Ranka Minic-Vidovic es Profesora Asistente en la Universidad de Regina, Canadá. Es especialista en literatura española medieval y del Siglo de Oro, con énfasis en el amor cortés, los estudios de género y la teoría de la novela. Teóricamente sus estudios se conectan con los de la Escuela de Frankfurt, Norbert Elias y Pierre Bourdieu.
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How to cite this article: Minic-Vidovic, Ranka. "La situación social del escritor español en la Baja Edad Media: El ejemplo de Garci Rodríguez de Montalvo ". Dissidences. Hispanic Journal of Theory and Criticism. On line. Internet: 15/12/08 (http://www.dissidences/ 4MinicMontalvo.html)
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"Como mencionamos más arriba, los reyes solían sostener unas relaciones apasionadas con sus barraganas. Pero, bajo la influencia de los valores burgueses, en los momentos de mayor crisis de la institución de la monarquía, la vida sexual de los reyes y los grandes fue usada como un arma política de desprestigio por parte de los bandos rivales. Paulatinamente, se iba imponiendo la imagen del “mal rey,” y su dejarse llevar por las pasiones empezaba a servir como explicación para el desgobierno de la monarquía "
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En la Edad Media, el concepto de intimidad no existía e incluso entre la aristocracia no se
prestaba atención alguna por salvaguardarla. Era costumbre que: “[t]he procession into the
bridal chamber was led by the best men. The bride was undressed by the bridesmaids; she
had to take off all finery. The bridal bed had to be mounted in the presence of witnesses if
the marriage was to be valid… ‘Once in bed you are rightly wed,’ the saying went” (Elias,
Civilizing 145-6). Esta fluidez entre la vida privada y la pública suponía su continuidad y no
su separación. Con el tiempo, sin embargo, en el Occidente europeo se desarrolla una
sensibilidad diferente que implicaba ante todo consideración hacia los demás. Esto condujo
a que la sexualidad paulatinamente desapareciera de la vida pública y quedara relegada
exclusivamente a la esfera privada y con ello la relación entre los sexos fue envuelta en un
aire de secreto y de vergüenza (Elias, Civilizing 148) [1]. Por otra parte, la violencia de las
costumbres en esa época fue acompañada por una licencia en la sensualidad que muestra
el escasísimo freno que los hombres y las mujeres ponían a sus impulsos e instintos básicos,
algo que la Iglesia procuraba remediar imponiendo castigos espirituales y corporales en sus
Libros penitenciales. Incluso estableció una lista de profesiones prohibidas. Así, la lujuria
era:
the basis for condemnation of innkeepers and bath keepers, whose premises were frequently
notorious, as well jongleurs, who incited lascivious and obscene dances…, tavern keepers,
who lived on the sale of the triply damned pleasure of wine, gambling, and dance, and even
women in the textile trade, who were accused of supplying large contingents to prostitution,
which must have been at least partly true, in view of the miserable wages they received. (Le
Goff, Time, Work and Culture 61).
La homosexualidad tampoco era rara, a juzgar por las condenas de la Iglesia. Las mujeres y
los hombres, no obstante, no aceptaban mansamente estas imposiciones, en particular los
miembros de la clase privilegiada. Josiah Blackmore, por ejemplo, indica que en las cantigas
de escarnio y maldecir gallego-portuguesas “there is a common preoccupation among the
‘poets of Sodom’ with the power dynamics involved in (poetically) speaking about sodomy”
(195). Jacques Le Goff menciona asimismo la existencia de la poesía explícitamente
homosexual en los siglos XI y XII y una despreocupación completa por la moralidad
cristiana entre los homosexuales aristócratas (Medieval Civilization 320) [2].
Otra de las costumbres muy difundidas en el medioevo tanto entre los solteros como entre
los casados era mantener relaciones “ilícitas” haciendo caso omiso a sus condiciones
matrimoniales. La barraganería, unión de mujer y hombre fundada en su propia voluntad,
era una constante en los siglos medievales. Era practicada no sólo entre el pueblo común,
sino que era habitual entre la aristocracia e incluso entre el clero. En España, estas
relaciones sexuales al margen del matrimonio eran tan frecuentes y populares que fueron no
sólo toleradas sino reconocidas por una sociedad cuyo sistema de valores no encajaba para
nada en la moralidad que propagaban las autoridades eclesiásticas. Como señala Arturo
Firpo (335-39), es imposible aplicar el concepto de sexualidad legítima o ilegítima en la
sociedad bajomedieval en la que la barraganería era legislada como un capítulo subsidiario
del matrimonio en los fueros locales e incluso en las sumas legales como las Siete partidas.
Esta trasgresión de la norma conyugal por los monarcas es mencionada con toda
naturalidad en documentos y crónicas desde el período más temprano de la Reconquista en
los que aparece como un homenaje a la virilidad del rey junto con los demás atributos que se
le adscribían. La existencia y la explícita mención de estas mujeres en torno a los monarcas
muestran cuán divulgada y común era la libertad sexual en la corte regia, pues sus
“amigas” o “doncellas” no cumplían sólo la función reproductora —deber por el que el
hombre tomaba a la mujer por esposa—, sino que los monarcas solían mantener una
relación apasionada con ellas. La poligamia en estos siglos era divulgada asimismo entre
todas las familias aristocráticas, pues era práctica habitual el reconocimiento de los hijos
bastardos y de las concubinas.
