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María Ángeles Sáiz is a
Ph.D. Candidate in the
Department of Spanish
and Portuguese at the
University of Colorado at
Boulder. Her area of
expertise is Peninsular
literature of the 19th and
20th centuries. She is
working on her doctoral
dissertation on modern
elements of travel books
by Miguel de Unamuno.

How to cite this review:
Ángeles Saiz, María.
"Ana Suárez Miramón.  
El Modernismo: compromiso
y estética en el fin de siglo
.
Madrid: Ediciones del
Laberinto, 2006."  
Dissidences.
Hispanic Journal of Theory
and Criticism
.
On line. Internet:
04/29/07
(http://www.dissidences/
ReviewAnaSuarez.html)
"Aunque
no hay duda
de que los
fundamentos del
modernismo se gestan
en el siglo XIX
de manos
de escritores
románticos
como Baudelaire,
resulta arriesgado
asociar el realismo
con la nueva
estética.
También parece
un tanto paradójico
que Suárez acuda
a un crítico
tradicional defensor
de la oposición
entre modernismo
y 98 para justificar
su tesis."
Ana Suárez Miramón
El Modernismo:
compromiso y estética en el fin de siglo
Madrid: Ediciones del Laberinto, 2006. 335 pp.

.
D
n
Este libro representa una aportación importante en la consolidación de la postura de la
crítica literaria sobre el modernismo hispánico que busca integrarlo dentro del arte moderno
internacional.

El debate modernista en España surge en la década de 1930, cuando Juan Ramón Jiménez
expresa su acuerdo con la afirmación de Federico de Onís sobre el carácter universal del
modernismo y poco después Salinas expone su interpretación del modernismo
latinoamericano como una renovación reducida a los elementos formales. Nace entonces la
concepción divisoria entre el modernismo latinoamericano y el español, que se consolida en
forma de la conocida oposición entre el modernismo y el 98. A partir de ahí el interés por la
cuestión modernista decae hasta la década de los 50, años en los que surgen varias
contribuciones, entre las que destaca el libro de Guillermo Díaz-Plaja
Modernismo frente a
noventayocho
(1951) como ejemplo de la consolidación de la división entre el modernismo
hispanoamericano y el español. En los 60 otros estudios tratan de retomar las ideas de Onís y
Jiménez tales como
Direcciones del modernismo (1963) de Ricardo Gullón con el objetivo de
demostrar que los cambios formales responden a cambios más profundos. En la década
siguiente, otras aportaciones como el libro de Octavio Paz Los hijos del limo (1974)
contribuyen a disipar el error de considerar el modernismo latinoamericano como una
revolución meramente formal. Afortunadamente, la mayoría de los estudios más recientes
ofrecen una perspectiva más abarcadora que la de la crítica tradicional al incluir toda la
literatura de la época bajo el título de modernismo. Un ejemplo es el libro de Ana Suárez
Miramón como un intento de demostrar la inutilidad del concepto de “generación del 98”.

Suárez expresa su preferencia por el término “fin de siglo” para referirse al arte moderno con
el fin de evitar la confusión generada por la perspectiva localista de la crítica tradicional que
yuxtapone el modernismo al 98. Siguiendo las ideas de Juan Ramón Jiménez y Federico de
Onís, Suárez concibe el modernismo como una actitud que afecta a toda la realidad. A partir
de los textos de los escritores modernistas hispánicos, la autora se propone demostrar la falta
de sentido de la dualidad entre modernismo y 98 basándose en la oposición entre renovación
estética y preocupación social. Para ello, el libro trata de establecer la línea literaria que
explica los nexos de unión entre España, Europa y América en el fin de siglo.

En el primer capítulo “El significado histórico del 98: relación entre España y América”, la
especialista se refiere a la pérdida de las últimas colonias españolas como la causa que
genera la alianza entre España y Latinoamérica frente al imperialismo estadounidense.
Suárez explica con detalle la situación de las colonias en el momento de la independencia, en
específico de Cuba. La autora intenta demostrar que las raíces del modernismo son
anteriores al año de la derrota del 98, de forma que ya entonces los escritores estaban
comprometidos con la realidad de su época. Es durante la Restauración (1868-98) cuando
aparece en España el espíritu de renovación modernista entre los propios autores realistas
que buscan oponerse a ciertos valores establecidos. Ello no significa que en un país
habituado a los conflictos con las colonias, la pérdida de Cuba dejara de ser un duro golpe
para los intelectuales y para el pueblo. Desde finales del siglo XIX, los intelectuales creen en
la necesidad de acercarse al pueblo para educarlo, sobre todo los que viven de cerca el
desastre del 98. De ahí que, según la autora, pronto naciera el mito de una generación a la
que se identificaría con el problema de España como algo distinto del modernismo literario.
Se olvida a partir de ese momento que el espíritu renovador modernista es el que realmente
produce la crítica social. El libro explica entonces el uso del término “regeneracionismo”
para referirse a la degradación sociopolítica y económica del país en la Restauración. En esta
época, la actitud crítica de un grupo de pensadores trata de imponer un nuevo orden
práctico e ideológico con ayuda de la prensa. Además de difundir la nueva literatura, las
publicaciones periódicas se hacen eco del descontento social ante la realidad social
finisecular de un país agrícola y analfabeto con graves problemas por resolver como la
despoblación rural, la corrupción y el caciquismo. Esta situación deplorable se agrava a
partir de la Revolución del 68, de forma que la guerra del 98 no es sino el detonante que lleva
al país a protestar.

