Carmen Tisnado es profesora titular en el Departamento de Español de Franklin & Marshall College en Lancaster, Pennsylvania. En su trabajo se investigación se especializa en narrativa latinoamericana contemporánea, en particular en la ficción del Cono Sur y de Perú. Ha publicado artículos sobre la representación de género en cuentos peruanos y chilenos. También ha escrito sobre cuentos de Mario Benedetti, así como sobre la representación literaria de la censura y de la tortura en Argentina y en Uruguay durante la década de los 80. Su proyecto más reciente es el estudio de la novela de crímenes en Perú durante los años 90, con cierto énfasis en la relación entre crimen y género, y en la representación de la crisis política que atravesó el país durante los años de terrorismo.
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How to cite this article: Tisnado, Carmen. "Al final de la calle: Lima, Ciudad de M". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 09/20/10 (http://www.dissidences/ 6FinalCalleTisnado.html)
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"El crecimiento urbano trajo consigo el deterioro de las condiciones de seguridad en la ciudad, el que a su vez, acrecentó la corrupción e ineficiencia de las fuerzas policiales. “La violencia se convierte en un estilo de vida que se termina aceptando resignadamente” (88). El desborde, pues, no se dio únicamente a nivel demográfico. Se desbordaron también “los límites impuestos por los códigos, los reglamentos y los procedimientos”"
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"Al igual que en el relato sobre la joven desconocida, la referencia a las marcas que tiene M en el cuerpo lo despersonalizan. Más aún, el sujeto de la frase es “el cuerpo de M” (66), lo cual disminuye el carácter humano del protagonista. Al final, la deshumanización de los personajes es general, pues la presentación de Sandra subraya también su carácter bestial. "
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Si hiciéramos el experimento de preguntar a cualquier individuo relativamente educado, sin
que importe su nacionalidad, con qué asocia el Perú de la primera década del Siglo XXI, es
muy probable que la primera frase que enuncie sea “Machu-Picchu.” Desde que las
famosas ruinas incaicas fueron consideradas una de las nuevas siete maravillas del mundo,
Perú ha asumido de cierta notoriedad. Dos décadas antes, la frase a enunciar era, con muy
poca duda, “Sendero Luminoso” o, en todo caso, “terrorismo.”
El efecto de lo que implica cada una de estas asociaciones es de dos tendencias opuestas.
En la actualidad muchas personas viajan al Perú para conocer el famoso Machu-Picchu, o
por lo menos expresan su deseo de ir. En cambio, durante los 80 y 90, a pesar del interés en
los centros turísticos del Perú, muchos optaban por no ir a este país cuya violencia se había
vuelto famosa.
La violencia que generó el terrorismo provenía de la actividad guerrillera de Sendero
Luminoso y, en menor grado de la del segundo grupo terrorista, MRTA (Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru). Como indica Tina Rosenberg en su estudio sobre la
violencia política en el Perú, publicado en 1991, “Peru is home to the world’s most vicious
and enigmatic guerrilla group, the Shining Path, or Sendero Luminoso” (10). Al mismo
tiempo, las fuerzas armadas, en su combate contra el terrorismo hicieron también uso de
una violencia extrema que no distinguía al terrorista del ciudadano común. Cundió la
cultura del miedo y la desconfianza.
La violencia política pasó a convertirse en violencia social, cuyo efecto fue de transformar el
tipo de percepción de vida, y por tanto, el tipo de acción, de la mayoría de peruanos. Como
explica Alfredo Quintanilla en su estudio sobre la conciencia social en Lima:
la sociedad peruana viene sufriendo acelerados cambios desde mediados de la década de los setenta.
La profundización de una implacable crisis económica y la aparición de nuevos fenómenos como los de
la violencia política, transformada en guerra no declarada, y la extensión de las redes del narcotráfico
han producido modificaciones en los esquemas de satisfacción de las necesidades básicas de las
grandes mayorías, de manera que sus vidas se han visto transformadas y con ellas sus patrones de
juicio, valoraciones y aspiraciones. (9)
La principal transformación en la vida de los limeños es la de la desesperanza. Si bien la
situación social en el Perú jamás fue óptima, se podían atisbar manifestaciones de cierta
esperanza de cambio. Esto fue truncado por la violencia política y social de los 80 y 90. La
narrativa urbana peruana que surgió con fuerza en la década de los noventa, precisamente,
se caracteriza por representar la desesperanza y el caos que imperaban en el Perú en
general en esa época. La mayor parte de novelas producidas en los 90 y en los primeros
años del siglo XXI relatan historias que ocurren específicamente en la capital, Lima. Los 90,
como antes indiqué, fueron años de violencia intensa en Lima. Desocupación rampante,
vandalismo gratuito, crimen insensible, atentados terroristas, pasaron a formar parte de la
vida cotidiana. En este contexto es en el que surgen novelas cuyos protagonistas son
jóvenes que carecen de rumbo y que se sienten atrapados por el ambiente opresivo en el que
viven. Al final de la calle (1993) de Oscar Malca, es una de estas novelas.
Al final de la calle relata la conducta delictiva que adoptan algunos jóvenes limeños de una
extinta clase media. La novela constituye, tanto en su historia como en su discurso, una
representación de la zozobra que parece generalizada en el Perú de los noventa, y que es ya
una característica intrínseca de la idiosincrasia peruana. Esta novela cuenta las
experiencias de jóvenes esquineros de Magdalena del Mar, un barrio de la ciudad de Lima
en la que habita una clase media en cierta decadencia. Estos jóvenes, de diversas maneras,
han asumido como suya la violencia que impera en casi todas las áreas de la vida urbana de
la capital peruana.
La organización de la novela impide que se reconstruya una historia propiamente dicha.
Tenemos una serie de capítulos bastante breves que narran, fuera de todo orden lógico y
cronológico, a modo de vignettes, acciones específicas que realizan los jóvenes esquineros, o
experiencias por las que pasan. La presentación de estas acciones y experiencias sugiere
una suerte de cuadros independientes de una exposición cuyo tema central es la violencia
urbana. Esta estructura de discontinuidad representa, de muchas maneras, la falta de
consecuencia – en otras palabras, el sinsentido – que bien puede atribuirse a la vida de Lima
durante las décadas de los 80 y 90. La novela consta de veintidós capítulos no numerados
cuya extensión mínima es de dos páginas y máxima de nueve. Esta falta de numeración,
aunque no es característica única de Al final de la calle en particular, puede ser indicio de la
ausencia de un orden significativo en las acciones de los personajes y por lo tanto de su falta
de dirección. Como señalé, los capítulos se distinguen, con tres excepciones bastante
débiles, por su discontinuidad. El lector puede presenciar escenas sueltas de la vida del
protagonista, pero es imposible trazar una línea de acción que dé forma a la fabula de la
novela. Es decir, no existe una historia con un inicio y un fin marcados y específicos. Es
como si la comunidad representada en la novela estuviera en suspenso, en un movimiento
pendular que sólo permite una caída pero no una proyección. Al mismo tiempo, el
protagonista se presenta exclusivamente en su presente. No se puede reconstruir su
historia pasada y no existe ninguna proyección hacia su futuro.
Al final de la calle, como ya observé, expone la vida de jóvenes desocupados que, hartos de
ilusionarse con que el país les ofrezca algo, optan por una salida propia, en la mayoría de los
casos, delictiva. Es importante notar que el protagonista no tiene un nombre conocido en la
lengua española. Tanto el narrador como los personajes lo llaman “M,” y él mismo se
presenta con este apelativo, lo que puede originar más de una interpretación, especialmente
si tenemos en cuenta el título del prólogo con el que aparece la novela, sólo a partir de su
quinta edición: “Ciudad de M.”