La costumbre de la barraganía era igualmente común entre los miembros del clero. Importa
destacar que estos tratos libres entre los hombres y las mujeres de la Iglesia eran aceptados
por parte de sus superiores inmediatos y de la sociedad en general. Los monasterios no eran
sólo frecuentados por barraganas, sino que muchos monjes vivían públicamente con sus
concubinas que gozaban de “derechos similares a los de las mujeres casadas” y sus hijos
eran reconocidos como legítimos (Esteban Recio e Izquierdo García 156). De la misma
manera que los sacerdotes no se conformaban con sus votos de celibato, los conventos
pululaban de monjas que mantenían relaciones o convivían con hombres, ya fueran laicos o
sacerdotes. Entre las altas autoridades eclesiásticas, esta promiscuidad en sus instituciones
era uno de los temas más candentes contra los que se emprende una larga y dura lucha en
los siglos bajomedievales. Sin embargo, esta libertad sexual del clero español es presentada
en los documentos de la época como problema de la Iglesia, y no como problema
relacionado con la lujuria femenina, según subraya Reyna Pastor (201). El ideal de la vida
ascética trataron de imponerlo las órdenes mendicantes, la orden de Cluny y varios concilios
con múltiples disposiciones y medidas (Pastor 203). Conseguirlo era sumamente difícil,
como lo elabora el Arcipreste de Hita en el Libro de buen amor. En este relato seudo-
autobiográfico, en el que se insertan numerosos episodios amorosos del protagonista, desfila
una variada galería de mujeres, y entre las dueñas ricas y nobles, moras, viudas y viejas
terceras figura la monja Garoza. La “Cántica de los clérigos de Talavera” (v.v. 1690-1712) es
también un testimonio jocoso de estos intentos de las autoridades eclesiásticas de reformar a
los monjes y curas y de hacerlos volver al “camino recto,” y de la rebelión de éstos contra la
doctrina del celibato y su lucha por gozar la vida sexual. La Iglesia no desiste, sin embargo;
continúa su combate endureciendo cada vez más su posición, y la reforma moral del clero
irá surtiendo efecto a fines del siglo XV. Apoyado por la reina Isabel, quien propagaba la
necesidad de una vida más austera, no sólo entre los representantes de la Iglesia sino en la
sociedad en general, el cardinal Cisneros logra reformar las órdenes eclesiásticas.
Muestra del libertinaje sexual masculino en los siglos bajomedievales era la prostitución, la
cual “was certainly disapproved in ecclesiastical and many secular circles. But the social
prohibition was not yet imprinted as self restraint in the individual to the extent that it was
embarrassing even to speak about it in public. Society had not yet outlawed every utterance
that showed that one knew anything about such things” (Elias Civilizing 145). Las
prostitutas participaban de pleno en la vida pública de las ciudades medievales. Solían
reunirse en sociedades con derechos y obligaciones definidas como cualquier otro gremio
de artesanos y tomaban parte en las festividades que se celebraban con motivo de visitas de
dignatarios. En suma, pertenecían al estrato paupérrimo de la sociedad urbana y eran
estigmatizadas, pero no del todo marginadas. Al igual que en el caso de las barraganas,
importa la publicidad de estos tratos entre hombres y mujeres así como el hecho de que
para los vecinos de las urbes medievales el placer sexual está muy alejado de las
preocupaciones morales. Con el tiempo esta forma de relaciones sexuales
extramatrimoniales irá adquiriendo fama de bajeza moral, y la libertad sexual que estas
mujeres encarnaban era abordada con respuestas represivas. Las autoridades municipales,
en sus esfuerzos por salvar la moral pública, concentran en burdeles a las prostitutas que
acostumbraban ocupar espacios públicos como calles, plazas y tabernas (Esteban Recio e
Izquierdo García 141). Las ordenanzas municipales iban encaminadas no sólo a prohibir la
prostitución en lugares no cerrados, sino a reglamentar el ejercicio de la prostitución y
arrebatar el control de las ganancias a las prostitutas (Esteban Recio e Izquierdo García 142-
9). Toda esta legislación era dirigida y convertida en campaña represiva contra el libertinaje
sexual de los hombres por parte de los poderes públicos.
Esta licitud de las relaciones sexuales al margen del matrimonio aparece, en parte, en
Amadís de Gaula. El cronotopo impreciso de la novela, muy en especial los escenarios
alejados de la corte del rey Lisuarte, como los castillos solitarios y las florestas, se presenta
como un campo libre para los encuentros fortuitos entre caballeros y doncellas. El trato
entre los sexos se despliega como una sensualidad desenfrenada en un ambiente de libertad
en el que los hombres y las mujeres no se preocupan por las normas socio-religiosas. Las
doncellas andan libremente por los caminos y bosques o por las oscuras habitaciones de los
castillos donde hacen el amor con los caballeros con toda naturalidad, sin quejarse por la
pérdida de su honra. Incluso son ellas las que exigen que los caballeros satisfagan sus
apetitos carnales. Lo que aflora pues en estos breves pasajes es un sentimiento de
familiaridad y confianza entre los sexos aún no disuelto por la acción civilizadora del amor
cortés que se perfila con nitidez en el caso de Oriana y Amadís. Se trata aquí probablemente
de la versión más primitiva de la novela que contiene el substrato folklórico celta (Cacho
Blecua 123).
