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Palti, Elías.
"Dabove, Juan Pablo.
Nightmares of the
Lettered City: Banditry and
Literature in Latin America,
1816-1929
. Madrid:
Iberoamericana-Vervuert,
2009".
Dissidences.
Hispanic Journal
of Theory and Criticism
.
On line. Internet:
05/20/10
(http://www.dissidences/
6ReviewDabovePalti.html)
Dabove, Juan Pablo
Nightmares of the Lettered City: Banditry and
Literature in Latin America, 1816-1929
Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2009
D
n
A partir de la publicación de Rebeldes primitivos de Eric Hobsbawm, el bandidismo social
se convertiría en un tema de análisis y discusión en América Latina. Algunos de los estudios
realizados, como los de Paul Vanderwood y Linda Lewin, revisan aspectos fundamentales de
la versión de Hobsbawm. Básicamente, cuestionan la imagen unilateral de los bandidos
sociales como expresiones prepolítcas de protesta popular, mostrando los complejos
vínculos que los ligarían con distintos sectores de la élites rurales locales. Así, más que
cuestionar el orden tradicional, tenderían a reforzarlo estableciendo redes informales de
control social. Otros estudios, en cambio, como el de Roberto Carri, seguirían una línea
crítica opuesta: aceptarán su carácter social pero rechazarán la idea de su naturaleza
prepolítica.

En
Nightmares of the Lettered City Juan Pablo Dabove, si bien retoma estos estudios, da un
giro fundamental al tema. Lo que se propone analizar no es quiénes eran estos bandidos,
cuál su naturaleza, sino cómo fueron representados, especialmente en la literatura de
ficción, pero no sólo en ella. Como muestra a lo largo del libro, el mismo va a ser un tema
recurrente a lo largo del periodo analizado (1816-1929). Y si bien ello expresa la difusión del
bandidismo producida luego de las Guerras de Independencia, no podría explicarse
meramente por ello. ¿A qué ansiedades respondía esta especie de obsesión por el tópico?  
Particularmente significativo al respecto es el contraste entre esta recurrencia en la
literatura y su ausencia en la legislación, su indefinición como figura jurídica. Lo cierto es
que en una larga tradición de representación, cuya estela puede rastrearse hasta el presente
en fenómenos tan disímiles como el hip-hop, el corrido o El Zorro, el bandido, aunque
colocado siempre fuera de la Ley, resistirá ser reducido a un mero criminal. Lo que propone
Dabove podemos llamarlo así una lectura sintomal. Busca comprender este espectro del
bandidismo que acosará la ciudad letrada como la huella de una crisis, que denuncia
angustias y dilemas que le son más inherentes.

El libro de Dabove se encuentra dividido en tres partes, en las cuales analiza las tres
grandes estrategias de representación o modos en que será abordado el fenómeno del
bandidismo. La primera, titulada “La fundación de las identidades nacionales. El bandido
como Otro” analiza
El periquillo sarniento, de José J. Fernández de Lizardi, Facundo y El
Chacho
de Domingo F. Sarmiento, O Cabelleira, de Franklin Távora, El Zarco, de Ignacio
Altamirano y el discurso criminológico de fines de siglo XIX. El bandido aparece aquí
diversamente retratatado como aquello que impide la constitución de los estados nacionales,
un fenómeno atávico, inasimilable a la civilización moderna, que debía ser erradicado a fin
de afirmar un orden político. Así, la existencia de un conflicto constitutivo en los orígenes del
estado no es negado, pero sí vaciado de sentido político, salvo en un sentido negativo. El
bandido será siempre un ser puramente natural, colocado por fuera de la historia. Su
carácter problemático, sin embargo, se verificará en el hecho de que, a fin de destruirlo y dar
lugar al triunfo de la Ley, el letrado deberá internarse en su mismo terreno, colocarse por
fuera de su territorio (el de la Ley) y producir un acto de violencia natural que tiende, más
que a anularla, a reproducir su misma lógica. Esta paradoja es, en fin, la que le confiere ese
tono trágico que teñirá algunas de las obras del periodo, especialmente, las de Sarmiento.

En la segunda parte, titulada “Entre la nostalgia conservadora y la política radical. El
bandido como instrumento de crítica”, aborda
Astucia, de Luis Inclán, Zárate, de Eduardo
Blanco,
Martín Fierro, de José Hernández, Juan Moreira, de Eduardo Gutiérrez, Alma
gaucha
, de Alberto Ghiraldo y Los bandidos de Río Frío, de Manuel Payno. En ellas, los
bandidos aparecen ya sea constituyendo una forma de comunidad alternativa a la estatal, o
bien estableciendo lazos y alianzas con ésta. Convertido en instrumento de crítica política, el
bandidismo servirá así de terreno para dirimir conflictos internos a la propia élite. Lo cierto,
en todo caso, es que en estas novelas las fronteras que delimitan la violencia estatal de la
violencia criminal habrían continuamente de desdibujarse, legitimando así a la segunda e,
inversamente, deslegitimando a la primera, mostrando, en fin, las porosidades de sus
espacios respectivos.