La frase “Ciudad de M,” en el contexto de la sintaxis del español, quiere decir por lo menos
dos cosas. En primer lugar, siguiendo el sentido literal de la frase, se puede concluir que la
ciudad de la novela es aquella en la que vive su protagonista, M. En segundo lugar, y quizá
el más significativo, “Ciudad de M” se puede tomar como el eufemismo de “ciudad de
mierda.” La primera posibilidad, aunque puede ser una deducción con fundamento, no es
la primera interpretación a la que llegará un lector en su lectura inicial. En cambio, antes de
siquiera abrir el libro, el mismo lector no tendrá duda en articular “ciudad de mierda,” a
modo de terminación de una frase que es parte de la práctica discursiva de todo hablante de
español. La conclusión más lógica, entonces, es que si la acción de la novela tiene lugar en
la capital del Perú, el título sugiere que Lima es, en efecto, una “ciudad de mierda.” El título
del prólogo sugiere mucho más, sin embargo. Si combinamos ambas interpretaciones, y a
pesar de que aceptemos que el protagonista “se llama” M, existe la relación analógica entre
la “M” de la frase “ciudad de M” y la “M” del nombre del protagonista, que nunca se
presenta como una inicial. ¿Quiere esto decir que se puede proponer una equivalencia entre
“M” (personaje) y “m” (mierda)? El texto mismo parece sugerirlo. En este sentido,
podemos ver que tanto el narrador como los personajes y el mismo M aceptan sin rechistar
que M es, de alguna manera, “una mierda.” Al mismo tiempo, vive en una ciudad que no lo
acoge y que más bien, lo rechaza. En otras palabras, vive en una “ciudad de mierda.”
Con sólo estos elementos de la novela, podemos ya llegar a ciertas conclusiones. Estamos
frente a un protagonista sin nombre reconocible y frente a una novela sin historia
propiamente dicha. Es decir, la sociedad representada en Al final de la calle está
caracterizada básicamente por ausencias significativas. El nombre es lo que, en un nivel
elemental, da las bases para que se forme una identidad, y la historia de las experiencias y
acciones de un individuo constituye el conjunto de bloques sobre los cuales se construye esa
identidad. El protagonista de la novela carece de la base y de los bloques que le puedan
facilitar la formación de su identidad. En suma, es un personaje perdido que no puede
encontrar un eje que lo sostenga en la ciudad de Lima.
Es una nota a pie de página la que aclara el origen del título del prólogo, “Ciudad de M.”
Son los editores del libro los que, para la quinta edición de la novela, deciden incluir un
ensayo autobiográfico que publicó Oscar Malca en un volumen especial de la revista
Debate, dedicado al tema de Lima y los limeños, titulado “Ciudad de M.” El contenido de
este ensayo confirma el carácter amenazante y devastador de la ciudad de Lima. Señala
Malca: “En Lima quienes son – espiritual o físicamente – débiles, no sobreviven. Si uno no
pertenece a la raza de los tiburones, tiene que ser suficientemente mosca para no ser
atrapado por sus fauces insaciables” (10).
¿Pertenece M a la raza de los tiburones o es atrapado por sus fauces insaciables? ¿Qué es lo
que se puede descubrir sobre M a lo largo de la novela? Lo que se observa apenas iniciada
la lectura es la falta de dirección del protagonista. Las primeras palabras de la novela lo
muestran con claridad: “Caminaba sin rumbo por La Colmena, mirando los escaparates y
los carteles chillones que emergían de los muros en medio del desorden y bulla de la
avenida” (7). La frase citada revela que M está perdido en dos niveles. En un primer nivel,
la ciudad está descrita como desordenada y bulliciosa. M, al estar en ella, es parte del caos
que sugiere esta descripción. M, de modo literal y figurativo, pulula en La Colmena, avenida
céntrica donde se cruzan centenares de individuos que, como abejas en un panal, se
encuentran y desencuentran sin objetivo y, más aún, con cierta rudeza. En un segundo
nivel, M carece de dirección, y por lo tanto no le encuentra meta a su vida. A pesar del
desorden y bulla que caracterizan a la ciudad, es de imaginar que algunos han de encontrar
algún rumbo, aunque sea incierto y riesgoso. No es éste el caso de M, que “caminaba sin
rumbo” en el ya establecido caos de la ciudad.
La ausencia de rumbo de M se refleja en su condición de desocupado y por lo tanto en su
permanente falta de dinero, así como en su abuso del alcohol y de las drogas. Por supuesto
que no se trata de una simple relación de causalidad, pues estas condiciones y
características son también los puntos de partida que desencadenan la ausencia de rumbo
de M. En otras palabras, M está en un círculo vicioso del que no parece tener salida. Lo
descrito hasta este momento lo afecta sólo a él mismo, pero M cruza la barrera de la
autodestrucción y participa en actos en los que, ya sea con intención o sin ella, destruye o
daña a otros. En un caso, por ejemplo, observa que una pareja de edad avanzada es atacada
por un joven que le roba la billetera al anciano tras tirarlo al suelo. M finge frenar al ladrón
hasta que “vio un par de billetes volando … al ras de la vereda. Sin mover la cabeza, miró a
los costados para pisar uno y, discretamente, se inclinó a recoger el otro” (13). M no tiene
reparos en hacerse cómplice de la agresión de la que son objeto estos ancianos y, sin el
mínimo escrúpulo, se apropia de su dinero. En otra ocasión, cuando va con una amiga a
comprar pantalones a un mercado de vendedores informales, no duda en robar algunas
prendas. Al salir, le dice a su amiga, “Yo te invito la cerveza y la coca, pero, antes de ir a
computar, deja siquiera que me saque uno de los bluyines que tengo puestos … casi no
puedo caminar” (115).
Quizá el acto gratuito de mayor violencia en el que participa M sea un intento de violación
colectiva, que es interrumpido sólo porque la víctima del ataque tiene una convulsión
epiléptica. M no muestra empatía alguna por la joven, objeto de la agresión de la que él y
sus amigos son agentes. Todo lo contrario, M siente una especie de excitación que, al
parecer, es ligeramente compartida por algunos de los testigos, que están conscientes de lo
que sucede pero no hacen nada por defender a la joven.
La participación de M en aquel acto espeluznante invita a que nos formulemos diversas
preguntas. ¿Es M un psicópata incapaz de sentir empatía o culpa? Si es psicópata, ¿lo son
también sus amigos? Si ninguno lo es, ¿qué los impulsa a cometer gratuitamente un acto
tan violento como el rapto y posterior violación de una mujer? Más aún, ¿son acaso
psicópatas los transeúntes testigos que reaccionan con indiferencia y hasta con risa? ¿En
qué tipo de sociedad vive M que aparentemente ha perdido todo sentido de solidaridad?
Para aproximarme a ciertas respuestas posibles, pondré de lado mi análisis de Al final de la
calle para resumir algunas propuestas teóricas de diferentes estudiosos peruanos, que de
hecho, pueden esclarecer algo sobre la conducta de la juventud limeña, y por extensión,
sobre el comportamiento de los personajes de la novela. Me concentraré en lo que sugieren,
entre otros, el antropólogo José Matos Mar, el sociólogo Gonzalo Portocarrero, y el
psicoanalista Saúl Peña.
El estudio de José Matos Mar, Desborde Popular y Crisis del Estado, publicado inicialmente
en 1984, y comentado por el mismo autor veinte años después, constituye el punto de partida
para llegar a una explicación de la conducta de muchos jóvenes limeños. Matos Mar se
remonta a la época de la Conquista, desde la que, según él, se empezó a forjar la
incapacidad que tiene el Perú de desarrollar una verdadera conciencia nacional, ya que “la
herencia andina resultó marginada” (23). Según Matos Mar, este problema no ha sido aún
resuelto, y mientras no se logre una resolución, el país estará en permanente estado de
crisis.
Una vez instaurada la República, aún con la vigencia del sistema feudal de tenencia de
tierras (no reconocido por la oficialidad) así como con un paternalismo hacia el indio, se
inició el proceso de modernización del país. La industrialización, aunque incipiente,
promovió un movimiento migratorio de las provincias hacia Lima que se desarrolló con
mayor fuerza a partir de 1940. En las siguientes décadas se efectuaron cambios en la
configuración de la industria en Lima y en el resto del país, pero éstos no tuvieron una
proporción equivalente a la migración ininterrumpida. Es así como en las décadas de los 50
y 60 “surge un nuevo contingente urbano de propietarios, empresarios, obreros, y
subocupados, producto de las migraciones campo-ciudad” (35).