La monogamia de Amadís y Oriana es consustancial a su identidad de amantes. De ahí la
voluntad inquebrantable del caballero de ser fiel a su dama. Ausente de su Oriana, a Amadís
nunca le faltan doncellas para acompañarlo, incluso para pasar la noche, pero él no se siente
atraído por ninguna otra mujer. Galaor, en cambio, con un afán inagotable de gozar, es la
antítesis de Amadís. Sin tener una mujer que sea la dama de sus pensamientos, Galaor
encarna la concepción del amor como puro placer sensual. Las doncellas nobles y no nobles
con las que se encuentra por casualidad, no tienen freno alguno en expresar y gozar de su
sexualidad con él, en contraste absoluto con la dama de la corte como Oriana, a quien
Amadís ha tenido que rogar tanto para apaciguar sus rigores. En la redacción de Garci
Rodríguez de Montalvo aparecen seis aventuras amorosas de Galaor. Todas estas doncellas
de costumbres licenciosas son personajes secundarios, pero este ambiente de libre
sensualidad se siente en toda la obra, y a las doncellas de Galaor se pueden añadir otras
damas del más alto rango. En estos episodios con frecuencia no es el hombre el que busca
la seducción sino la misma mujer. A pesar de las dos versiones del episodio con la reina
Briolanja que aparecen en la refundición de Rodríguez de Montalvo, y pese a sus
afirmaciones de que la suya, en la que triunfa la pureza de Amadís, es la cierta, y no la del
infante Alfonso de Portugal, no deja de saltar a la vista que la reina encierra a Amadís en la
torre para que cumpla su deseo de hacer el amor. Cuando el rey Perión, de visita al conde
de Selandia, va a acostarse, de pronto se halla “abraçado de una donzella muy hermosa”
(Amadís 1: 626). Al enterarse de que es hija del conde, el rey rechaza sus avances amorosos,
pero cede ante su amenaza de suicidarse para “cumplir con su voluntad,” y de esta unión
nacerá Florestán. Del encuentro del rey Perión y de la princesa Elisena brota una pasión
amorosa instantánea que logran gozar esa misma noche, y cuyo fruto será Amadís.
Corisanda, al igual que Briolanja, tiene encerrado a Florestán, y cuando él se marcha con
Amadís y Galaor, no tiene reparos en salir a buscarlo y reunirse con él en la corte de
Lisuarte. Estos son los pocos ejemplos en la literatura medieval palaciega en los que se
habla del hecho de que “for woman man is sex and carnality” como dice Simone de
Beauvoir (143), que luego en el Occidente europeo se irá suprimiendo y que hace que
Beauvoir subraye que este hecho “has never been proclaimed because there is no one to
proclaim it” (143). Incluso el rey Lisuarte, cuya corte representa la cumbre de los valores
caballeresco-cortesanos, también ha gozado de estos amores ilícitos, pues Norandel es su
hijo natural.
Esta base del Amadís primitivo, en el que el trato entre los sexos todavía no ha sido
estorbado por los códigos sociales, Rodríguez de Montalvo la vuelve hacia otros cauces, no
sólo sobreponiendo sus glosas moralizantes, sino envolviéndola en un sentimentalismo
idealista de acuerdo con la nueva moralidad de la época absolutista-burguesa. Si bien no ha
logrado borrar o fundir los episodios en los que los personajes llevan una vida licenciosa, ha
logrado presentar el deseo sexual irresistible como incompatible con la sociedad cortesana
embellecida y llena de gracia. La pareja central, Amadís y Oriana, es adecuada
completamente a las normas sociales.
Amadís de Gaula fue publicado durante los triunfales años de los Reyes Católicos. Hay que
tener en cuenta, sin embargo, que el amor que forma su eje narrativo, no era una señal de
modernidad que apuntaba hacia el Renacimiento. Si bien la novela como género es nuevo en
esta época, en ella confluyen varias tradiciones en torno al tema amoroso intrínsecamente
relacionadas con la cultura del amor cortés y su peculiar exaltación del héroe caballeresco y
la idealización de la mujer. En su elaboración del tema de amor Rodríguez de Montalvo, y es
de suponer que el autor del Amadís primitivo también, se atienen al ideario de la convención
del amor cortés que se origina a finales del siglo XI, en el sur de Francia. En la lírica
trovadoresca los poetas dedican sus canciones de amor a la dama noble, por lo común
esposa del gran señor feudal de cuya corte forman parte. Así, la mujer noble, además de su
papel de mercancía dentro del sistema matrimonial de la alta aristocracia mediante el cual
este estamento reglamentaba su división de las tierras y así la competición de las familias
más potentes, actuaba como agente de “acortesanamiento de los guerreros” (Elias,
Civilizing 3), es decir, como civilizadora del instinto sexual de los caballeros de la mesnada
doméstica de su marido, el gran señor feudal. Esta función suya, como señalan Norbert
Elias (Civilizing) y George Duby (Love and Marriage, Chivalrous Society) ha sido el foco
generador de la poesía trovadoresca. En el contexto de relaciones de producción social es
precisamente esta función de representación erotizada del poder de su esposo que forma la
base de la construcción de lo femenino en la sociedad cortesana. A saber, los procesos de
producción caracterizan a los que están directamente incluidos en esos procesos con una
labor definida en la totalidad de la división del trabajo, lo cual les hace posible o los fuerza a
adquirir una identidad relativamente firme. La mujer noble, sin embargo, ha sido excluida
de estos procesos y por ello permanece menos tajantemente definida.
