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Magdalena López is a
postdoctoral research
fellow at the Centro de
Estudos Comparatistas at
the Universidade de
Lisboa.  She is the author
of several articles and
interviews on literature
and cinema of the
Caribbean. Her book
El
otro de nuestra América:
Imaginarios frente a Estados
Unidos en la República
Dominicana y Cuba
, will be
published by the Instituto
Internacional de
Literatura Iberoamericana
in 2011.  Magdalena
López obtained a PhD on
Latin American Literature
and Cultural Studies from
the University of
Pittsburgh, a Master’s
Degree in Romance
Languages and Literature
at the University of Notre
Dame, and a Bachelor’s
degree in Literature from
the Universidad Central
de Venezuela.

How to cite this article:
López,
Magdalena. "Historiando
la utopía: imaginario de la
resistencia
en
Cuando amaban las
tierras comuneras
de Pedro
Mir".  
Dissidences. Hispanic
Journal of Theory and
Criticism
.
On line. Internet:
05/20/10
(http://www.dissidences/
6Tierras
ComunerasLopez.html)
"Joaquín Leguina
mentions that
in his adolescence,
after the Civil War,
he and his generation
were subjected to
readings meant to
consolidate “la
formación
del espíritu
nacional”,
books that pointed
an accusing finger
towards a very
concrete enemy:
“la anti-España”.
This other
Peninsular country
was inhabited,
it appears, by “las
tiorras y los
milicianos”, not
“milicianas”, “rojas”
or “comunistas”
but “tiorras”,
masculine women
representing an
ambiguity that
threatened
the stability
of society and by
extension
of the nation"
D
n
Hacia 1978 la reformulación de un imaginario de la resistencia hubiese resultado una tarea
poco menos que extravagante en la República Dominicana.
El Acta de Reconciliación en
septiembre de 1965 había sellado la derrota de los sectores nacionalistas dominicanos frente
al intervencionismo estadounidense. A la desazón de los grupos intelectuales de la
generación de los años sesenta y setenta que había combatido en las fuerzas
constitucionalistas durante la guerra de abril, se sumó el terror ante la fuerte represión del
régimen autoritario de Joaquín Balaguer. El otrora alto funcionario del trujillismo lograría
entronizarse en el poder por doce años consecutivos. Los dirigentes más combativos de la
izquierda fueron aniquilados. El mismo Francisco Caamaño, líder del 65, había sido
asesinado en 1973, en su intento de establecer un foco guerrillero en las montañas de Ocoa.
La represión del régimen balaguerista llevó a que más de tres mil dominicanos “perdieran
sus vidas en actos de violencia entre los años de 1966 y 1974” (Moya 538). Lo que quedaba
de la izquierda se debatía entre las divisiones internas —el mismo Juan Bosch había roto con
el PRD en 1973— o la incorporación “al mundo de los negocios o al ejercicio de profesiones
y oficios en una economía en expansión” (Moya 540). Este escenario fue reflejado en la
novela
De abril en adelante, de Veloz Maggiolo, una obra autorreflexiva sobre el destino de
un grupo de amigos intelectuales después de la revolución de abril.

A pesar de esta atmósfera de desaliento, el poeta Pedro Mir publica
Cuando amaban las
tierras comuneras
para revalorizar la historia dominicana. La derrota popular de los
constitucionalistas permitió, ciertamente, una re-escritura necesariamente diferente de la
épica estructurada y teleológica de narrativas como las de la Revolución Cubana en aquellos
años. Pero, al mismo tiempo, habiéndose producido una tremenda resistencia contra los
‘marines’, dicha reescritura tampoco podía cerrarse sobre el pesimismo absoluto. En su
filme documental
Abril. La trinchera del honor (1988), René Fortunato muestra cómo
permaneció cierto orgullo nacionalista por el enfrentamiento contra el “ejército más
poderoso del mundo”. Un orgullo que desmentía la supuesta pasividad del pueblo
dominicano durante la Era de Trujillo. De modo que el heroísmo y la derrota fueron
aspectos que convivieron en el imaginario colectivo de aquellos años, dotándolo de
ambivalencia sin puntos finales. Precisamente esta ambivalencia contribuyó a la densidad de
una novela como
Cuando amaban, la cual se resiste a ser encasillada en términos
absolutos y se propone como espacio de intersección entre la épica y la tragedia, la historia
nacional y la historia individual, el poder y la resistencia.