Es en este contexto que ocurrió lo que Matos Mar denomina un “primer desborde,” a través
del cual los campesinos se integraron en forma masiva al movimiento popular en Lima. Esto
generó inestabilidad política en tanto que las clases privilegiadas se sintieron amenazadas y
respondieron con trabas que impidieron el progreso e integración del grupo de migrantes a
la vida en la ciudad. Sobrevino una crisis que debilitó al gobierno democrático.
Tras doce años de régimen militar, impuesto por dos golpes de estado consecutivos, en 1980,
durante las primeras elecciones que se convocaron en ese lapso, el Perú estaba ya en una
peor crisis social y económica. Indica Matos Mar:
La crisis económica provocó una inesperada retracción de los instrumentos del control oficial. El vacío
de legislación y de gobierno, que creció al mismo ritmo del desborde popular, hubo de ser llenado en
forma acelerada por la actividad espontáneamente creadora de las masas. El desborde se convirtió en
inundación. Lima y el Perú comenzaron a revelar un nuevo rostro. (39)
La actividad espontánea de las masas en sí constituyó un desborde de todo lo que hasta ese
momento, aunque de manera tenue, había sido la expectativa del cumplimiento del deber, o
de las reglas del juego de todas las partes envueltas en el proceso de manejo y de progreso
del país. Cada quien, de manera individual o en su pequeño grupo, se dedicó a vigilar lo que
era de su exclusivo provecho, sin que hubiera ningún interés común. El soborno, la
corrupción y el chantaje adquirieron un carácter cotidiano en la vida limeña, en todas las
esferas sociales. Así, “[el sector intermedio] se debate, de modo apremiante, entre la
presión que sufre por absorberlo en condición de clientela del nuevo poder y por la que lo
empuja a buscar estrategias de supervivencia en la coima, la corrupción y la deshonestidad”
(56).
Sin aceptar ser partícipes de ninguno de estos lados, el nuevo “sector intermedio” optó por
una posición que Matos Mar califica de contestataria, y que en la opinión pública se conoció
como informal. Esto implica que se agotaron las posibilidades de lograr estabilidad dentro
de los parámetros formales que ofrecía la oficialidad, y los habitantes de la ciudad debieron
recurrir a su ingenio para crear nuevos paradigmas que, aunque no formaban parte de la
legalidad oficial, les brindaban las posibilidades de supervivencia que no podían encontrar
por otros medios. Surgieron así mercados clandestinos y tráficos ilícitos de todo tipo de
mercancía. Surgieron también negociantes y vendedores informales que generaron un alto
movimiento económico, fuera de todo tipo de control fiscal y legal. “La moral desaparece o
se transforma con el impulso de la crisis económica” (60). En consecuencia, el migrante,
frente al temor de no poder sobrevivir en la ciudad, sentía que sólo tenía dos opciones:
“someterse al sistema legal imperante aceptando la falta de techo o violentar los límites del
sistema establecido. Su origen, así como su situación frente a la estructura social urbana y
los mecanismos existentes en la ‘ciudad legal’ … determinó que decidiera por la segunda
opción, es decir, la invasión de áreas marginales posibles de ser urbanizadas” (75-6).
El crecimiento urbano trajo consigo el deterioro de las condiciones de seguridad en la
ciudad, el que a su vez, acrecentó la corrupción e ineficiencia de las fuerzas policiales. “La
violencia se convierte en un estilo de vida que se termina aceptando resignadamente” (88).
El desborde, pues, no se dio únicamente a nivel demográfico. Se desbordaron también “los
límites impuestos por los códigos, los reglamentos y los procedimientos” (93). La crisis
moral era total:
El rechazo contra el orden que caduca se hace penetrante e invade el campo mismo de la oficialidad:
las empresas más serias evaden los impuestos, grupos de profesionales y técnicos se asocian y operan
en forma extralegal; los vecinos de los barrios residenciales prescinden de la policía y se organizan para
su autodefensa contra la delincuencia; los nuevos cultos encuentran adherentes entre los miembros de
las clases dirigentes; las drogas y la prostitución arrastran a la juventud de las clases medias y altas; las
coimas y las ‘comisiones’ corrompen a los importantes funcionarios, mientras que el terrorismo forma
dirigencia con profesores y estudiantes universitarios. (105-6)
Veinte años después, cuando hace la evaluación de su propuesta de 1984, Matos Mar
concluye que el terrorismo que azotó al Perú en los 80 y durante los primeros años de los 90
impidió que se pudiera realizar el proyecto de formación de una nueva conciencia nacional
que, aunque de manera precaria, tenía posibilidades en los 60 o 70: “De 1980 a 1992 el
Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac
Amaru pusieron en jaque a la sociedad nacional, alteraron el rumbo de su discurrir e
incorporaron la violencia a la actitud contestataria, al iniciar una ‘guerra popular contra el
Estado peruano,’ desnaturalizando y desfigurando el desborde popular” (118).
El terrorismo se originó en las zonas andinas, lo cual acarreó múltiples consecuencias para
todo el país. Una de las más graves fue un fenómeno de doble migración, pues los
habitantes de pueblos de la sierra hicieron un éxodo bastante masivo hacia Lima, y muchos
de los habitantes de la clase media y acomodada de Lima optaron, si cabía en sus
posibilidades, por emigrar a un país extranjero. De este modo, “[e]l desborde popular,
convertido en un huaico de miedo y de terror, continuó” (120).
Durante el resto del tiempo en supuesta democracia, la población de los márgenes creció de
manera notable. Los hijos o nietos de los que habían empezado a emigrar en los 40 ya se
habían establecido en lo que se conoce como los tres Conos de Lima (norte, este, y sur).
Éstos están integrados por urbanizaciones nuevas que, en su mayoría, empezaron como
invasiones de terrenos, y que a través de los años adquirieron status de unidades distritales.
Se les conoce como Conos ya que no pertenecen al sector que hasta mediados del siglo XX
era conocido como la Lima Metropolitana y sus distritos. Curiosamente, son los habitantes
de los Conos quienes, asumiendo la informalidad (y a veces ilegalidad), han sido los más
prósperos de las últimas décadas.
Aunque los de las clases acomodadas han continuado acumulando riqueza, hay un nuevo
grupo de ricos, que son los burócratas, cómplices de la corrupción de los diferentes
gobiernos. Los de la clase media corrieron una suerte muy diferente en tanto que perdieron
la infraestructura que los hacía pertenecientes a la clase media. La condición de clase, sin
embargo, no está únicamente determinada por la situación económica de sus integrantes.
Hay muchos otros factores sociales y culturales que intervienen en la ubicación de alguien
dentro de una clase social específica. Los de la clase media desplazada se hallaron
desubicados en tanto que culturalmente se sentían aún parte de su grupo social, pero su
condición económica los colocaba en un grupo diferente, que sólo podía situarse en una
clase social más baja. Muchos jóvenes de este nuevo grupo social, a diferencia de los de
generaciones anteriores, no podían ingresar al grupo de empleados o comerciantes nuevos.
Aún los pocos que lograron estudios universitarios, al graduarse, se tropezaron con la
realidad del desempleo. Así, la desocupación y la crisis económica causaron que muchos de
estos jóvenes se reunieran en esquinas y formaran pandillas. Los de los Conos, sin embargo,
ya sea con su mercadería informal, ya sea conduciendo un microbús, o de alguna otra
manera, pudieron mantenerse a flote, sobrevivir, y hasta prosperar. Lo señala Matos Mar
cuando afirma lo siguiente: “Tres grandes conos han superado el impacto desastroso de
década y media de violencia, convirtiéndose en lo dinámico y preponderante por su mayor
población y gran peso económico” (132).
Magdalena del Mar, como lo explica el narrador de Al final de la calle, es uno de los barrios
de la clase media donde “sobrevive un buen número de casas estilo tudor, con verandas y
altas rejas de madera, techos inclinados y grandes jardines. Sólo que la mayoría de las
maderas están picadas y descoloridas, los techos parchados con cemento o calamina y las
otrora imponentes mansiones, completamente tugurizadas o herrumbrosas” (49). Así como
las casas se han desgastado, sus habitantes han agotado su resistencia y su tolerancia, y se
han transformado en individuos igualmente parchados, alterados, para quienes nada tiene
arreglo. Ante tal situación, asumen la actitud de que todo vale para sobrevivir, sin que
importe el método.
