Gisela Salas-Carrillo is a Ph. D. candidate at the University of Colorado at Boulder. Her area of specialization is the Southern Cone 19th-Century novel and their relation to politics and the social sphere.
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How to cite this review: Salas Carrillo, Gisella. "Lelia Area. Una biblioteca para leer la nación. Lecturas de la figura de Juan Manuel de Rosas. Rosario: Beatriz Viterbo, 2006". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 15/12/08 (http://www.dissidences/ 4ReviewSalasArea.html)
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"La analogía entre la subjetividad y la nación parece estar relacionada también con que la escritura —en la mayoría de los autores de la biblioteca— era también una pesquisa por su propia identidad. En efecto, todos estos autores hablan de sí mismos en sus textos. Dentro de ellos, su yo-textual es un sujeto puesto en crisis por la presencia del pater Rosas y la escritura se desarrolla como una manera de enfrentar y dar solución a la crisis. "
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Lelia Area Una biblioteca para leer la nación Lecturas de la figura de Juan Manuel de Rosas Rosario: Beatriz Viterbo, 2006
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Además de su incuestionable relevancia histórica, Juan Manuel de Rosas es una figura de
importancia simbólica dentro de la literatura argentina. De ahí que David Viñas afirme en
Literatura argentina y realidad política que “[…] la literatura argentina comienza con
Rosas” (4). Más precisamente, nace de la relación entre la figura de Rosas y la Generación
del 37, para la que el dictador fue el evento que la enfrentó al dilema de la integración o la
marginación. En sus libros, los miembros de la generación reflexionaron sobre la nación
argentina y la imaginaron en oposición a lo que ella parecía desde la representatividad del
dictador, es decir, en alteridad con Rosas.
Viñas reconoce en el esfuerzo de la Joven Generación un gesto fundacional que justifica
plenamente su premisa sobre el origen de la literatura argentina. En efecto, esos
intelectuales escribieron con la autoridad autoimpuesta de ser los llamados a redirigir el
proyecto nacional hacia el sendero previsto por los hombres de Mayo. Su justificación se
sustentaba en una doble condición. Por un lado, eran la primera generación después de la
Revolución de Mayo y tenían plena conciencia de que con ellos comenzaba la historia
argentina. Por otro, eran letrados cuya posición en la Historia les daba una mejor
perspectiva que a los hombres de la Independencia para pensar la Argentina.
El trabajo de Lelia Area parte del de Viñas. El propósito de su libro es determinar los
paradigmas bajo los que se conformó la biblioteca facciosa —caracterizada por ella como un
canon resentido y rencoroso— fundante de una literatura de nación. Dentro de ella, Area se
concentra en tres autores, a saber, Domingo Faustino Sarmiento (Facundo), Juana Manso
de Noronha (Los misterios del Plata) y José Mármol (Amalia), cuyas obras fueron los
principales espacios de escritura negativa sobre Rosas. Más precisamente, le interesa
analizar la manera como cada uno representa “los modos de leer el corpus literario/cuerpo
político” de Rosas y estudiar cómo esas lecturas atraviesan y organizan la biblioteca como
facción (17).
Dado que, para los del 37, Rosas era la reafirmación de un orden que no había sido
erradicado, la Argentina rosista fue, sobre todo, la imagen de una página en blanco que ellos
debían llenar con su discurso (39). Según explica Area, para los jóvenes de la Generación del
37, esta concepción del país como tabula rasa se justificaba en el hecho de que la
independencia en 1810 había sido únicamente política y no un cambio radical respecto de la
colonia. Ellos buscaban, entonces, completar el proceso llevando a cabo una verdadera
independencia cultural (72). De ahí que la excepcionalidad del proyecto y construcción de la
nación argentina haya consistido en la encarnación en el cuerpo de la nación de lo que
comenzó por ser un proyecto formulado en los escritos de algunos argentinos cuya única
arma política era su superior clarividencia, a decir de Tulio Halperín Donghi.