Cuando amaban supone la novelización de las propuestas que Mir escribiera en varios
de sus libros para interpretar la historia dominicana. De allí que su personaje de Don
Quique, maestro de historia, proyecte la voz de autoridad del mismo Mir en la novela. El
texto busca reconciliar forma y contenido en una narrativa específicamente dominicana. El
lenguaje oscila entre la cultura popular y la erudición intelectual. El sustrato oral se refleja
hasta el punto que el narrador prescinde de todos los signos de puntuación, en un gesto que
Doris Sommer ha interpretado como la lectura de la historia a modo de una sola larga frase
unitaria (235). La académica compara la escritura de Mir con la de Bartolomé de las Casas
en su
Historia de las Indias, dadas las largas digresiones, las incontables frases
subordinadas unas a otras con conjunciones conectoras (235). De este modo, cierta
complejidad lingüística se advendría adecuadamente a la complejidad histórica (235).
Ambas complejidades responden a la necesidad de elaborar una narrativa diferencial y
contestataria.  

En sus obras
El gran incendio, de 1969, y La noción de período en la historia dominicana, de
1981-1983, el poeta elabora una contranarrativa nacionalista en la cual establece que el gran
incendio de 1605 dio origen a los terrenos comuneros que serían la base histórica del pueblo
dominicano (Torres-Saillant 223). Esta lectura permite argüir la posibilidad asomada por
Shalini Puri, en su libro
The Caribbean Postcolonial. Social Equality, Post-Nationalism, and
Cultural Hybridity
, acerca de la existencia de nacionalismos autónomos que desde la
periferia desafíen los términos —también nacionalistas— del Primer Mundo y no
simplemente los repliquen (26). Rechazada por el pensamiento positivista de principios de
siglo, la forma de vida autárquica propia de la explotación de las tierras comuneras es
revalorizada por Mir en función de una tradición de resistencia.

En su artículo “Politics and Populist Historiography”, Anthony P. Maingot sugiere la
existencia de una tradición intelectual en el Caribe representada por escritores como C.L.R.
James, Eric Williams y Juan Bosch, en la que el uso de la interpretación histórica funciona
con fines políticos pragmáticos en momentos de fuerte activismo social o racial. Dichas
narrativas estarían insertadas en la lógica de los movimientos sociales, proveyendo
poderosos mitos fundacionales y analogías históricas aplicables al momento presente (148).
Propongo comprender la obra de Mir en el sentido de una historiografía populista en el que
los cambios de interpretación del pasado obedecían al presente urgente de represión política
y hegemonía estadounidense. El gavillerismo  —nombre de la actividad guerrillera en el
interior del país que combatió la ocupación norteamericana entre los años de 1917 y 1921—  y
la economía de autosubsitencia de las tierras comuneras, antes símbolos de una autarquía
barbárica, se volvieron símbolos de emancipación y libertad. Para Mir la tradición de
resistencia tiene su origen en una identidad colectiva derivada de la propiedad compartida
de la tierra. De allí que, como en su
Contracanto a Walt Whitman, las dinámicas impuestas
por el capitalismo a través de su máxima expresión, la propiedad privada, tengan el efecto
corruptor del “yo” sobre la sociedad dominicana. El origen de una identidad colectiva en las
tierras comuneras permite establecer un poderoso mito fundacional a la vez que se legitima
una diferencialidad respecto a la tradición hispanófila, indigenista, a los Estados Unidos y
finalmente, a Occidente como escenario global del capitalismo. Las circunstancias del
surgimiento de las tierras comuneras denota el carácter ambivalente entre tragedia y épica
que estaría en consonancia con una visión benjaminiana en la cual, las ruinas de la historia
supondrían el principal recurso para la emancipación humana. En el planteamiento de Mir,
la riqueza cultural dominicana viene dada gracias a la “desgracia secular” (
Cuando amaban
273). El poeta refiere que el capitán y Gobernador General de la isla de Santo Domingo, Juan
de Osorio, ordenó un gran incendio en 1605 para acabar con el comercio ilegal con otras
potencias europeas en la banda norte de la isla (Torres-Saillant 220-1). Producto de este
monumental incendio, ciudades como Puerto Plata, Bayajá, La Yaguana y Monte Cristo
quedaron absolutamente devastadas, al igual que una de las mitades de la isla (Torres-
Saillant 221). La despoblación causada por el incendio en esas zonas, acabó con las formas
de explotación feudales de la Corona española y permitió el florecimiento de otras formas de
propiedad:

al despertar de aquella pesadilla descubrieron que eran los propietarios de todo aquel territorio de
donde había emigrado la propiedad privada y los portadores de ella dejando además un prodigioso
ganado para ser disfrutado en común por todos y fue así como nuestros adanes y evas fueron arrojados
al paraíso (
Cuando amaban 182).

Nótese que en esta lógica histórica, lo que hace posible la consecución del utópico espacio
de las tierras comuneras es precisamente la represión brutal del colonialismo al quemar
parte de la isla. La destrucción de las relaciones de propiedad abre paso a un sistema
emancipador. El paraíso emergente es radicalmente diferente del modelo de explotación
español, pero también lo es del mundo capitalista. Lo que el gran incendio originó fueron
dos formas de vida antitéticas:

como resultado de ello se produjo en este país una situación sumamente novedosa porque en la parte
de las devastaciones que caía hacia el oeste se introdujeron los franceses y crearon allí una colonia que
andando el tiempo se convertiría en el modelo de explotación capitalista colonial pues llegó a ser la más
rica del mundo y el más bello florón de la propiedad privada mientras de este lado sobrevivía la
propiedad común de las tierras y la ganadería (
Cuando amaban 183)

La destrucción de las poblaciones de la isla en el siglo XVII da lugar entonces a dos
sociedades alternativas: la haitiana basada en la explotación capitalista y la dominicana
basada en la explotación de las tierras comuneras. Ahora bien, con ello Mir no parece
interesado en proponer una alteridad en el país vecino. Por el contrario, reconoce ciertos
lazos basados en este origen común del gran incendio (Torre-Saillant 221). La alteridad
radica en el sistema capitalista europeo que permitió el asentamiento monstruoso de la
explotación esclavista y de una de ideología racista. El colonialismo francés impidió el
mestizaje y el cruce de clases de una sociedad más horizontal, lo que sí fue posible en la
República Dominicana gracias a las tierras comuneras. Ya en el siglo XX, esta alteridad se
trasfigura y encuentra en los Estados Unidos la máxima expresión del capitalismo.

Cuando amaban sostiene la tesis de que la primera intervención norteamericana de 1916
buscaba la incorporación y la explotación de los dominicanos en el sistema capitalista,
eliminando el “sistema arcaico de los terrenos comuneros que frenaban el desarrollo
capitalista impulsado por las compañías azucareras con lo cual forzaban a esta sociedad
atrasada secularmente a dar un paso de avance” (74).  La ironía del narrador sugiere que la
expulsión del paraíso —su inserción en la narrativa teleológica del capitalismo—, es
producto de las intervenciones estadounidenses en la isla. De este modo, el hombre se veía
despojado de lo que Agamben denomina “la patria original” al verse sometido a una
temporalidad lineal (155) en la que los
avances implican la adscripción al sistema capitalista
de las compañías azucareras. La falta de puntuación en las pausas de la frase insinúa que
estas agresiones constituyen una acumulación histórica con respecto a siglos anteriores. El
lenguaje —como la temporalidad de la novela-— no necesariamente se mueve en una
dirección progresiva.