¿Es todo esto una explicación posible de la conducta de M? Si M fuera el inculpado en un
juicio, ¿sería la teoría de Matos Mar un paliativo para su sentencia? Posiblemente no. Sin
embargo, Matos Mar ofrece una aproximación para que se pueda comprender, sin
necesariamente justificar, la conducta individual de M y la conducta colectiva de sus
compañeros.
La propuesta de Matos Mar nos lleva a comprender y aceptar que muchos jóvenes de la
extinta clase media limeña han sido arrastrados por la vorágine del “desborde.” Al inicio de
este proceso, quisieron asirse de los pocos recursos socialmente permisibles que les
permitieran una supervivencia digna: educación y empleo. Al ver que la sociedad les
negaba estos recursos, y sin querer sucumbir al “desborde” y posterior derrumbe, optaron
por un recurso propio, sin que nada ni nadie interviniera para ayudarlos a sobrevivir ni para
impedir que sobrevivieran. Al verse solos, han incorporado la idea que sólo ellos pueden
hacer algo para su propio provecho, aunque este camino les cueste la pérdida del juicio
moral. Es así que la violencia del país los hace víctimas y ellos, a su vez, se vuelven
victimarios. Éste es un ejemplo del principio tan repetido que la violencia genera violencia.
En el caso particular de M, la novela da varios indicios de su condición de víctima del
sistema. M no reconoce abiertamente esta condición porque hacerlo dejaría evidente su
estado de vulnerabilidad. Todo lo contrario, M actúa como si fuera invencible. No obstante,
esa invulnerabilidad está desfigurada, pues M y sus amigos por lo general eligen víctimas
totalmente vulnerables para sus propios actos de violencia.
Un ejemplo evidente de la victimización de la que es agente M es el intento de violación
colectiva a una joven desconocida, antes mencionado. M y algunos de sus amigos
secuestran a una joven que simplemente camina por una calle:
La visión de ese medio cuerpo desnudo le produjo una erección a M. La piel del pedazo de pierna que
estaba sujetando era tan sedosa, que le costaba hacer fuerza contra ella ... y el conjunto, con el
triángulo del pubis humedecido [por el ron que le habían vaciado] y levantado bajo el vientre liso,
componían un espectáculo de raro pero poderoso efecto. Aunque ya se le había pasado la borrachera,
le pareció que habían elegido muy bien. El Loco Mario, además, resultó de lo más expeditivo a la hora
de subirla al carro: la agarró por detrás de las axilas y se la cargó mientras M le levantaba las piernas.
Los gritos se perdieron en la calle, ante la mirada desentendida de los transeúntes. M vio incluso a uno
que reía cuando la introdujeron en el viejo Peugeot. (164)
Es importante recalcar que M y sus amigos seleccionan a la joven desconocida a quien
atacan entre las muchachas que en ese momento tienen frente a ellos. Este hecho muestra
que las acciones de M son premeditadas en todo sentido. Él y sus amigos observan la calle,
y entre todas las muchachas que ven pasar, eligen a ésta por su aspecto físico. “[A M] le
pareció que habían elegido muy bien” (164) es una frase que revela el regocijo que siente en
su anticipación del acto de violación de una joven atractiva. M nunca ve a la joven como a
una persona. La hace objeto de su deseo de violencia y sexo como dos elementos
inseparables. Esta deshumanización que hace M de su víctima se hace palpable en la
elección de palabras de la voz narrativa, cuyo relato proviene de la perspectiva de M. En vez
de referirse directamente a la muchacha, se refiere a “ese medio cuerpo desnudo.” Por
igual, no hay mención de las partes anatómicas como pertenecientes a la joven víctima del
ataque. Al despersonalizarlas, la narración subraya el carácter de objeto de la víctima. Así,
tenemos “la piel del pedazo de pierna,” “el triángulo del pubis,” “el vientre liso” (164). El
uso de artículos determinados contribuye a que se vea a la joven como separada de su
cuerpo, según lo cual la agresión sería contra un cuerpo y no una persona.
El ejemplo previo invita a pensar que M tiene tendencia a ejercer este tipo de violencia
sexual cuando elige a una víctima desconocida. Sin embargo, M actúa también con
violencia cuando tiene relaciones sexuales con mujeres que conoce. Es como si M sintiera
que la mejor manera de expresar su atracción por una mujer fuera la violencia física, a través
de prácticas sadomasoquistas. Así, en sus frecuentes encuentros sexuales con su amiga
Sandra, “su presencia lo debilitaba y terminaba teniendo ganas de pegarle” (64). Es de
notar que los deseos de agredir físicamente a Sandra le vienen a M cuando él se siente débil
frente a ella. Es como si en su relación con las mujeres M quisiera mantener una imagen de
fuerza que ha perdido en todas las otras esferas de su vida. Sin embargo Sandra, al igual que
M, parece querer ejercitar su fuerza personal, y responde con la misma violencia física que
usa M: “Sandra podía transfigurarse en un ser temible y salvaje en el torbellino del sexo: el
cuerpo de M tenía suficientes huellas de esa desesperación con que se entregaba, entre
rugidos y dentelladas, como un animal ciego y agónico a punto de ser sacrificado” (66). El
fragmento citado le pertenece al narrador omnisciente de tercera persona, pero no hay duda
de que la perspectiva es la de M, presentada a modo de discurso indirecto libre.
Al igual que en el relato sobre la joven desconocida, la referencia a las marcas que tiene M
en el cuerpo lo despersonalizan. Más aún, el sujeto de la frase es “el cuerpo de M” (66), lo
cual disminuye el carácter humano del protagonista. Al final, la deshumanización de los
personajes es general, pues la presentación de Sandra subraya también su carácter bestial.
A pesar de que el relato presenta a Sandra “como un animal ciego y agónico a punto se ser
sacrificado” (66), la imagen que nos podemos formar de ella es más bien opuesta. Sandra
no va a ser sacrificada por nadie. Es más, sus “rugidos y dentelladas” (66) la muestran
como un animal que va a sacrificar a otro. Lo que cabría preguntarse es qué impulsa a M a
necesitar experimentar la vulnerabilidad de Sandra, vulnerabilidad que el texto mismo está
lejos de presentar.
Del mismo modo, se puede considerar a M, junto con sus amigos, desde dos ángulos casi
opuestos. Por un lado, al estar parados en una esquina, exponen del todo su vulnerabilidad.
Por el otro, M y sus amigos actúan como si fueran invulnerables e invencibles. Esta
aparente contradicción enriquece el relato de Oscar Malca, pues juega con los conceptos de
“mostrar” y “contar.” Los narratarios podrán “escuchar” bien un mensaje, en este caso, la
invulnerabilidad de M, pero el relato, con su focalización específica, lleva a los lector a que
“vean” cosas que no están necesariamente dichas, y así lleguen a una conclusión más
completa, que es la condición de M como otra víctima más de la sociedad.
M se reúne con sus amigos en una de las esquinas de Magdalena, no a modo de organizarse
para hacer algo, sino simplemente para matar el tiempo. Es importante notar que M no
forma parte de lo que se considera una pandilla. El psicólogo Federico Tong, en uno de sus
estudios sobre jóvenes pandilleros del Perú, indica que las pandillas “se articulan a través de
dos elementos de identificación territorial” (74-5). La pandilla, pues, tiene una estructura
que se forma a través de una historia grupal. La pandilla es el producto de una fuerte
organización, con reglas tácitas y un sistema de comunicación interno muy definido entre
sus miembros. Al mismo tiempo, apunta Tong, la pandilla tiene fines específicos, que son
tanto individuales para cada miembro como (sobre todo) grupales. Esto quiere decir que la
pandilla reacciona de manera homogénea frente a los acontecimientos que se le presentan,
de manera especial si éstos son percibidos como amenaza. Una de las características más
salientes de una pandilla es que existe absoluta solidaridad entre sus miembros. Esta
solidaridad se revela en la conformidad con las decisiones del líder y en el acato de sus
órdenes o sugerencias. A pesar de que en la mayoría de ocasiones los pandilleros son
grupos de jóvenes que cometen fechorías, es importante recalcar que las pandillas son
grupos organizados que siguen reglas definidas.