Entre la aristocracia medieval existía una estricta división sexual del trabajo. El ejercicio de
las armas, derecho exclusivo de los hombres nobles, los tenía ocupados en las conquistas de
nuevos territorios y las numerosas guerras civiles que tanto caracterizaron la Edad Media.
En consecuencia, los grandes señores se vieron forzados a abandonar temporalmente sus
dominios con bastante frecuencia. Durante sus ausencias, sus esposas actuaban como la
autoridad máxima del señorío. Por lo demás, las mujeres nobles solían contribuir a la
economía de los dominios de sus esposos y padres: “They ran the woman’s quarters, where
by fancy skills such as the weaving of fine materials, embroidery, and tapestry, they supplied
a large proportion of the clothes needed by the lord and his companions. In more prosaic
terms, they were the textile workers of the seigniorial class” (Le Goff, Medieval Civilization
286). Aún así la mujer aristocrática estaba relegada a un puesto de carácter secundario que
la apartaba y le impedía formar parte del mundo masculino. Dependiendo siempre del varón
que le podía asegurar una mayor participación en la sociedad, la mujer sólo
esporádicamente lograba acceder al poder. Además, las esferas de las actividades del
hombre y la mujer nobles eran estrictamente separadas y lo único que estas circunstancias
podían producir era la alienación entre los sexos. Su educación fue una educación
diferencial. Las niñas solían pasar sus días en los gineceos donde eran preparadas para la
vida familiar o para el convento mientras que los niños eran separados de sus madres y otras
mujeres y mandados a servir a un gran señor feudal y adiestrarse en las artes marciales. El
espacio de la mujer era un espacio aparte, formado por la señora de la casa, sus hijas y sus
servidoras. Del mundo masculino se encargaba el señor feudal y sus hijos y caballeros
formaban una sociedad de guerreros. Esta segregación acentuaba la división entre los sexos
y sus modos de producción, lo cual condujo a la tajante separación entre los espacios
privado y público. Y, desde luego, no creaba oportunidad alguna para el conocimiento
mutuo entre los sexos. Esta exclusión de la mujer noble le ha posibilitado a los hombres
letrados usarlas como objeto de su producción intelectual y artística y los grandes señores
feudales y los príncipes se ofrecieron a ser sus mecenas. Convertida en tópico, la mujer
como representación del sistema masculino de dominación adquiere su primera forma
literaria precisamente en la poesía trovadoresca. Los autores del Amadís recogen esta
tradición y, siguiendo la pauta de novelización del tema del amor cortés establecida por los
trouvères franceses, adaptan esta doctrina amorosa con el fin de ganar la atención no sólo de
la nobleza cortesana sino también de la burguesía (Chevalier 93) [4].
A diferencia de Amadís, en Galaor y los demás personajes que se dejan llevar libremente por
el deseo, éste aparece como un poder anárquico que desafía y que se niega a restringirse de
acuerdo a las buenas costumbres. En particular llaman la atención las relaciones de
proximidad y confianza entre los sexos, así como la igual importancia que se da en destacar
el impulso sexual del hombre y de la mujer. Sin embargo, la sociedad bajomedieval no podía
absorber esta libertad en el trato entre los sexos sin serios disturbios del orden establecido.
Para el armonioso funcionamiento de este orden había sido indispensable que todos los
habitantes se integraran en la red hegemónica con su altamente desarrollada división del
trabajo tanto entre clases como entre sexos. De ahí la gran apoteosis al final de la obra en
que se celebran espléndidamente los matrimonios de todos los compañeros y hermanos de
Amadís. Es obvio el esfuerzo de Rodríguez de Montalvo por canalizar el instinto sexual del
inconstante Galaor en el matrimonio con Briolanja, subrayando que se enamora tanto de ella
que aunque “muchas mugeres auía visto y tratado… nunca su coraçón fue otorgado en
amor verdadero de ninguna, sino desta muy hermosa reyna” (Amadís 2: 1561). La novela
como género vinculado intrínsecamente al período del nacimiento de la sociedad burguesa,
pondera al individuo y su decisión en su propio deseo sexual. Así, la “libre” elección de
Galaor de su futura esposa y su deseo sexual se afirman. Sin embargo, con esta afirmación
su sexualidad se disuelve en una visión de harmonia praestabilita, legitimando la idea de que
el deseo sexual puede estar en función de una afirmación individual sólo si se canaliza a
través del matrimonio, estando de este modo al servicio del nuevo régimen absolutista-
burgués con su tajante división de los papeles sociales del hombre y de la mujer.
La sociedad bajomedieval era un mundo en el que se vivía en plena contradicción entre las
teorías sostenidas por la Iglesia y las tendencias de las autoridades públicas, por una parte, y
por la otra, los hombres y mujeres que trataban de llevarlas a la práctica o las rechazaban.