Area continúa y señala que el proyecto nacional en la Argentina decimonónica estuvo
identificado plenamente con alguna de las facciones. Desde el bando rosista, por ejemplo,
uno de los mejores trucos del dictador fue fusionar el discurso institucionalizado del Estado y
el de la nación con el de su partido. Para sus opositores, en cambio, la patria era la patria
liberal, es decir, Buenos Aires. En esos discursos, Area confirma que el único denominador
común en esas lecturas de la patria es Rosas. Por eso, hasta la batalla de Caseros en 1852, si
se escribía sobre la nación, se hacía pasando por Rosas. Para Area es claro que “[...] existió,
entonces, un modo de narrar al que podríamos denominar Rosas —con mayúscula— el que
desató una verborragia discursiva mientras novelizaba la escritura político-literaria del siglo
XIX en Argentina” (54, énfasis en el libro). Por tanto, su estudio se concentra en ese otro
terreno de batalla subversiva contra el régimen rosista, a saber, el del discurso.
Area sostiene que “Rosas se instaló en el imaginario nacional desde la perspectiva de un
pater familiae, poderoso estanciero de Buenos Aires y hábil político […]” (19). Dice,
además, que esa manera de representarlo superponía la figura pública de Rosas y su
imaginación dentro del espacio doméstico. Lo que, dentro del contexto de este corpus
faccioso, explica que la analogía y la alegoría hayan sido estrategias muy recurridas y que la
representación del dictador — tanto de parte de seguidores como de opositores — alternara
indistintamente entre pater familiae y pater patria. Por esa razón, describir sus manejos
del Estado apelando a un saber adquirido en el campo fue un lugar común entre quienes se
ocupaban de ello para apoyarlo o, por el contrario, para atacarlo.
Otro recurso retórico frecuente fue el de la oposición. Desde el bando opositor a Rosas, la
“canonización de lo antagónico” (82) provenía de la impronta dogmática de la Joven
Generación pautada por su figura fundacional y más prominente: Esteban Echeverría. En
sus reflexiones sobre la realidad nacional, a Echeverría le concernía el pasado y el porvenir.
En esa clamorosa omisión del tiempo presente, Area descubre la base del tema y del
proyecto echeverriano y de toda la Generación del 37, a saber, la certeza de que la Argentina
existe en el porvenir del país. Por eso, el desierto y la regeneración son motivos frecuentes
en el discurso echeverriano (73). Justamente, La cautiva y El matadero, sus dos obras
más importantes, son las que modelaron la manera de leer de la biblioteca facciosa (82).
La cautiva refleja la Argentina tal y como es vista por Echeverría y su grupo. A partir de ese
poema se hace del desierto el tema de la Generación y, en ese mismo gesto, se señala a la
patria utópica como un problema político (76). En El matadero, por el contrario, se narra
“[...] una contra-utopía en la historia de un cuerpo expuesto, amenazado, violentado” (78).
Asimismo, la espectacularidad de sus escenas es otro de los elementos cruciales en la
retórica facciosa. Sin embargo, dado que El matadero solo vio luz casi veinte años después
de Caseros, se diría, más bien, que se trata de un texto que confirma una retórica y un tono
generacional para representar a Rosas. De hecho, en los años del combate antirrosista, no
es la ficción el espacio retórico privilegiado para tratar ese tema. Así lo confirma Juan María
Gutiérrez, otro miembro prominente de la Generación del 37. Cuando Gutiérrez publicó ese
texto de Echeverría en el número 4 de la Revista del Río de la Plata en 1871, lo hizo junto con
una “Advertencia”, un texto apologético de su autor en el que intentaba explicar la
naturaleza de ese texto. En efecto, su valoración como pieza fundacional de la literatura
argentina se producirá recién en la década siguiente.