Esta sola descripción descarta la idea que M y sus amigos constituyan una pandilla. A pesar
de que se reúnen en el barrio, carecen de organización, no tienen un líder específico, no
siguen reglas que estipulan su comportamiento grupal y, de hecho, les falta un objetivo
propio. Ni M ni sus amigos saben qué van a hacer en el futuro y viven en una total
anarquía. Más aún, no necesariamente hacen cosas juntos en todo momento, a diferencia
de lo que sería la conducta típica de una pandilla. M realiza distintas actividades con
diferentes personas.
M y sus amigos son lo que se puede denominar “esquineros,” jóvenes que se reúnen en una
esquina para simplemente pasar el tiempo, un tiempo que equivale a lo que Romeo
Grompone describe como tiempo muerto:
la contingencia que surge de la precariedad del trabajo penetra más allá del ámbito laboral; introduce
una diferencia entre el tiempo libre y los tiempos muertos. En el tiempo libre se descansa …, la
persona desarrolla sus vínculos amicales y si se produce un desborde en el comportamiento esperado,
las obligaciones rutinarias ayudan a que se vuelva al mismo cauce. Los tiempos muertos están
descontextualizados y en este aislamiento exacerbado puede surgir la agresión hacia sí mimo o hacia
otros. (38)
Hasta cierto punto la esquina representa algo especial para M y sus amigos, tal como lo
describe el narrador: “La esquina, a veces transitado cruce de rutas microbuseras, con su
perspectiva simultánea de cuatro calles que se extendían hacia lugares infinitos, era el sitio
ideal para parapetarse de las propias desgracias personales sin que pareciera que lo estaban
haciendo” (17). Las “desgracias personales” parten básicamente de la falta de dinero,
producto de la imposibilidad que tienen de encontrar trabajo.
La condición de desocupado podría, de manera poco justa, hacer pensar que M es un ocioso
que no quiere trabajar. La novela prueba lo contrario, pues M está dispuesto a aceptar
cualquier trabajo con tal de tener un sueldo aceptable. Una de las vignettes muestra a M en
una cola, junto a muchos jóvenes más que acuden a la posible entrevista que les abrirá la
puerta al mundo favorecido de los trabajadores asalariados. “La cola avanzaba tan
lentamente que a ratos lo asaltaba la idea de largarse y mandar todo a la mierda. Pero no
podía: necesitaba un trabajo, y si bien nadie le aseguraba que le iban a dar ése, por lo menos
debía intentarlo” (25). Es evidente que aquélla no es la primera vez que M se presenta a un
trabajo: “…esa mañana M estaba en una cola. Y en una de las largas” (25). M, sobre la
base de su experiencia, sabe discriminar los diferentes tipos de colas de personas que
conservan la mínima e ilusoria esperanza de conseguir empleo.
Es sumamente curioso que este grupo de jóvenes, a pesar de estar compitiendo entre ellos,
establezcan una suerte de extraña solidaridad. A fin de que los empleados y vigilantes de la
empresa dispongan de un tiempo para su refrigerio, las entrevistas se suspenden durante
dos horas. Todos los de la cola saben que no deben abandonar su puesto, pues en cualquier
momento pueden comenzar a llamarlos según el número que le han entregado a cada uno.
Sin embargo, “alguien habló de comprar un trago y pronto se organizó una colecta” (27).
Luego “el licor fue compartido indistintamente entre los que dieron y los que no dieron
plata” (27). La solidaridad es palpable, pero también lo es la desidia y el abandono que ésta
implica, pues consumir alcohol sin haber comido nada menguará la habilidad de muchos de
los que pasen a una entrevista. Es como si todos se estuvieran boicoteando a sí mismos y a
la vez entre ellos.
Lo que este acto prueba es que la esperanza de conseguir trabajo es, en efecto, ilusoria.
Estos jóvenes, y M entre ellos, mantienen el hábito de presentarse a entrevistas, aunque
saben que éstas no conducirán a nada concreto. Al fin, la desesperanza y el abandono de M
están expresados en las últimas palabras de la vignette: “Cuando reparó [en que estaba
estrujando la tarjeta con su número], abrió la mano con alarma y vio que felizmente el
cartoncito no se había deteriorado. El número se seguía distinguiendo; aunque ya no
recordaba para qué se lo habían dado” (28).
La reacción frente a esta desesperanza no puede ser otra que frustración para M, y para sus
amigos, si especulamos que pasan o han pasado por lo mismo. La frustración los ha llevado
al consumo del alcohol y de drogas, lo que genera el círculo vicioso de necesitar dinero para
adquirir alcohol y drogas. Estos esquineros se las ingenian para tener trabajos eventuales, o
para robar o estafar a alguien para conseguir cierto dinero. Su presencia en la esquina no
decide el modo en que se procurarán este dinero. Para esto, cada cual se las arregla de
manera personal. El objetivo de pararse en la esquina es, pues, de defensa o de protección
personal, a modo de reprimir sus sentimientos de frustración o desasosiego. El pretendido
olvido de su propia situación es el último recurso de supervivencia, e implica la resignación
total, la aceptación de que no hay nada que se pueda hacer para cambiar la situación.
Lo que Al final de la calle propone es que, como indica Matos Mar, ya no hay espacio para
los jóvenes de la antes considerada clase media. Oscar Malca crea personajes que encarnan
la desaparición de este grupo de la población. La pérdida de identidad como grupo social, y
por lo tanto la pérdida de su identidad individual, se ven representadas en cómo se llaman
los jóvenes esquineros que acompañan a M. Ninguno de ellos tiene un nombre reconocible
como tal en el código del español. La pérdida de sus nombres convencionales y la
asimilación de sus apodos como sus nombres propios (Ato, Bore, Caníbal, Coyote, Gordo,
Largo, Mañuco, Pacho, Patillo, y claro, M) sugieren que ellos también están en un proceso
de extinción, no ya como grupo social sino como individuos.
Estos jóvenes, antes considerados de la clase media, ahora constituyen un grupo
desterritorializado que, como tal, carece de rumbo y objetivo. A pesar de que se reúnen en
una esquina, no la reclaman como su territorio. Es como si la voluntad se les hubiera
atrofiado y ya no tuvieran energía para reclamar nada de nadie. Sólo ellos mismos podrán
facilitarse lo que necesiten, sin que haya intervención de otros.
De este modo, es a través del delito, la corrupción y la violencia que M y sus amigos
reconstruyen su identidad perdida. Así como la violencia de M tiene como reacción la
violencia física de Sandra, hay en la novela ejemplos de una indirecta inversión de papeles en
cuanto a la perpetración de una conducta violenta. A pesar de que no hay personajes
infantiles cuya historia podemos seguir, hay episodios en los que participan algunos niños.
En una ocasión, M y un amigo se dirigen a la casa de un proveedor de droga para comprar
lo que necesitan para su consumo personal. A pesar de que en el fondo no les importa nada
la manera en que este hombre trata a su hija de ocho años, se sorprenden cuando éste la
llama y exclama “los señores son tus tíos, Rosy. Ésta es la engreída de la casa” (78). Esto,
sin embargo, lo dice “mientras rebuscaba en el calzón de la niña con la mano libre” (78)
para extraer la droga que va a venderles. Esconder droga en la ropa interior de la niña es un
caso explícito de abuso de una menor. No hay un acto de violencia física, pero el abuso
consiste en no sólo exponer a la niña a un acto ilegal, sino en hacerla cómplice involuntaria
de éste. Desde luego, y es el peor acto de abuso entre todos, existe el componente sexual
inapropiado de rebuscarle la ropa interior. Este episodio revela un caso de abuso contra una
menor en el que la víctima, Rosy, aún es demasiado pequeña e inocente para reaccionar de
ninguna manera. Nada en el universo presentado en la novela sugiere que Rosy tenga un
futuro prometedor. Más bien, es de esperar que ella también ingrese en la rueda de abuso y
violencia de la que ahora es víctima.