La polémica en torno a las relaciones sexuales y la estricta monogamia legalizada por el
matrimonio estaba todavía abierta. Sin embargo, es evidente que a medida que el Estado
incipiente se reforzaba, las autoridades seculares apoyadas por las autoridades eclesiásticas
centran su atención en los cuerpos de la mujer y el hombre que vienen a ser objetos de
supervisión, disciplina y control cada vez más elaborados. Para el hombre la mujer, y por
extensión la sexualidad, trataban de construirse como algo peligroso. La mujer no sólo podía
causarle trastornos mentales o amor hereos, según la terminología médica de la época,
como Oriana a Amadís en la Peña Pobre, sino que también podía contagiarle la lepra, pues
se consideraba que ésta era enfermedad venérea y que la transmitía la mujer en contacto
sexual (Thomasset 44). Como ha demostrado Michel Foucault (Madness and Civilization),
con el desarrollo de la medicina (y posteriormente de la psiquiatría), las cuestiones sociales
se vuelven problemas médicos, y el comportamiento normativo, y dentro de ello la relación
entre los sexos, se defiende con la ciencia. Los usos y costumbres se iban convirtiendo en
barreras que impedían el contacto entre el mundo masculino y el femenino y profundizaban
la ignorancia y la desconfianza mutua. La segregación entre los sexos que mantuvo a la
mujer a distancia del hombre acabó por disolverse en el principio amenazador llamado
feminidad, pues uno de los principales rasgos de la psicología masculina de la época era el
miedo de las mujeres. Este temor lo reforzaban muchas creencias, vinculadas
específicamente a la sexualidad femenina. “The womb, cold and moist, was likened to the
serpent that seeks to warm itself by entering a sleeping person’s mouth,” señala Claude
Thomasset (62). La supuesta humedad excesiva del cuerpo de la mujer le hacía posible “to
indulge in unlimited sex… she could be lassata sed non satiata (worn out but not satiated)”
(Thomasset 62). Es más, “[t]he human female, it was claimed, is the only animal that
desires sexual relations after fertilization” (Thomasset 62).
Las censuras también iban dirigidas a la mujer. Bajo la influencia del culto mariano para ella
se ideó el concepto de castidad que se transforma en el concepto de honor. La mujer, y en
particular la doncella, se vio recluida en el hogar, “protegida” de todo contacto con el
mundo exterior, especialmente del contacto con el hombre, como Oriana en el IV Libro del
Amadís, escrito, como se sabe, enteramente por Rodríguez de Montalvo. Lo que
particularmente llama la atención es que Oriana defienda su honor a pesar de que Amadís y
ella habían contraído matrimonio secreto y en Miraflores habían engendrado a Esplandián.
El camino para una moral asfixiante según la cual la sexualidad no podía practicarse salvo
de acuerdo con una estricta regulación que tenía por objetivo suprimir el placer mismo,
estaba preparado. En este sentido cabe subrayar que la función productiva de la mujer en
actividades agrarias y su papel en la economía familiar representa un elemento decisivo de
la vida económica en los ámbitos rurales [5]. Dadas las dificultades materiales, en las
familias rurales no había segregación entre los sexos, pues los hermanos y primos de
familias humildes se criaban juntos, lo cual facilitaba el conocimiento mutuo, y las
necesidades de trabajo contribuían al fortalecimiento del vínculo conyugal. No por
casualidad es precisamente en la lírica popular en la que aparece una expresión amorosa
más libre y espontánea. Hombres y mujeres arraigados a la tierra crearon una poesía con
obvias referencias a la naturaleza, al contrario de lo que sucede en la lírica culta. En esta
poesía popular abundan las canciones de trabajo campesino y las relacionadas con las
antiguas fiestas y ritos de origen erótico pagano que atestiguan la importancia de la mujer
entre el campesinado en el período medieval. El amor se presenta no como una idea
abstracta, sino como una sensación sensual que determina todas sus imágenes. El lugar
central de estas imágenes lo ocupa la fertilidad y de ahí que se ponga énfasis en los
elementos materiales y corporales que expresan la alegría del vivir y de unión entre mujer y
hombre, siempre en un ambiente de libertad y familiaridad. El canto sobre su unión o es
profundamente concreto y sensible:
¡Qué gentil manada es ésta,
la Magdalena!
Magdalena y el su amigo
vanse a segar el trigo,
más segava que los cinco
la Magdalena.
Quando ovieron segado
tómanse mano por mano,
vanse a deleytar al prado.
La Magdalena.
Cogendo rosas y flores,
platicavan de amores,
qu’es dulçor de los dulçores.
La Magdalena… (Frenk 1: 53-53)
Incluso los poemas en los que la enamorada, en soledad, espera a su amado, están
impregnados de sensualidad y del dolor que hacen el tiempo de espera aún más largo:
Anoche, amor,
os estuve aguardando,
la puerta abierta,
candelas quemando,
y vos, buen amor,
con otra holgando.
¡Qué mal enojada me tenedes!” (Frenk 1: 455)
En las ciudades se mantenía aún muy viva esta milenaria tradición popular que favorecía el
trato libre entre mujeres y hombres y reinaba un clima de relajación de las restricciones
sociales y una mayor fluidez sexual que varias veces al año y por varias semanas estallaban
en celebraciones carnavalescas (Bajtín Cultura popular). El marcado hiperbolismo de las
imágenes referentes a la sexualidad de estas fiestas populares tenía por objetivo acentuar el
sentido positivo del coito. De un mundo relativamente abierto en el que la libre expresión de
la sexualidad fue aceptada, la mujer del tercer estamento iba a pasar a un mundo cada vez
más controlado en el que las autoridades patriarcales se encargaron de hacerla encajar en el
molde de comportamiento “decente.”