El tema del segundo capítulo es el caótico ambiente cultural a partir de la Restauración.
Durante este periodo, como se sabe, se fue abriendo paso la influencia del pensamiento
liberal de herencia krausista, que defiende la necesidad de revalorizar la cultura. Según la
autora, la preocupación por el estado del país lleva a muchos intelectuales a proponer su
transformación siguiendo la línea regeneracionista. Éste es el caso de la Institución Libre de
Enseñanza, presidida por Francisco Giner de los Ríos, que nace en 1876 con la vocación de
educar al pueblo, crear una universidad libre y formar a los futuros dirigentes del país. Dicha
institución considera el principio krausista de educación íntegra del individuo como el paso
previo para lograr una sociedad democrática y progresista. Su labor contribuye a formar una
nueva generación de artistas, pensadores y científicos y abre las puertas a los movimientos
intelectuales europeos. A finales del XIX, la sociedad española se halla dividida entre esa
minoría intelectual de tendencia europeísta y el pueblo que se resiste al cambio con el
periodismo como medio de contacto entre ambos. Suárez realiza a continuación un repaso
del consumo cultural del pueblo en la época desde el teatro a la literatura popular en formato
divulgativo. La cultura popular es, de acuerdo con la autora, objeto de interés y estudio para
los modernistas debido a que en ella buscan lo esencial y eterno del pueblo español.

En el tercer capítulo, “El escritor periodista y su función reformadora en España”, Suárez
afirma que los escritores de fin de siglo encuentran en el periodismo el medio de ganarse la
vida y hacer realidad sus proyectos estéticos y sociales. Por encima de sus diferencias,
destacan sus aspiraciones de libertad artística y su defensa de la cultura. La prensa se
convierte entonces en el vehículo de difusión más importante de su obra desde el fin de siglo
hasta el primer tercio del XX. Suárez menciona a Rubén Darío como la figura por excelencia
del escritor-periodista y a los noventayochistas como continuadores del espíritu
regeneracionista en su crítica a la guerra del 98. La autora afirma que este afán regenerador
también se manifiesta en los escritores realistas y naturalistas como Blasco Ibáñez. En la
prensa se insiste además en la inocencia de España y en el rechazo al imperialismo de EE.
UU. Esto demuestra que el 98 no es un fenómeno aislado del modernismo, sino que parte del
espíritu crítico y del sentimiento renovador de la modernidad. Suárez alude entonces a las
crónicas de Rubén Darío escritas desde España como corresponsal de
La Nación de Buenos
Aires a partir de 1889. Publicadas en forma de libro en 1901 con el título de
España
contemporánea
, constituyen una denuncia de la intervención de EE. UU. y defienden la
tradición cultural española frente a la superficialidad norteamericana. Al igual que Unamuno
y Azorín, Darío lamenta aquí el aislamiento español como el origen de su decadencia. Como
Unamuno, el poeta nicaragüense insiste en la importancia de encontrar el alma de España
para poder lograr la regeneración espiritual del país. La autora insiste de nuevo en la noción
del modernismo como unión entre la actitud crítica y el cambio estético. En este sentido, el
valor de
España contemporánea se debe a que constituye un estudio del panorama cultural e
ideológico finisecular. Con su labor periodística, Darío consigue en estas crónicas asentar las
que se convertirán en las bases del modernismo: la renovación y la libertad estética y el papel
del arte como arma contra el positivismo, el materialismo y la moral burguesa. Suárez afirma
que aunque estas son los mismos principios planteados por los escritores del 98 no se ha
tenido en cuenta lo suficiente este libro para reivindicar su pertenencia al modernismo.