Además de la alternancia pater patria y pater familiae en la representación del tirano, Rosas
había adquirido rasgos mitológicos a través de una narrativa en la que su figura fue
convertida en “[...] un emblema fundacional a través del cual se partiera y repartiera el
cuerpo (corpus) real, imaginario y simbólico de eso que se intentaba diseñar como una
nación argentina” (20, énfasis en el libro). Que en los textos contra el dictador se pulverice
“[...] el mito del gobernante intocable” y que “su destrucción permit[a] que el poder pase
del cuerpo individual al cuerpo social” (95), como hace Juan Bautista Alberdi en el
Gigante Amapolas, lleva a Area a formular una lectura más abarcadora. Así, haciendo suyos
los rasgos de la biblioteca que estudia —como se verá más adelante en su lectura de las
novelas de Mármol y Manso— su lectura se vuelve alegórica y piensa en los miembros de la
Generación del 37 como los hijos parricidas de Tótem y tabú (96). Aunque no comparto
esa intuición, hay en ello una sugerencia interesante, a saber, las vinculaciones profundas
entre Rosas y sus opositores. Ese asunto aparecerá también en la década de 1880 en los
folletines históricos de Eduardo Gutiérrez, hermano del crítico Gutiérrez.
No obstante, no son los textos iniciales de la Generación del 37 los que institucionalizaron,
para la posteridad, una lectura de Rosas. Ese mérito le toca a Domingo Faustino Sarmiento,
autor de Facundo (1845). En efecto, Area sostiene que ese texto instaura el tono definitivo
que estos textos tendrán y funda el mito Rosas (135). Este libro sobresale porque su
propósito era mucho más abarcador que el de cualquier otro contemporáneo suyo. Su
objetivo era interpretar “el enigma de la realidad nacional” desde el estudio de la vida del
caudillo riojano Facundo Quiroga, imagen de Rosas en ese texto. Dicho de otra manera,
proponía leer a través de Rosas a la Argentina.
Claramente, los alcances del proyecto sarmientino trascienden la campaña contra Rosas.
Sarmiento inscribió “un modo de leer la historia política desde la ficcionalización de
un personaje estallado en mil fragmentos metonímicos de un personaje: Juan Manuel de
Rosas [...]” (108). Pero ese reconocimiento del valor de su obra no fue inmediato. Por el
contrario, en su época, no se leyó el Facundo como se lo lee ahora. Fue duramente
criticado y vilipendiado por otros miembros de la Generación, tales como Gutiérrez. Aun así,
es verdad que Sarmiento creó “[...] un modo de leer la escena nacional” y “[...] lo político
que [haría] de lo literario un modo de asentamiento teratológico en el canon nacional”(108)
argentino. Area sospecha que está muy relacionado con la formación autodidacta de
Sarmiento, que lo previno de las lecturas mediadoras de los sacerdotes, los letrados
típicamente a cargo de la educación de los jóvenes. Gracias a eso, aunque Sarmiento fue un
“no-participante” de la Generación del 37, ese libro se convirtió en su paradigma
bibliotecológico (109).
Facundo es la matriz de la facción misma en tanto en él se propone la oposición
fundamental escritura literaria-inscripción política como base de las oposiciones que darán
contenido a la biblioteca nacional argentina. Así, este libro es tanto un proyecto literario
como uno político (116) y esa doble condición justifica la hibridez que se ha leído en él. Area
va más allá y propone la idea de que Facundo contiene dos libros escritos por dos autores:
Sarmiento y Rosas (120). Sarmiento escribe sobre Rosas a través de la figura de Facundo
Quiroga, pero Rosas “escribe” a Sarmiento porque el autor no existiría si la presencia de
Rosas no lo provocara. No obstante, esa es una afirmación que parece describir el inicio de
la carrera de cada uno de los autores de la biblioteca que describe Area y no algo particular
en Sarmiento.
Cuando la autora habla de Rosas-autor apunta a una nueva forma de ser de estos textos
contagiada por la desmesura de quien los propicia. Hay allí una pista que no se persigue
hasta sus últimas consecuencias en este libro y que se relaciona con aquella sugerencia de
las vinculaciones profundas entre Rosas y sus enemigos. Si bien Area contempla el hecho
de que Rosas como objeto de representación contagia su monstruosidad al texto (130), deja
de lado que esto podría relacionarse también con el sesgo aristocrático letrado cada vez más
pronunciado en todos estos textos. Más precisamente, con la manera como la oposición se
suaviza con los años y hasta se descubren coincidencias en las formas, aunque no en los
propósitos. En efecto, inmediatamente después de Caseros, Alberdi publicó Bases y
puntos de partida para la organización política de la República Argentina con la esperanza
de que Urquiza sacara partido de ellas. Su contenido delimitaba los rasgos de un aparato
estatal diseñado para sostener un estilo de gobierno que Tulio Halperín Donghi ha
caracterizado como aristocrático progresista y bastante inspirado en el gobierno personalista
de Rosas.