Las mujeres del tercer estamento eran asimismo una activa fuerza social de los profundos
cambios económicos y sociales que tenían lugar a lo largo de la Baja Edad Media en las
urbes europeas. Más importante aún, a diferencia del estamento noble en el que existía la
polarización de la esfera social en dos mundos —el femenino y el masculino— las nuevas
relaciones de producción acarreaban continuo contacto, proximidad y familiaridad entre los
sexos. El trabajo femenino extradoméstico se debía no a una mayor libertad que disfrutaban
las mujeres burguesas sino a las necesidades económicas de sus familias. Las mujeres
burguesas compartían el trabajo con sus esposos y de esta manera contribuían a la precaria
economía familiar o bien incrementaban el capital de sus negocios. Solían trabajar en todos
los sectores de la manufactura, incluso los más pesados físicamente como la construcción,
metalistería y la fabricación de la cerveza. Si bien necesitaban ser representadas por sus
maridos u otros miembros masculinos de sus familias, las mujeres, y en particular cuando se
trataba de viudas, actuaban con independencia en empresas industriales, comerciales o en
iniciativas de inversión llegando incluso a monopolizar algunos oficios, mayormente la
industria textil y alimenticia. A pesar de ello, y sobre todo a pesar del hecho de que en la
sociedad burguesa en esa época el vínculo entre hombre y mujer era reforzado por las
necesidades del trabajo, la mujer no gana la posibilidad de poder reclamar una condición
social diferente de la que tenía la mujer noble. El compartir las condiciones económicas y
sociales pudo haber conducido a una emancipación de las relaciones entre los sexos y a las
mujeres pudo haberles posibilitado que se identificaran con el proceso histórico que llevaban
a cabo hombro a hombro con los hombres burgueses. Pero, con el tiempo, la mujer se
excluye de la esfera de trabajo público. Con el desarrollo de sistemas económicos más
avanzados de tipo capitalista, y no basados en la familia como unidad de producción, el
acceso al trabajo para la mujer se reduce en gran medida. Luego, cuando los gremios pasan
a ser parte de los consejos de las ciudades, las mujeres que eran desprovistas de todo
derecho político, quedaron excluidas de los gremios. Estos cambios que iban en detrimento
de la libertad laboral de la mujer no se debían únicamente a nuevos sistemas de producción
y al crecimiento demográfico en las ciudades, sino a una intensificación consciente del
control masculino en la sociedad patriarcal. Este control se manifestaba, por ejemplo, a
través de la ley de mayorazgo que excluía a las mujeres casadas y en particular a las viudas
que, por lo común, gozaban de la mayor libertad laboral, de la gestión de los negocios
familiares. Hacia finales de la Edad Media la mujer burguesa se excluye completamente de
la esfera de trabajo público y queda vinculada al mundo del hogar y la maternidad, el
eterno apéndice de las empresas masculinas, o bien, en ocasiones cuando tenía acceso a la
vida pública, era ante todo una prenda más del capital simbólico de su esposo.
Los burgueses, con su espíritu de empresa, habían estado orientados tradicionalmente hacia
perspectivas renovadoras y revolucionarias en el orden económico y político, pues con la
introducción de la economía monetaria el sistema feudal entra en crisis en los siglos XIII y
XIV con ello comienza su paulatina decadencia. Su profunda conciencia de hombres
plenamente libres y de su fuerza como clase social (Font Rius 339), así como su interés en
regular y dirigir sus actividades económicas, fueron los principales móviles que los llevaron a
las luchas abiertas contra los poderes señoriales que marcaron su vida política entre los
siglos XI y XIII y que no pocas veces estallaban en revoluciones comunales. Sin embargo, el
auge de la vida urbana condujo a que de la masa de menestrales sobresaliera un nuevo
estamento de elevada condición económica, el llamado patriciado o aristocracia urbana
compuesta de la burguesía acomodada y de la pequeña nobleza (Sobrequés Vidal 152). Con
la estratificación en los dirigentes, los pequeños industriales y artesanos y los simples
jornaleros, la burguesía pierde la importancia que había tenido como fuerza promotora de
cambios económicos, sociales y políticos durante la naciente urbanización y el auge
comercio. Su objetivo se vuelve ahora no luchar contra la nobleza territorial, sino equipararse
con ella y obtener títulos aristocráticos con el correspondiente prestigio social.
El renacimiento de las ciudades en la Baja Edad Media y con él la fundación de
universidades marcan el gran viraje que se da en la práctica de encargar a la alta nobleza los
oficios en la administración del reino. En las cortes reales se desarrolla un intensivo trabajo
en materia legislativa basado en las costumbres locales y en los fueros. A partir del siglo XII
aparece una tendencia de incorporar en los reinos hispanocristianos principios del derecho
romano que se basa en el cesarismo [6]. En Aragón-Cataluña ese movimiento ya es
perceptible en tiempos de Jaime I, y en Castilla encuentra su máxima expresión en Las siete
partidas. Además de la fama que adquieren Las partidas en la España cristiana, a la
tradición romanista le confieren autoridad las primeras universidades, en particular la de
Bolonia en la que toda una “legión de los escolares, tanto castellanos como
catalanoaragoneses… cursaron estudios… jurídicos” (Sobrequés Vidal, “La época” 360).