La tercera parte, “El triunfo del Estado nacional. El bandido como hermano desviado y
como origen suprimido”, está dedicada a analizar
Os sertões, de Euclides da Cunha, La
guerra gaucha
, de Leopoldo Lugones, Los de Abajo, de Mariano Azuela, Cesarismo
democrático
, de Laureano Vallenilla Lanz y Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos. Esta última
sección es la historia de los diversos intentos de asumir la naturaleza violenta de los
orígenes  del estado y al mismo tiempo situarlo en un pasado remoto, negándole así toda
fuerza histórica. En cierta forma, representa un homenaje postrero del estado a aquello que
ha debido suprimir para instituirse. Este reconocimiento de su origen espurio, aunque
inmediatamente borrado como tal, encierra, sin embargo, una paradoja. En todo caso, lo que
llama la atención a Dabove, y que explica la vitalidad aún del tópico, es el fracaso persistente
en eliminar completamente las huellas del estigma violento de sus fundamentos, las que
constantemente reemergerán. En definitiva, la idealización de la violencia prepolítica rural
esconde ―y hace manifiestos al mismo tiempo― otros conflictos y antagonismos surgidos del
propio proceso de modernización política y social. Como se expresa magistralmente en la
obra de Azuela, el carácter nomádico de esta violencia prepolítica, una violencia sin sentido
ni meta, que la condena a la nulidad histórica, es también la que la vuelve inasible, imposible
de fijar, y, por lo tanto, de controlar, de bloquear su permanente retorno, bajo cambiantes y
siempre esquivas formas.

Volviendo a nuestra pregunta inicial, ¿a qué ansiedades respondía la especie de obsesión por
el bandidismo? Indudablemente, no se trata tanto de la sensación de inseguridad que su
proliferación habría de generar. Como señala Dabove, retomando una expresión de
Vanderwood, la idea del bandido será mucho más perturbadora que el mismo como
fenómeno empírico puesto que pondrá en cuestión no tanto la Ley como al propio estado en
tanto que dador de la Ley. Es esta persistente dificultad para establecer criterios que
permitan delimitar los usos legítimos de la violencia de los ilegítimos lo que frustraría
también los intentos por definirlo. La categoría de “bandidos” abarcará, de hecho, un
espectro demasiado heterogéneo de figuras y personajes que la hará resistente a toda
definición. Los conquistadores e incluso los propios héroes fundadores de la nacionalidad
fueron tachados de tales, y así juzgados y condenados (y algunos ejecutados). Y aun
después de la Independencia su estatuto, en muchos casos (como el del cura Hidalgo),
seguiría siendo, por bastante tiempo, asunto de controversia. Por otro lado, no será
infrecuente el hecho de que pronunciamientos, insurrecciones, etc. que desde entonces
proliferan, conviertan, en el lapso de pocos meses, a los hasta entonces tenidos por
delincuentes enemigos de las instituciones, en sus salvadores (y viceversa, autoridades
tenidas por legítimas, en traidores de la república y su constitución). En fin, como vimos,
muchas veces autoridades oficiales reclutarán tropas irregulares y las alinearan en las filas
del estado, produciendo la confusión de sus esferas respectivas. Es esta inestabilidad de los
significados asociados al concepto la que conferirá al tópico su carácter perturbador, y
explica su recurrencia en la literatura. Tras el mismo se trasunta, en definitiva, una duda
más radical que acosará a la ciudad letrada.  En
La ciudad de Dios, San Agustín cuenta una
anécdota ilustrativa al respecto.

Una vez, dice Agustín, Alejandro, tras atrapar a un pirata, le increpa: “con qué derecho te
atreves a infestar los mares”. A lo que el pirata responde: “el mismo que tú, sólo que como
yo lo hago en una pequeña barca me llaman criminal, y como tú lo haces con una gran flota
te llaman Emperador”. Esta anécdota, entiendo, condensa aquel núcleo problemático que
subyace tras las tres estrategias representativas del mismo que distingue Dabove, y explica
su fracaso último. En última instancia, el bandido le devuelve a las ficciones fundacionales de
la nacionalidad la imagen de su costado monstruoso. No es simplemente algo a lo que no
logrará nunca eliminarse completamente, un residuo atávico que se niega a dejar paso a la
convivencia civilizada. Ni siquiera se trata de un origen que no logra borrase o al menos
domesticárselo simbólicamente inscribiéndolo dentro de una narrativa como parte de un
proceso evolutivo más general. En fin, tampoco es que la apelación a tropas irregulares, o los
vínculos y alianzas entre jefes bandidos y autoridades haya desdibujado las fronteras que
delimitan sus ámbitos respectivos. En última instancia, todas ellas no son sino distintas
expresiones de una falla persistente en el proceso de naturalización de la violencia estatal,
que hará una y otra vez manifiesto ese fondo de indecidibilidad que se encuentra en la base
de todo orden institucional, la naturaleza últimamente contingente de sus fundamentos.
Es aquí que el giro producido por Dabove revela toda su significación. La cuestión de los
modos de representación del bandidismo excede el fenómeno empírico, y su estudio resulta,
en consecuencia, mucho más relevante para comprender el tipo de dilemas que enfrentaron
las élites locales en su intento de establecer regímenes estables de gobierno. En este
sentido,
Nightmares of the Lettered Cities (el trabajo más sistemático realizado hasta aquí
sobre el tema) representa un aporte fundamental a los estudios en el área, cuya pertinencia
excede el ámbito estricto de la crítica literaria en que inicialmente se inscribe desplegándose
en el terreno de la historia política y la historia intelectual. En una profunda y sutil
interrogación de las historias y ficciones que se tejieron en torno a esta especie de
“comunidad en el delito”, éstas se nos muestran aquí como una contracara de aquellas otras
“comuniones amorosas” que Doris Sommer brillantemente analizara en
Foundational
Fictions
, revelando su lado oscuro, negado.
(Elías Palti,
Universidad Nacional de Quilmes)
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