Sin embargo, hay ejemplos en la novela que muestran que los niños pueden ser también
agentes de violencia o abuso, lo cual sólo hace pensar en el círculo vicioso al que está
sometida la niñez peruana, pues es muy raro pensar en un grupo de niños violentos sin que
éstos hayan sido objetos de violencia. En cierta situación, por ejemplo, M y una amiga están
sentados en un parque bebiendo cerveza y consumiendo coca, cuando “M volteó y se
sobresaltó al reconocer, a pocos metros de él, a media docena de los niños que jugaban
hacía un rato, acercándose con las sonrisas torcidas – inconfundible síntoma de haber
inhalado Terokal – y algunos cuchillos y piedras en la mano” (124). Los niños atacan a los
dos jóvenes con la intención de robarles dinero. Es obvio que estos niños no tienen a adultos
que los supervisen y que, sobre todo, se preocupen por ellos. Ante tal situación, los niños
han asumido la misma actitud que M y sus amigos asumen: cada cual vela por lo suyo sin
que importe cómo. Los niños inhalan Terokal a modo de, a través de sus efectos, olvidar su
penuria diaria. Esta adicción, además de su situación general, los hace ingresar en un
círculo de violencia a ellos también. El relato nos indica que es posible suponer que el abuso
de los niños va a generar una cadena en la que los niños, a su vez, intentarán abusar, quizá
con violencia, de cualquier miembro de su comunidad que sea un posible blanco de su
intento de robo o de su ataque físico.
Además, en el contexto de las experiencias de M, todo ocurre en medio de la violencia que
genera la actividad terrorista en el Perú. Uno de los varios ejemplos de acciones
interrumpidas por un atentado terrorista es un episodio en el que M está con amigos en una
discoteca de Lima. Todos se están divirtiendo, entre baile, consumo de alcohol y droga,
“hasta que sonó un tremendo estallido” (94). Cunde el pánico, y los asistentes salen
momentáneamente fuera de la discoteca. Cuando están todos afuera, M encuentra, frente a
frente, a un joven armado, con facciones andinas, que está herido. Ante la ausencia de
personas de origen andino en ese barrio de Lima, y ante el miedo que observa en este joven,
M concluye que se trata de uno de los terroristas que ejecuta el atentado. M simplemente
sigue su camino. Como si nada hubiera ocurrido, todos vuelven a la discoteca y continúan
divirtiéndose. Poco después, “a M le pareció oír otra detonación, pero a diferencia del resto
de danzantes y bebedores, comprendió, levemente sobresaltado, que no pertenecía al tema
que reventaba de los amplificadores” (97). M reacciona con cinismo: “La recompensa –
recordó en silencio – cómo no pensé en la recompensa por los terrucos, carajo. Sacudió la
cabeza y se concentró en la música, cortada por el ruido que producía el chorro de la botella
de vodka que Pacho le estaba sirviendo” (97).
El episodio citado representa dos aspectos muy notables de la vivencia general de los
habitantes de Lima durante los 80 y primeros años de los 90: la violencia, muchas veces
rampante y cuando no, latente, así como el cinismo frente a ella. En primer lugar, cualquier
actividad podía ser interrumpida por un atentado terrorista. La violencia pasó a ser parte de
la vida diaria. Como sostiene Jo-Marie Burt al referirse a la situación de Lima en los dos
años anteriores a la publicación de Al final de la calle, “in late 1991 and the first half of 1992,
Lima was a city under siege. Successive Shining Path offensives rocked the capital during
this period, and the scope and intensity of Shining Path’s military operations increased
dramatically” (269). Es inevitable reaccionar con pánico al encontrarse en una ciudad
sitiada. El cinismo, sin embargo, es un mecanismo que puede atenuar el sentimiento de
miedo incontrolable. En efecto, como lo propone Carlos Basombrío, “Peruvians have
become more cynical and pragmatic about public affairs and politics, and about our own
participation in them” (442). El cinismo al que se refiere Basombrío es el producto de un
proceso por el cual se acumulan experiencias de terror público que invaden la esfera
privada, así como es también el producto de las continuas percepciones con respecto a la
conducta de las autoridades, quienes en vez de dedicarse a la protección de los valores de la
sociedad y del individuo, se aplican más bien en mantener su imagen a toda costa, y en no
involucrarse en nada que les sepa peligroso. El cinismo es promovido a todo nivel.
En su estudio sobre el juicio moral de la juventud peruana, Gonzalo Portocarrero concluye
que el cinismo es una posición de enunciación muy vigente en los jóvenes de ciudades del
Perú, especialmente aquellos de grupos de situación económica reducida o de grupos
marginales. Portocarrero basa su análisis en el estudio de diez grupos focales,
representativos de diferentes grupos sociales, en tres ciudades del Perú. “El propósito era
básicamente reconstruir en qué medida los jóvenes justifican las transgresiones a la moral
dominante o pública, y, desde luego, conocer las razones que fundamentan sus juicios” (29).
Portocarrero concluye que es posible distinguir “tres perspectivas desde donde se elaboran
los juicios morales” (30), cada una de las cuales se manifiesta en una posición de
enunciación diferente. La primera es la que llama “moralista” y, como su nombre lo
sugiere, indica la perspectiva de aquellos que se aferran a las normas de modo rígido. “Las
normas se ‘aplican’ de manera que las conductas se justifican cuando se corresponden a
esas normas, y no se justifican cuando las transgreden. En este marco, la única reflexión
que cabe es la que vincula una conducta con la norma que la (des)autoriza” (30).
La segunda posición de enunciación es la “contestataria,” que implica que “la vigencia de
las normas puede ser ‘contestada’ o ‘relativizada’ en función de la particularidad de una
constelación de hechos” (31). La tercera posición de enunciación es la que Portocarrero
denomina “cínica,” en la cual “la ley no suscita ningún sentimiento de obligación, de
manera que se justifica como bueno todo lo que conviene a fines personales, todo lo que
incrementa el goce propio” (31). En su descripción del cínico, Portocarrero observa que éste
“está (parcialmente) deshumanizado o maquinizado. Sometido al imperativo del goce, ha
renunciado a (casi toda) su libertad y a los vínculos del amor” (55).
Portocarrero propone que “tanto la posición moralista como la cínica implican una
abdicación de la condición de ‘sujeto,’ de persona responsable capaz de dar cuenta de sí”
(31). En el primer caso, el individuo actúa como un robot, y en el segundo carece de la
mínima empatía, convirtiéndose, en la práctica, en un canalla. En ninguno de los dos casos
el sujeto es alguien que actúa después de deliberar y discriminar. Es interesante que la
enunciación moralista se encuentre presente en todos los grupos focales. La contestataria
“aparece sólo en los grupos compuestos por jóvenes de la clase media. La tercera, la cínica,
surge en grupos de jóvenes marginales” (36).
Tal como Matos Mar se remonta a la época de la Conquista en Desborde Popular,
Portocarrero propone que “en el medio peruano, la sociogénesis del cinismo remite a una
serie de factores de hondas raíces históricas” (56). Señala que a lo largo de su historia, el
Perú ha acumulado hechos de impunidad y de ausencia de sanción. “Es decir, la
transgresión no es castigada, pues las instancias judiciales suelen ser corruptas y
arbitrarias” (56). Frente a esta inexistencia de valores éticos y de un sentido desarrollado de
lo que es responsabilidad cívica y social, el cinismo parece ser la reacción más viable.
Portocarrero ofrece el análisis de una frase que escuchó durante sus entrevistas con los
grupos focales y que califica de “aterradora.” Según él, esta frase “condensa muy bien la
posición cínica” (56): ‘Si no te pasas de conchudo, te matan por cojudo.’ Palabras típicas de
la jerga peruana, revelan una actitud bastante arraigada en el país. ‘Conchudo’ es aquel que
tiene ‘concha,’ vocablo que Portocarrero define como “el desparpajo, la insensibilidad frente
a la ley y la opinión de la mayoría. ... [El conchudo] carece de vergüenza” (57). El ‘cojudo,’
por otro lado, “es el tonto, el que se deja, la persona que puede ser burlada impunemente”
(57). Oscar Malca hace eco de esta actitud al indicar que “en Lima quienes son – espiritual
o físicamente – débiles, no sobreviven” (10). Como él mismo explica, o se es de “la raza de
los tiburones” o uno es “atrapado por sus fauces insaciables” (10). Así, para poder ser un
tiburón habría de ser “conchudo” y si alguien termina en las fauces de un tiburón, debe ser
“cojudo.” La conducta social se reduce a dos extremos, en los cuales o se abusa o se es
abusado. La preferencia lógica de cualquiera, naturalmente, es la de no ser objeto de
abuso. Esto parecería significar que la única salida es abusar de los demás.