Los juristas y letrados licenciados de las universidades van ingresando en gran número en el
sistema de gobierno regio gracias a sus conocimientos. Estos “hombres de saber” o
“letrados” como los llama José Maravall (“Los ‘hombres de saber’) que provenían
mayormente de las filas de la alta burguesía y la pequeña nobleza, comienzan
prácticamente a dominar la corte regia durante el reinado de Juan II. Propensos ya por su
formación al establecimiento de un régimen monárquico más absoluto, se forman además
como una capa “whose social position depends first and foremost on their place in royal
service, and whose prestige and interests are largely identical with those of the monarchy
and the governmental apparatus” (Elias, Civilizing 410). En los siglos XI y XII la baja
nobleza y la burguesía habían sido las clases más pujantes de la sociedad bajomedieval. La
burguesía que emerge en el siglo XII se destaca pronto como un estamento consolidado
económica y políticamente. La pequeña nobleza, compuesta en gran medida por los hijos
segundones o jóvenes (Duby, Chivalrous Society), era la más dinámica del estamento de
defensores. Eran ellos los que habían desencadenado la movilidad social con su búsqueda
de herederas ricas que les podían hacer posible acceder del status de hijos segundones
desheredados por sus familias al de señor feudal (Duby, Chivalrous Society 119). No
obstante, la pequeña nobleza abandona su antagonismo y la burguesía su lucha abierta
contra el poder de la minoría aristocrática dominante y fueron absorbidos en el mecanismo
de encadenamiento del poder, convirtiéndose en lo que Elias denomina “dual-front class”
(Court Society 257-64), es decir, la que a la vez tiende a ascender en la escala social y
defiende su propia posición ejerciendo el poder sobre los de abajo. Destituidas de su libertad
económica y atraídas al aparato burocrático de los nuevos Estados con trabajos
permanentes, estas capas ahora son asalariadas y dependen directamente de la monarquía.
Siempre débil económica y políticamente para dar un golpe decisivo a la monarquía y la alta
nobleza que se disputaban el poder durante los siglos bajomedievales en constantes guerras
civiles, esta inteligencia medieval gana acceso al poder no en una abierta lucha de clases,
sino mediante los privilegios otorgados por la realeza. Su distinción social no se basaba, por
tanto, en su propio poder económico ni en un real poder político, sino en el hecho de
reconocerse y ser reconocidos como miembros de la élite dirigente. Absorbida en la esfera
del poder y defendiendo siempre su condición de asalariada, la “clase de dos frentes” se
hace fiel propagadora de la ideología dominante según dictaban las necesidades políticas
del momento. Además de ser la más grande devota de la realeza y la más feroz defensora
del autoritarismo monárquico gracias a su formación en derecho romano, la “clase de dos
frentes,” en particular la burguesía, cae en la trampa de hacerse creadora y propagadora de
una nueva moral, proceso típico, por lo demás, entre los que tienden a ser admitidos a la
élite dominante. A saber, entre los miembros de la burguesía que tienden a ascender en los
puestos de poder “[t]he regulation of sexual relations, the fences surrounding the sexual
sphere of libidinal life, are far stronger… than in the courtly-aristocratic upper class”
(Civilizing 510) [7]. En auge en los siglos XIV y XV y segura de su importancia social, la
burguesía ahora opone su propio sistema de valores a los de la aristocracia con más libertad
y tenacidad. Así, los ataques contra la alta aristocracia y la familia real comenzaron a
centrarse en su “inmoralidad,” o sea iban dirigidas contra su vida lujuriosa que se
desenvolvía en un ambiente de intrigas y engaños.
Como mencionamos más arriba, los reyes solían sostener unas relaciones apasionadas con
sus barraganas. Pero, bajo la influencia de los valores burgueses, en los momentos de mayor
crisis de la institución de la monarquía, la vida sexual de los reyes y los grandes fue usada
como un arma política de desprestigio por parte de los bandos rivales. Paulatinamente, se
iba imponiendo la imagen del “mal rey,” y su dejarse llevar por las pasiones empezaba a
servir como explicación para el desgobierno de la monarquía (Firpo 338). Pero López de
Ayala, que pasó al bando opuesto al rey, describe con minuciosidad la vida amorosa de
Pedro I, y si bien no condena sus múltiples amoríos, uno de los rasgos que califican a este
“mal” rey en su crónica es precisamente su lascivia (Firpo 339). Las guerras civiles no
cesaban en todo el reinado de Enrique IV, al parecer gracias en gran medida a su conducta
sexual. Su cronista Alonso de Palencia, también miembro del bando enemigo, presenta
como principales agravios contra el rey sus relaciones extraconyugales con concubinas y
prostitutas y su manifiesta homosexualidad (Firpo 340, Weissberger 291). La impotencia
relativa que él mismo había alegado como razón del fracaso de su matrimonio con Blanca de
Navarra había dado origen a incesantes murmuraciones y era factor decisivo para el ataque
contra él por parte de los nobles rebeldes. La profunda crisis de la monarquía se resolverá
con su reconocimiento de que su hija Juana, llamada la Beltraneja, no era su hija legítima, y
luego con la subida al trono de Isabel la Católica. Enrique IV quedará conocido para la
posteridad con el calificativo sexual despectivo de “Impotente.” En el “Memorial de
agravios” que la nobleza dirigió a Juan II en 1440 la sodomía del rey y de Álvaro de Luna no
se menciona explícitamente, sin embargo “it is certainly referenced obliquely in the charges
of lèse-majesté that comprise the majority of the document” (Hutcheson 228). La
homosexualidad de Juan II y su privado aparece también como subtexto en Generaciones y
semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán en la que “[h]is integrity is… severely
compromised… through mention of his ‘strange condition,’ a passion for language and
learning to the virtual exclusion of matters of governance” (Hutcheson 233), e incluso en la
Crónica de Álvaro de Luna (Hutcheson 235). Además, a partir del siglo XIII las
universidades habían pasado por una serie de cambios que en las postrimerías de la Edad
Media las transforman de instituciones independientes que albergaban la labor intelectual y
científica, en centros de educación al servicio del Estado cuyo objetivo era educar a
administradores, diplomáticos, juristas y otros funcionarios públicos [8]. Desde el punto de
vista de la espiritualidad, “universities tended more and more to play a utilitarian role. They
became the keepers and guardians of orthodoxy and fulfilled the function of ideological
police in the service of political powers” (Le Goff, Time, Work and Culture 148; el subrayado
es del autor). En España, el mismo cardenal Cisneros, que se encargó de la purga sexual y
reformó con éxito el clero español, era de origen hidalgo, pero económicamente modesto. Su
educación universitaria, como era corriente, le hizo posible ocupar el alto puesto en la
jerarquía eclesiástica.