La especialista propone el término de actitud regeneracionista en lugar de generación del 98
para referirse a la actitud crítica que se inicia en la segunda mitad del XIX en el cuarto
capítulo. Para Suárez, lo importante de la derrota es que se trata de un acontecimiento
histórico que constituye el detonante que conduce tanto a los escritores consagrados como a
los más jóvenes a transformar la lengua literaria para expresar la crisis del fin de siglo. Por
tanto, la guerra del 98 no genera ningún movimiento literario, sino que la crisis que precede
al desastre es anticipada por la literatura.  Así, por razones literarias ajenas a la guerra, se
desarrolla una corriente crítica iniciada ya en la Restauración bajo la influencia krausista que
lleva al nacimiento de una nueva estética. Algunos de los precursores del cambio estético son
Campoamor, Echegaray, Galdós y Pardo Bazán. Junto a los autores maduros, los jóvenes
como Baroja, Maetzu, Azorín, Darío, Unamuno y Juan Ramón Jiménez dan a conocer su
postura crítica en la prensa.

En el quinto capítulo, la autora estudia algunos de los aspectos fundamentales del
modernismo que se desarrollan en el siglo XIX. En la España finisecular se extienden las
ideas del  parnasianismo que, nacido en la segunda mitad del XIX, proclama la necesidad de
buscar la belleza formal. El rechazo a la realidad y la defensa de la imaginación se extienden
entre los artistas de la época. El poeta de la segunda mitad del XIX se siente en soledad  y se
convierte en un visionario capaz de descifrar el misterio de la existencia. Refugiado en el arte,
Suárez manifiesta que el artista adelanta el sentimiento de la crisis de la civilización
occidental de la que surge la modernidad. El denominado “mal de siglo” no es sino la
manifestación de la crisis finisecular ante la falta de ideales religiosos e intelectuales que
afecta a toda la sociedad. Baudelaire, Poe y Whitman son algunas de las principales figuras
precursoras del modernismo. También las teorías de Nietzsche, Bergson y Freud van a
repercutir en el ambiente cultural europeo. La experiencia individual se opone a la razón y el
positivismo da lugar a una actitud ética que busca la mejora social y una estética orientada al
renacimiento artístico. En la difusión de las corrientes de pensamiento europeas en España
durante las últimas décadas del XIX, participan los círculos intelectuales catalanes, las
revistas y algunas editoriales que publican la obra traducida de los pensadores europeos.
Uno de los autores que intenta reflejar el ambiente de fin de siglo es Llanas Aguilaniedo en
Alma contemporánea (1899), libro que muestra la inexistencia de confrontación alguna entre
distintos grupos preocupados por lo social o lo estético.

El sexto capítulo “La génesis del modernismo en la prensa” está dedicado a la participación
de los escritores finiseculares en las publicaciones periódicas. La prensa se convierte en el
medio de transmisión de las nuevas ideas estéticas. En relación con esta labor periodística,
nace la figura del intelectual en España con el propósito de expresar su voluntad artística y
transformar la sociedad. Unamuno, Maetzu, Azorín y Darío son algunos de los autores que
se sirven de la prensa para hacer oír su voz. La aparición del intelectual es, según Suárez, el
resultado de un nuevo espíritu y de un criterio libre que encuentra en la prensa el medio de
comunicarse con el público. La autora analiza entonces a las revistas más importantes  de la
época como
El país (1897), La Ilustración española (1902), Vida literaria (1899), Vida Nueva
(1900),
Helios (1903) o Renacimiento (1907). Estas publicaciones constituyen un documento
fundamental donde se puede rastrear el origen, la evolución, temática, la orientación y las
influencias del modernismo. La importancia de estas revistas además se debe a que su
estudio permite trazar un paralelismo entre el modernismo y la crisis de fin de siglo.

Las revistas literarias reflejan además la dificultad a la hora de definir el modernismo a través
de su naturaleza heterogénea. Este es el tema que analiza la autora en el capítulo 7, donde
destaca los principios comunes de libertad y voluntad estética entre los modernistas
hispánicos. Entre las contribuciones más importantes resaltan el parnasianismo y el
simbolismo representados por Baudelaire y Verlaine. También el Romanticismo es
fundamental, teniendo en cuenta que marca el inicio de la modernidad estética con su
rechazo a la vulgaridad y el utilitarismo. Suárez se refiere al cosmopolitismo como otro de los
elementos que conforman el modernismo hispánico ante el deseo de conocer nuevas ideas y
tendencias frente al tradicionalismo español. En este sentido, es muy importante el papel de
la prensa a la hora de dar a conocer la cultura y el pensamiento de otros pueblos. Es
precisamente el interés por la cultura o “culturalismo” el que lleva a revisar en esta época las
obras del pasado con otra perspectiva. Asimismo, la autora menciona el interés de los
modernistas por las doctrinas idealistas que devuelven al individuo la armonía perdida en un
mundo materialista tales como el pitagorismo, el misticismo y el ocultismo. Otro elemento
modernista es el entrecruce entre la literatura y la pintura. Ambas disciplinas coinciden en la
defensa de la sensación y el protagonismo del paisaje con el fin de captar lo momentáneo. La
autora se refiere a Bécquer como el gran precursor romántico de la nueva sensibilidad en la
que prima la sensación. Para demostrar la conexión en esta época entre la literatura y la
pintura, Suárez analiza entonces el aspecto pictórico en la obra de Juan Ramón Jiménez y el
motivo del jardín.