En este tipo de sociedad, entonces, la expectativa es que, ya sea como agentes, o como
cómplices silenciosos, todos van a transgredir la ley. Se trata, en otras palabras, de una
sociedad de cómplices cuyo comportamiento “está autorizado por un pacto implícito que
establece que la necesidad justifica la transgresión de la ley” (77). En este contexto hay dos
posibles desenlaces:
el primero es la explosión violenta y enardecida de los afectados, la venganza por mano propia. En el
segundo, el odio se acumula como resentimiento y distancia, violencia que se empoza hasta que
irrumpe en salvajismo. En cualquier forma, el desprestigio de la ley y la autoridad hacen proliferar el
desorden y la ingobernabilidad. La sociedad es incapaz de autogobernarse. (78)
Es cuando una sociedad llega a la incapacidad del autogobierno cuando resurge con nuevos
bríos la cultura de la corrupción. En ella, la expectativa implícita es que todos actúen
corruptamente. Por lo tanto, todos son corruptos y a la vez corrompen a los demás, desde el
individuo anónimo hasta la persona que ocupe el cargo más alto del país. Se hace vigente el
rechazo a ser “cojudo,” y ser “conchudo” equivale a ser corrupto.
¿Qué le sucede a una sociedad que ha alcanzado niveles tan altos de tan intensa
corrupción? Saúl Peña, en su estudio sobre la corrupción en el Perú, subraya el grado en
que los manejos corruptos, en especial durante los gobiernos consecutivos de Alberto
Fujimori, “han marcado significativamente la realidad psíquica de la mayoría de peruanos”
(11).
Como informa la Psicología, son las figuras paternas o sus sustitutas las que tienen el papel
más importante en la formación del individuo. Asimismo, en la formación y preservación de
un país independiente, existen figuras paternas paradigmáticas que dejan una impresión en
la comunidad. Esta impresión a su vez define su comportamiento ético a partir de esta
impresión.
Saúl Peña recalca que el régimen de Fujimori fue corrupto. Hubo prebendas que
favorecieron a algunos empresarios, a las cúpulas militares (que estaban bajo el control y
dominio de Vladimiro Montesinos, el entonces Jefe del Servicio de Inteligencia), y a los
narcotraficantes, “elementos ante los cuales el gobierno de Fujimori asumió una actitud
doble” (67). La doblez con respecto a los narcotraficantes no es el único ejemplo de actitud
corrupta asumida por el gobierno. Instituciones gubernamentales y representantes oficiales
también actuaron con doblez con el fin de aumentar su riqueza personal.
La mentira requiere de la complicidad para obtener la condición de permanencia. El legado
de las últimas décadas del Siglo XX en el Perú, pues, no es sólo la violencia urbana y la
corrupción, sino la paulatina toma de conciencia de la complicidad asumida, con su
consiguiente sentimiento colectivo de culpa. La culpa es, sin duda, un arma de doble filo.
Puede bien traer consigo mayor violencia, como también puede provocar un fuerte propósito
de rectificación. A corto plazo, la primera salida es quizá la más fácil. La segunda requiere
de un compromiso de la población, a todo nivel, de restablecer el orden y, sobre todo, la
confianza entre las personas, la cual se origina en la confianza en uno mismo.
Un asomo de un propósito de rectificación fue la propuesta que surgió a principios del Siglo
XXI para el establecimiento de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, cuyo propósito
fue, como lo explica su presidente, Salomón Lerner, “hacer pública la verdad sobre los veinte
años de violencia de origen político iniciados en el Perú de 1980” (13). Conviene detenerse
para reflexionar en el significado de la tarea de esta comisión. Proponer que exista una
Comisión de la Verdad en un país equivale, por un lado, a oficializar el pasado de mentira.
Sobre la base de un pasado que no dijo la verdad, ¿es posible presumir que lo que se diga en
el presente sea veraz? Por otro lado, oficializar la mentira del pasado es declarar que la
mentira no debe ser impune. Es un llamado de atención y una suerte de invitación a que la
población peruana asuma con sinceridad su propósito de enmienda.
Después de dos años de arduo trabajo, en agosto de 2003, la Comisión expuso sus
descubrimientos y destapó las mentiras que, no sin complicidad, escuchó el pueblo peruano
año tras año. Al enterarse del resultado del trabajo de la Comisión, el pueblo no reaccionó
con sorpresa, pues la expectativa había sido, como lo he señalado de diversas maneras, que
la verdad fuera continuamente tergiversada u oculta.
El trabajo de la Comisión de la Verdad representa, hasta cierto punto, un atisbo de
esperanza en que, aunque los pasos andados no se puedan desandar, los nuevos sean
firmemente puestos en la tierra, con rumbos rectos y, sobre todo, éticos. Sin embargo,
¿tienen jóvenes como M y sus amigos esquineros bases para creer en la sinceridad oficial, y
por lo tanto, en la de las demás? ¿Ha cambiado su rutina de alguna manera? Es un hecho
que si la situación diaria no cambia para estos jóvenes, ellos harán caso omiso del trabajo de
cualquier comisión que investigue cualquier situación del Perú. Haber descubierto la
verdad, pues, no garantiza ningún cambio si no se emprende una lucha por reparar la
situación.
Entretanto, ¿haber descubierto la verdad implica que la sociedad vive sin miedo? Las
noticias diarias en los periódicos y noticieros televisivos de Lima sugieren lo contrario. Con
respecto al miedo, Carlos Reyna, en 1996, señaló lo siguiente:
cada época tiene sus propios miedos. Hace poquísimos años Lima temía a los senderistas. El año 91 el
miedo tuvo que ver con un problema de salud pública, una epidemia [de cólera]. La Lima liberal de
la segunda mitad de los 90 le teme sobre todo a la delincuencia, a lo que en esferas relativamente
especializadas se denomina también inseguridad ciudadana o violencia urbana. (59)
Una década después los índices de delincuencia en Lima no son necesariamente más
alentadores. Un comentario de Carlos Reyna puede dar la explicación de esta situación: “Es
cierto que hay algo de mecanismo en establecer una asociación entre ciclos económicos,
pero en el caso peruano las coincidencias son bastante marcadas. Las fases de recesión
coinciden con el aumento de los delitos. Por ello es verosímil la relación entre mayor
desempleo y mayor delito” (59).
Retornando a la novela de Oscar Malca, el futuro de M y sus amigos es bastante incierto. Si
seguimos lo que sugiere Reyna con respecto al miedo de los limeños durante los 90, Lima
teme a gente como M y sus amigos y a lo que ellos representan. ¿Significa esto que M, al
asumir parte activa en la violencia urbana, no siente miedo? La novela parece indicar lo
contrario. Los temores de M, sin embargo, se centran de manera particular en lo que le
ocurrirá a él. Sabe que, a pesar de incurrir en actividades delictivas puede ser también
objeto de la delincuencia generalizada en Lima. Asimismo, M es, como todos, posible
blanco de un ataque terrorista. Cuando lo experimenta, reacciona “ligeramente
sobresaltado” (97). A pesar de que sea “ligeramente,” M revela su miedo, en especial frente
a la amenaza de que lo atrapen en flagrante acto delictivo. Esto se expresa tanto al inicio
como al final de la novela.
En una de las primeras escenas presentadas en la novela, M camina hacia una esquina
cuando divisa “una camioneta de la PIP [Policía de Investigaciones del Perú] mal
estacionada y toda la collera [de amigos] con las manos en la masa” (8). M se oculta tras
unos arbustos porque se sabe que si da cara, correrá igual suerte que sus amigos. Acto
seguido, después que todos han desaparecido, M procede a recoger la droga que
aparentemente sus amigos tiraron al suelo para no ser castigados o extorsionados por los
policías.
