas
[1] García Canclini, Néstor. Latinoamericanos buscando lugar en este siglo. Buenos Aires:
Paidós, 2002. p. 19. cit. por Castillo 4.
[2] Franklin, Benjamin. "Observations Concerning the Increase of Mankind". cit.
por Edmund S. Morgan, Benjamin Franklin. New Haven: Yale University Press, 2002. p.77.
[3] Huntington, Samuel. Who Are We? The Challenges to America’s National Identity. New
York: Simon & Schuster, 2004.
[4] Huntington duda de que “a nation can be based on only a political contract among
individuals lacking any other commonality” (19). Y a este respecto se pregunta: “Can a
people remain a people if all that holds them together is a set of political principles?
Perhaps. But the historical evidence is not encouraging as was underlined by the collapse
of the other contemporary superpower whose identity was defined solely by its ideology”
(Huntington, Samuel H. “Huntington’s Book Focuses On Identity, Not Immigration.
Letter to the Editors”. The Harvard Crimson 17 de Marzo, 2004. 15 de Agosto, 2005. <http:
//www.thecrimson.com/article.aspx?ref=358343>).
(Martín Oyata, Cornell University)
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