Los temas y la expresión modernistas son estudiados en el capítulo 8 como otra prueba de la
inutilidad de la oposición entre el 98 y el modernismo. La preocupación por el tiempo, la
soledad, el sueño y el amor son algunos de los motivos más comunes ante la falta de
respuestas a las preguntas del ser humano sobre el sentido de la existencia. Respecto de la
expresión, Suárez plantea que es la dualidad presente entre los escritores hacia lo
trascendente y lo sensorial lo que da lugar a la aparición de un lenguaje sensorial y pictórico
que les permite dar forma a sus preocupaciones. La renovación de la expresión es asombrosa
en el modernismo, tal y como lo demuestran por ejemplo el desarrollo del adjetivo y el uso de
neologismos.

A la hora de determinar la trayectoria y los límites del modernismo, la autora defiende en el
capítulo 9 la anticipación del modernismo latinoamericano al peninsular. Aunque ya existían
elementos que anunciaban la renovación estética a finales del XIX, es a partir de 1900
cuando se impone el modernismo en España con la llegada de Darío en 1899. Suárez
advierte que los intentos de establecer una periodización no son convenientes, dado que
cada autor sigue su propia trayectoria personal. De ahí que esta especialista proponga
prestar atención a las declaraciones de los escritores en los inicios de su carrera. Las revistas
constituyen en concreto un documento clave para conocer su opinión. Entre 1900 y 1902 se
produce el cambio más radical, al empezar a ser reconocida su importancia renovadora. El
momento de madurez llegaría en 1903-1904, hasta llegar a su primera inflexión en 1907,
cuando lo individual empieza a primar y la rebeldía inicial disminuye a medida que los
escritores son reconocidos. Algunos años antes de que se hablara de modernismo en el resto
de España, la cultura catalana ya había asimilado muchos de los elementos de la renovación
estética. Entre los precursores del modernismo español que representan una superación del
romanticismo, la estudiosa señala a escritores como Reina, Rueda, Villaespesa, Gabriel y
Galán, Vicente Medina y Pero Jara Carrillo.

El capítulo 10 está dedicado a la trayectoria de Rubén Darío como modelo de la literatura
española del siglo XX. De acuerdo con la autora, su obra sintetiza aspectos parnasianistas,
simbolistas, románticos y de la tradición literaria. Para Suárez, Darío representa el cambio de
siglo y el nuevo carácter universal de la lengua española en prosa y poesía.

Manuel Machado es otra de las figuras estudiadas en el capítulo 11 de este libro, como un
ejemplo de constancia en sus principios estéticos que se resisten al cambio, a diferencia de
otros escritores modernistas como Juan Ramón Jiménez, su hermano Antonio y Unamuno.

En el último capítulo Suárez analiza la transformación del modernismo en una entidad
nueva, una vez que los autores adaptan su obra a los cambios sociales, ideológicos y
personales. Esta especialista propone el concepto de Díaz-Plaja de “novencentismo” para
expresar la superación del ochocientos. El esfuerzo de renovación finisecular y la trayectoria
personal de cada autor permiten hacer realidad el compromiso modernista de fin de siglo.
De este modo, desde Azorín a Baroja, pasando por Valle-Inclán, Unamuno y Juan Ramón
Jiménez, se puede rastrear el paso del fin de siglo al novecientos.

El análisis de Suárez constituye un estudio fundamental para entender el contexto socio-
económico y cultural del nacimiento del modernismo en España. La autora consigue
demostrar la ineficacia de usar el concepto de “generación del 98” que supuso durante
décadas la exclusión del modernismo hispánico e internacional de sus escritores. Como
única objeción al libro, considero que habría que profundizar más en los elementos
modernistas que la autora afirma encontrar en escritores realistas y naturalistas como Galdós
y Blasco Ibáñez. Aunque no hay duda de que los fundamentos del modernismo se gestan en
el siglo XIX de manos de escritores románticos como Baudelaire, resulta arriesgado asociar
el realismo con la nueva estética. También parece un tanto paradójico que Suárez acuda a
un crítico tradicional defensor de la oposición entre modernismo y 98 para justificar su tesis.
(María Ángeles Sáiz ,
University of Colorado at Boulder)
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