Con las novelas de José Mármol y Juana Manso de Noronha, el modelo familiar se vuelve
canónico (158). Amalia y Los misterios del Plata inauguran lo que Area llama la novela
familiar. Como tal, la autora define un tipo de ficción que describe escenas cotidianas de
familia en las que el asunto de fondo corresponde a la política familiar del rosismo. Se había
visto que tanto el rosismo como sus detractores usaban la metáfora de la estancia para
hablar de la Argentina. Así, Rosas es cabeza del Estado y, en un plano simbólico, jefe de la
familia nacional. De ahí que la figuración del dictador alternara entre la de pater familiae y
pater patria. Debido a eso, estas ficciones tienen una dimensión alegórica insoslayable. Sin
duda, he aquí una deuda reconocida con Benedict Anderson, Fredric Jameson y Doris
Sommer. Sin embargo, hay también una distancia, sobre todo respecto del trabajo de
Sommer.
En esta sección, Area formula una lectura de la posición de los autores de la biblioteca
facciosa alegórica en sí misma. Para ella, los miembros de la Generación del 37, así como
los intelectuales que se sumaron a ella en su lucha contra Rosas, son como los hermanos
parricidas de Totem y tabú. Visto así, Area misma es como Freud en su tarea de revelar una
narrativa matriz que expone los mecanismo a través de los cuales se conforma la identidad
nacional. Este interés de la autora es lo que, sin duda, explica el hecho de que en este
trabajo no haya sido relevante las diferencias entre los miembros de la Generación del 37 y
aun los cambios en la obra dentro de un mismo autor. Es claro, entonces, que su
concentración se dirija a resaltar aquellas obras que opina fueron las que establecieron los
parámetros de la narrativa facciosa.
La biblioteca, entonces, se ha constituido como la subjetividad de la nación. Sin embargo, la
obra de Juana Manso delata fisuras en ella porque sugiere una identidad de fondo entre las
facciones (209). Sin embargo, Area restringe su lectura de Manso al hablar únicamente de
cómo “el paternalismo de su época inficionaba e infectaba las políticas de familia que
armaron el montaje faccioso de una moral de nación” (209). Así lo prueba el triste caso de
Camila O’Gorman y Uladislao, en el que tanto las familias federales como las unitarias se
unieron para condenarlos.
La analogía entre la subjetividad y la nación parece estar relacionada también con que la
escritura —en la mayoría de los autores de la biblioteca— era también una pesquisa por su
propia identidad. En efecto, todos estos autores hablan de sí mismos en sus textos. Dentro
de ellos, su yo-textual es un sujeto puesto en crisis por la presencia del pater Rosas y la
escritura se desarrolla como una manera de enfrentar y dar solución a la crisis. Su propia
identidad se construye, pues, en alteridad a la del tirano y como lo que ellos mismos definen
como los rasgos que definen el ser nacional. Me parece que este asunto es más evidente en
autores con una posición conflictiva como Sarmiento y Lucio V. Mansilla. El primero debía
lidiar con su marginalidad dentro del grupo de la Generación del 37, mientras que el
segundo debía hacerlo con su condición de sobrino de Rosas en la era post batalla de
Caseros. Sin embargo, aunque es un asunto sugerente, no creo que sea claro en la obra de
Echeverría, Alberdi e incluso Mármol.
El tema de las representaciones de Rosas en la literatura decimonónica argentina es
importante porque es revelador acerca de la manera como se formularon los discursos
fundacionales de la literatura rioplatense. Dentro del corpus de trabajos críticos al respecto,
este libro de Lelia Area es, sin duda, interesante y valioso porque sus sugerencias abren el
camino a investigaciones sobre asuntos poco tratados acerca de la Generación del 37 y sus
autores allegados.
(Gisella Salas Carrillo, University of Colorado, Boulder)
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