El siguiente fragmento expresa el movimiento oscilante de la narración: “había sido una de
las mujeres más bonitas de nuestro país y ahora mírenla si quieren y si pueden soportarlo
porque nosotros no podemos no podemos no podemos no podemos no podemos no no no
podemos no podemos” (158). La repetición de palabras y de frases en la novela apunta a la
noción de una historia conformada por múltiples versiones de un mismo problema: el
colonial. Mir confirma la visión histórica de Bosch, según la cual el Caribe como frontera
imperial ha sido el espacio por excelencia de las dinámicas de las economías imperiales de
Occidente (Torres-Saillant 63). Al constituir dinámicas que aparecen y reaparecen a lo largo
del tiempo, Mir disiente de una lógica histórica totalmente lineal. Las variaciones de los
eventos históricos hacen que el escritor organice “personajes y eventos en una alegoría en
espiral de la historia dominicana que se repite a sí misma con cambios” (Sommer 232). En
Cuando amaban la intervención estadounidense de 1916 se repite con algunas variaciones en
1965. Del mismo modo se repite la resistencia, primero expresada en el gavillerismo y luego
en los comandos y la guerrilla urbana. La historia del pueblo dominicano dramatiza
entonces el repetido confrontamiento con una alteridad desnacionalizadora: los Estados
Unidos. La velada promesa histórica en la novela no es tanto un regreso literal a un origen
utópico-mítico que, como el que siguió al gran incendio de 1605, vendría o vendrá precedido
por una agresión imperial (tal fue el escenario de 1916-24 y el de 1965); sino, como lo propone
Benjamin, la irrupción de una
dimensión originaria (Agamben 153), capaz de “hacer
saltar el continuum de la historia” (Benjamin13), una historia de sujeción colonial y
neocolonial. El poeta parece seguro del advenimiento de esta dimensión originaria:

yo me atrevo a afirmar con toda verosimilitud y hasta certidumbre (…) muy lejos todavía de ese destino
y poniendo la mano derecha sobre mi corazón que las tierras comuneras volverán a serlo y que volverá
a entroncar en ella la esencia de nuestro país (sin comas en el original,
Cuando amaban 186)

La idea de la irrupción de las tierras comuneras en el presente no implica una visión
meramente nostálgica, ya que “articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal
como verdaderamente fue” (Benjamin 12). La recuperación parte de una transfiguración. Es
decir, tras cada intervención estadounidense, las tierras comuneras recobrarían su sentido
actualizándose.