Aquí M asume la actitud cínica que describe Gonzalo Portocarrero. No es que no sepa que
procede fuera de la ley al poseer la droga. Porque lo sabe es que se oculta, pero a M no le
importa la ley. Su principal temor es que lo atrapen. De igual manera, cuando la novela
llega a su fin, M está en la encrucijada de participar o no en el transporte de drogas hasta el
aeropuerto de Miami. Su amigo Coyote tiene un contacto que les ofrece los boletos aéreos,
el costo del trámite para obtener una visa falsa para entrar a los Estados Unidos, además de
veinte mil dólares a cambio de que transporten la droga.
La razón por la que Coyote alega que deben aceptar la propuesta es que si no lo hacen su
vida continuará igual:
La cosa es tener huevos y dejarse de cojudeces. Plata es plata y a nosotros, que nos gustan nuestros
vacilones y la buena vida, no nos va a llegar hasta que estemos viejos y destruidos de tanto trabajar en
lugares infectos. ¿Cuándo te convencerás ... de que en el Perú no se hace plata si no es metiendo
cabeza en el momento preciso? No soy ningún delincuente, pero tampoco le corro si por una vez me
va a ligar algo bueno ... Yo tampoco tengo problemas morales, huevón, lo que no quiero es que me
agarren y que éste, mi único culo, vaya a dar a una celda de Lurigancho, ¿entiendes? (185)
Es muy interesante que Coyote no se identifique como delincuente. Es de suponer que M
tampoco lo hace. A pesar de esto, ambos saben que estarían cometiendo un delito, pero
consideran que es casi un deber procurarse oportunidades para su bienestar, sin que
importe cómo. La filosofía cínica del “todo vale” asume un rol protagónico.
El intercambio verbal entre Coyote y M me remite a la pregunta que me planteé casi al
inicio de mi reflexión sobre Al final de la calle. ¿Es M un psicópata? Sin emitir un
diagnóstico, podemos decir que si aceptamos que M y sus amigos son psicópatas, tenemos
que concluir que la psicopatía ha invadido a un gran grupo de la juventud limeña. Es
ciertamente más cómodo para el público explicarse las atrocidades de ciertos crímenes o
delitos como el producto de las acciones de un perturbado mental. Esta posición contribuye
a que, de muchas maneras, se perciba al delincuente como un caso totalmente individual.
¿Qué sucede, sin embargo, cuando aceptamos que hay responsabilidad colectiva?
Una posible lectura de Al final de la calle es la de sostener que la sociedad tiene una
responsabilidad colectiva de la conducta de M y amigos. Sin embargo, tanto el relato
periodístico de crímenes o delitos que ocurren en la vida real, como aquellos narrados en
obras de ficción, hasta cierto punto proponen un mundo dividido, donde el crimen ocurre en
la zona de la desviación y la perversión, que no es donde está ubicado el “nosotros” sino
donde está el “otro.” Así, otra de las lecturas posibles de la novela promueve la división
dicotómica del “nosotros” moralista o contestatario frente al “otro” cínico y delincuente. A
pesar de la complicidad de la sociedad, M es visto como “el otro” despreciable, vil y sin
remedio.
¿Es que M no tiene remedio? Lo probable es que no lo tenga mientras se mantenga la
percepción dicotómica que acabo de describir. Volviendo a otra pregunta que me planteé,
¿pertenece M a la raza de los tiburones, o es atrapado por sus fauces insaciables? Mi
respuesta es, “ambos.” M es atrapado por las fauces insaciables de la corrupción, la
violencia, la mentira, la frustrada meta del bienestar económico, el desempleo. La manera
que M encuentra de escapar, aunque provisoriamente, de tales fauces insaciables es la de
sacar las suyas propias, y arremeter – como un tiburón – con lo que encuentre para calmar
su hambre de todo, que es igualmente insaciable.
El fin de la novela es un tanto ambiguo. Aunque las últimas palabras parecen sugerir que M
transportará la droga a Miami, esto queda a nivel de connotación. Lo que es evidente es que
“no sólo era el miedo lo que lo paralizaba” (188) cuando Coyote lo presiona a que responda
si se le unirá en el camino a los Estados Unidos. M siente que está en un dilema, lo cual
sugiere que mantiene cierto juicio sobre lo que se debe y no se debe hacer. Sin embargo, M
“[a]largó lentamente el brazo hasta el bate encendido que le tendía Coyote y, al estirársele
la casaca, se le cayó el diario y uno de sus arrugados currículums del bolsillo. Pero aunque
ninguno de los dos papeles produjo mayor sonido al caer, a M le pareció que la casaca se le
había alivianado considerablemente” (188). Esta acción puede representar que M, al pensar
en sus infructuosas búsquedas de trabajo, al final acepta, sin aún enunciarlo, que irá con
Coyote. Es la única manera en que puede “alivianar” su situación, así como se le aliviana la
casaca que lleva. Esto, insisto, es puramente interpretativo. No hay ninguna palabra que
afirme que M llevará la droga a Miami. La ambigüedad con que termina la novela, a nivel
representativo, acentúa la ambigüedad con respecto al futuro del Perú. El país está
caracterizado como un país también sin rumbo, donde si hay reglas que se deban seguir,
hay muchos que no las siguen, y no hay quienes vigilen que las sigan. En otras palabras, no
existe una fuerza policial ni judicial que seriamente se dedique a velar por el orden y la paz,
pues los integrantes de este grupo son parte constituyente de la falta de dirección y la
ausencia de base moral del país.
Al final de la calle es, sin duda, un ejemplo adecuado de la narrativa urbana limeña tan
productiva desde los 90 y que representa el discurso de violencia que según Víctor Vich, aún
se fomenta en el Perú: “la violencia [se entiende] no sólo como una práctica armada sino
también como un tipo de discurso dentro de largas tradiciones textuales – léase ideológicas
– que todavía se construyen y fomentan en el Perú de muchas maneras” (76).
Oscar Malca, con sus personajes, representa a los jóvenes que viven la consecuencia del
“desborde popular” que explica José Matos Mar y que adoptan la posición de enunciación
cínica que describe Gonzalo Portocarrero. Al final de la calle invita a que se comprenda
mejor el fenómeno de la delincuencia juvenil en la ciudad de Lima como otra de las
manifestaciones de la sociedad devastada peruana.
En este sentido, Al final de la calle invita también a que sus lectores no sólo se pregunten
qué tipo de sociedad está representada en la novela, sino sobre todo, qué tipo de sociedad es
la peruana que puede originar este texto. Después de su lectura, los lectores quizá
articulen, cuando piensen en el Perú, ya no “Machu Picchu” y ni siquiera “terrorismo,” sino
más bien la palabra “malestar” como la que se asocia más con la sociedad peruana, tal
como sugiere Grompone:
Quizá la palabra que acude primero para pensar en el Perú de estos días es la de malestar, un malestar
generalizado de las personas con la política, con el trabajo, con las instituciones, con las exigencias a
las que nos somete la vida cotidiana, con lo que tenemos y con lo que nos espera. El malestar sigue
nuestros recorridos, pero es incapaz de detenerse en ningún campo de lo que vamos observando y
termina, al fin, por atraparnos, ya que desemboca en un sentimiento asociado a lo que atisbamos y no
queremos o no podemos entender. (24-5)
Al final de la calle capta el malestar de los limeños, y en especial el de los jóvenes de una
extinta clase media. Una de las manifestaciones más ostensibles de este malestar es lo que
describe Grompone cuando refiere que “un grupo significativo de personas en nuestra
sociedad siente que no está en condiciones de ordenar sus trayectorias de vida a lo largo de
un período más o menos extendido” (26). Así como los jóvenes de la novela están “al final
de la calle,” sin poder percibir un camino alternativo, la mayoría de limeños sienten que
están al final de su trayecto, sin poder encontrar una vía que los libere de la presión que
Lima ejerce sobre ellos.
Obras Citadas
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Carmen Tisnado, Franklin & Marshall College
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Al final de la calle: Lima, ciudad de M
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