El nudo narrativo de
Cuando amaban estriba en la analogía entre las dos intervenciones
norteamericanas del siglo XX. Para ello, Mir se vale de dos historias principales que al final
confluyen en los eventos de 1965. La primera la constituye el ‘bildungsroman’ del personaje
rural Silvestre. Éste despierta a la pubertad alrededor de 1916 con la primera invasión
‘yankee’, cuando el padre de su maestro de escuela —el viejo Villamán— exclama a todo
galope “muchachos devuélvanse que la patria está en peligro” (45). Tras varios avatares,
Silvestre se vuelve gavillero y reaparece ya anciano al final de la novela al escuchar en 1965 la
misma frase en boca de su hija Urbana, a quien hasta entonces desconocía. La otra historia
está protagonizada inicialmente por Romanita, la esposa del poderoso hacendado Bonifacio
Lindero. Dado el trato despótico que recibe, Romanita intenta abandonar al marido y se va a
vivir a la capital. Este intento fracasa y Romanita regresa junto a Bonifacio. Algún tiempo
después, alrededor de 1930, ella muere dejando huérfano a su hijo recién nacido. A raíz de la
segunda intervención, el hijo de Romanita, ya adulto, decide abandonar la hacienda del
padre y unirse al anciano Silvestre y a su hija Urbana en su viaje hacia Santo Domingo. La
resolución de los tres personajes —Silvestre, Urbana y el último Bonifacio Lindero— de
abandonar el campo e incorporarse a las trincheras de la ciudad viene precedida por la
reaparición de la frase del viejo Villamán: “muchachos devuélvanse que la patria está en
peligro” (291). Las alegorías familiares de esta novela han sido establecidas por Sommer. El
intento fallido de Romanita —nombre que hace referencia a la central azucarera más grande
del país en manos estadounidenses—, por romper relaciones con el marido despótico se
equiparara a la resistencia fallida de la primera intervención. El poder omnímodo de
Bonifacio Lindero, como el del mismo Trujillo, es el resultado de los efectos de la primera
intervención norteamericana. La muerte de Romanita y la orfandad de su hijo, equivalen a la
pérdida de la soberanía y de las tierras por los monopolios azucareros y la intervención
armada (Sommer 243). Finalmente, el abandono del hogar del último de los Lindero deja
abierta la posibilidad emancipadora. En un sistema de alegorías tradicional, la posibilidad de
agencia descansa prácticamente sobre los personajes masculinos. Éstos, sin embargo,
pretenden ser representativos del colectivo dominicano.

La repetición de la frase beligerante (“muchachos devuélvanse que la patria está en
peligro”) en tiempos, lugares y en boca de personajes diferentes, señala hasta qué punto la
resistencia no es una característica exclusiva de personajes particulares y trasciende la
noción espacio-temporal tradicional. Como lo proponía Benjamin, la tarea estriba “en
desmarcarse críticamente de la filosofía idealista de la historia, que dedica su atención a los
protagonistas de la misma, esto es, a los que marchan con el espíritu de la época en la cresta
de la ola histórica” (Zamora 5). Los protagonistas de Mir son seres comunes y corrientes
que forman parte de una historia colectiva  y que se perfilan como parte de un imaginario
mítico asociado a la figura del gavillero (Torres-Saillant 269).

Entre las connotaciones alegóricas ya desarrolladas por Sommer como las espaciales --
campo/ciudad— que reflejan la trayectoria histórica de la resistencia dominicana; vale la
pena resaltar el apellido Lindero como concretización de la opresión de la isla. Cuenta el
narrador que Bonifacio Lindero había heredado una cantidad enorme de tierras que su
padre había adquirido como producto de la partición efectuada por los norteamericanos
alrededor de 1921. De allí que su nombre metaforice la agresión desnacionalizadora de la
isla: la imposición de la propiedad privada por el imperialismo estadounidense acabando con
las tierras comuneras. La desaparición de formas de subsistencia colectiva marca la tragedia
de la historia, el fin de una cultura originariamente dominicana. Ello se paraleliza a la
orfandad en que queda el último de los Lindero tras la muerte de su madre y en el deceso
del personaje Flor. Amigo cercano del joven Silvestre, Flor pierde la razón tras haber vendido
las tierras que su familia había trabajado por generaciones. Flor muere en medio de una
gran carcajada al enterarse de que su reclamo de devolución de las tierras había sido
desestimado por el gobierno (89).

El mundo jurídico es asociado negativamente a las prácticas neocolonialistas. Como sugiere
Sommer, la agrimensura, la Ley del Registro de Propiedad y el Tribunal de Tierras aparecen
como instancias y herramientas que establecen y legitiman la división de tierras. La
falsificación de los documentos de propiedad permite el monopolio de Bonifacio Lindero, a la
vez que priva voluntaria o involuntariamente a miles de campesinos como el mismo Flor,
que ingenuamente venden sus tierras. Estas propiedades conformarán los monopolios de
centrales azucareras norteamericanas. El ámbito legalista está íntimamente relacionado con
los efectos corruptores del dinero. En otras palabras, el efecto desnacionalizador está
asociado con la penetración del capitalismo en las formas de subsistencia colectiva. El
narrador tiene suficiente autoconciencia como para admitir la traición que bajo la promesa
monetaria efectuaron varios campesinos al vender sus tierras en el período de la partición
norteamericana. Respecto a la venta llevada a cabo por Flor, se nos dice:

Silvestre (…) no dejaba de considerar que la conducta de Flor no solamente era deplorable (…) porque
a él no se le escapaba  que Flor no salió como lo hizo el viejo Villamán reventando su yegua para
despertar la conciencia de los pueblos y advertirles del peligro sino que permaneció sonriente y pacífico
cuando llegó un Notario Público acompañado de un pelotón de agrimensores y ayudantes armados de
los instrumentos de su oficio con el propósito de medir las tierras (85).

La alternativa ofrecida por la novela es propia de su contexto histórico: la insurrección
armada. De allí la centralidad del personaje Silvestre, quien, en su lucha gavillera, trasciende
los límites nacionales y se une a la rebelión de Sandino en Nicaragua (308). El trayecto final
hacia Santo Domingo de los tres protagonistas, señala que el último de los Linderos está
encargado de continuar la resistencia violenta de Silvestre. En ambos casos, la toma de las
armas se traduce en el despertar de la conciencia de los personajes. Conciencia que se
produce al escuchar la frase “muchachos devuélvanse que la patria está en peligro”. La voz
coral, aquí, se articula en torno a esa frase apremiante que expresa una toma de posición
frente a lo que Benjamin hubiese entendido como un reclamo del
pasado pendiente
(Catanzaro 33): el de la pérdida de las tierras comuneras. La repetición de esa frase entraña
la irrupción de un pasado de opresión trasfigurado en una oportunidad emancipadora en el
presente de los personajes. En realidad, se trata de una exclamación dirigida también al
lector, a su aquí y ahora. Mir parece ver la lucha armada como necesaria y, si hasta ahora los
resultados habían sido fallidos, ello se debía a la “falta de maduración” de los momentos
históricos (
Cuando amaban 311). Más que pérdidas estos intentos fallidos van acumulándose
en un pasado que se enriquece como potenciador de un posible presente de liberación. Son
las ruinas emancipadoras hacia las que el ángel de la Historia de Benjamin se dirige.

La novela por tanto, al oponerse a una modernidad representada por los Estados Unidos no
aboga reaccionariamente por un pasado petrificado. El abandono de una narrativa histórica
lineal o estrictamente circular refiere una experiencia del tiempo distinta en la que, como
propone Agamben, el hombre se libera de la tiranía de una temporalidad cronológica que lo
obliga a posponer su felicidad en un futuro inalcanzable (154). No habría, como lo ve
Sommer, una tensión entre la lógica teleológica del discurso histórico y la lógica circular del
discurso mítico (236). Mir rehúsa confinarse en la teleología capitalista o en la inmovilidad
de cualquier temporalidad circular. De lo que se trata a lo largo de las reapariciones de la
frase “muchachos devuélvanse que la patria está en peligro” es de la emergencia de una
suerte de
Ereines o Acontecimiento benjaminiano. Esto es, no “una determinación espacio-
temporal, sino (…) la apertura de la dimensión originaria en la que se funda toda dimensión
espacio-temporal” (Agamben 153). La dimensión originaria aquí descansa como vimos, en
unas tierras comuneras que equivaldrían a “las siete horas de Adán en el paraíso” y que  
funcionan como “el núcleo originario de toda experiencia histórica” (Agamben 154). La
irrupción del pasado pendiente de opresión, “como un imagen que refulge” (Benjamin 9),
entraña la necesidad de asirlo tal como éste “se le enfoca de repente al sujeto histórico en el
instante de peligro” (Benjamin 9). Tal instante —determinado por las dos invasiones
estadounidenses en la isla— “coincide estrictamente con la acción política” (Benjamin 14)
propia del
Acontecimiento. Dicha acción se traduce en la resistencia armada de Silvestre,
Urbana y el último de los Linderos.  La propuesta de Mir entonces aboga por una cairología
que se emancipa de la opresiva dicotomía entre progresividad —presuntamente moderna—
y repetición —supuestamente premoderna o “mitológica”. Mir no prescinde de ellas sino
que resuelve su escisión occidental, la escisión entre eternidad y linealidad. De allí que en la
novela se afirme:

es un destino inviolable de la historia el de ajustarse a los cambios que cada época impone y como que
en aquellos días en que aquí se estaba gestando el sistema de los terrenos comuneros escribía un Italia
un profesor llamado Vico y aseguraba que la historia se repite y como que en nuestra época está
completamente aceptada esa teoría aunque modificándola en el sentido de que esta repetición se
produce en un grado cada vez más elevado de desarrollo (186).

El ‘desarrollo’ es por tanto, un valor que al reformularse, no necesariamente resulta
cuestionable e inclusive pudiese volverse deseable. Ello explicaría el por qué el maestro de
Silvestre --alter ego de Mir— no niega el proceso de modernización, sino su imposición
unilateral, violenta, racista y neocolonialista  por parte de los Estados Unidos (185). El
conocimiento de la propia historia hubiese permitido una modernidad emancipatoria de
acuerdo con las propias especificidades nacionales (
Cuando amaban 185) sustentada en esa
dimensión originaria de las tierras comuneras. Para Mir, entonces, el proceso de desarrollo
tendría que haber partido desde adentro. De allí que el pasado de las formas de propiedad
colectiva permiten a Mir el empleo de una identidad contrahegemónica como parte de la
lucha por la descolonización. El producto de esa modernidad dominicanizada que Mir
reclama con el regreso “más desarrollado” de las tierras comuneras, no se describe en la
novela. El devenir permanece abierto tal como la trayectoria de los personajes.


Obras citadas


Agamben, Giorgio. Infancia e historia. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2001.

Benjamín, Walter.
Sobre el concepto de historia. http://www.archivochile.
com/ideas_Autores/benjamin/esc_frank_benjamin0021.pdf

Catanzaro, Gisela. “¿Por qué la historia y no más bien la nada?”.
Las aventuras del
marxismo
. Buenos Aires: Editorial Gorla, 2003. 17-104.

Fortunato, René Director.
Abril. La Trinchera del honor. Santo Domingo: Distribuido por
Videocine Palau, 1988.

Maingot, Anthony P. "Politics and populist historiography in the Caribbean."  
Intellectuals in the Twentieth-Century Caribbean. Ed. Hennessy Alistair. Vol. II. London:
The Macmillan Press LTD, 1992. 145-74.

Mir, Pedro.
Cuando amaban las tierras comuneras. México, D.F: Siglo Veintiuno Editores, 1978.

----.
Homenaje a Pedro Mir. Santo Domingo: Editora Alfa & Omega, 1983.

Moya Pons, Frank.
Manual de historia dominicana. Santo Domingo: Editora Corripio, 2002.

Puri, Shalini.
The Caribbean Postcolonial. Social Equality, Post-Nationalism, and Cultural
Hybridity.
New York: Palgrave MacMillan, 2004.

Sommer, Doris.
One Master for Another. Boston: University Press of America, 1983.

Torres-Saillant, Silvio. “Pedro Mir and the Historical Imagination."
Caribbean Poetics:
Toward an Aesthetic of West Indian Literature. Cambridge: Cambridge University Press,
1997. 53-92.

Zamora, José A. “El concepto de fantasmagoría. Sobre una controversia entre W. Benjamín y
Th. Adorno”.
Taula: Quaderns de pensament. Vol. 31-32 (1999): 129-52.
Magdalena López,
University of Pittsburgh
n
Historiando la utopía: imaginario de la
resistencia en
Cuando amaban
las tierras comuneras
de Pedro Mir
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