Cabe recordar que Rodríguez de Montalvo pertenece a esta casta dependiente que
ambiciona ascender hacia los escalones superiores de la jerarquía social. El era regidor de
Medina del Campo, es decir, ocupaba un cargo remunerado en la administración de los
Reyes Católicos. No por casualidad su desorbitante idealización de la mujer y del hombre se
centra en presentar sus cuerpos libres de la mancha de la sexualidad. Al propagar la
exaltación de la imagen de mujer que cuida de su honor, propagaba el espíritu de
ascetismo, el cual, una vez arraigado el sistema de valores burgueses, será el más perverso
pretexto para el clímax de la comedia nueva y la malsana catarsis de sus espectadores.
En vez de librar una lucha que condujera a la liberación del ser humano, la cual implicaría la
liberación de sus sentidos, la vanguardia intelectual de la baja nobleza y la burguesía abrazó
la nueva moralidad sustituyendo la lucha política por la lucha moral, y se estancó en el
conservadurismo más rígido. A saber, la función designada para la mujer en el proceso de la
consecución del poder por parte de los hombres burgueses no era un producto específico de
las postrimerías de la Edad Media y comienzos de la Moderna. Se trata de la misma división
entre los sexos que había existido ya desde los siglos XI y XII y que se habían establecido
como topos literario en la poesía trovadoresca. El auge de la burguesía marca el momento
de transición de una sociedad jerarquizada y cerrada a otra competitiva y por tanto más
abierta, en la que los valores del individuo adquieren un valor crucial. Se trata, en general, de
una época del despertar socio-económico y cultural en la que maduraban nuevas ideas y,
gracias a las nuevas relaciones de producción, se ofrecía una posibilidad de libertad para la
mujer de la numerosa clase burguesa y una más libre relación entre los sexos. Sin embargo,
la revolución mercantil que la burguesía llevaba a cabo en los siglos XII y XIII y que
apuntaba hacia una revolución política y social quedó en esencia sin acabar ya que su
principal programa político fue un compromiso con la aristocracia cuya forma se perfiló con
más claridad a finales de la Edad Media con su participación en la fundación de la
monarquía absolutista. El género, es decir, la división de las esferas masculina y femenina
que se mantienen en conflicto, se siguió usando como la más conveniente categoría de
control y orden social en esta época de incipiente Estado que trata de imponerse como el
único garantizador de este orden y de la paz pública.
Amadís de Gaula por una parte hace constatar las aspiraciones revolucionarias de la amplia
capa de caballeros y de los burgueses pudientes con sus empeños de conseguir la libertad
social, y por la otra el fracaso de llevar a la práctica estas aspiraciones. Estos dos sectores de
la sociedad que ambicionan satisfacer sus intereses privados a expensas de su
independencia económica y política acaban atrapados en su posición dependiente de
funcionarios asalariados de la monarquía, posición que socava su poder de fuerza social y
que los conduce definitivamente a la derrota. Sus ambiciones permanecen, por supuesto,
pero como un ideal relegado al mundo privado del ser humano en el que el individuo, piedra
angular de los valores burgueses, se pondera y se dignifica. El idealismo de Amadís, sin
embargo, no tiene exclusivamente un carácter ideológico porque contiene en sí el recuerdo
de lo que pudo haber sido, lo cual presenta jugando con la nostalgia de la libertad del
caballero andante, héroe ideal de la nobleza. Al mismo tiempo, contiene lo que añora para el
futuro: la exigencia histórica de una libertad del ser humano en general. No obstante, esta
exigencia, queda relegada también al mundo privado, a la esfera más íntima de la
sensualidad, y tampoco se presenta como una realidad existente, sino como una realidad
embellecida, como mera promesa de felicidad.
Notas
[1] Este esconder de la sexualidad se intensifica en el Renacimiento, y aun más en los siglos
del absolutismo. Vése al respecto Elias “The History of Manners,” es decir, la primera parte
de su estudio The Civilizing Process.
[2] Le Goff concluye que “it is likely that the limited extent of homosexuality is to be
explained less by the severity of canon law, . . . than by the fact that the structure of the
family failed to produce conditions which might favour the formation of Oedipus complexes”
(Medieval Civilization 320). Norbert Elias opina también que recién con la formación de la
burguesía la familia nuclear “becomes the only—or, more exactly, the primary and
dominant—institution with the function of installing drive control. Only then does the social
dependence of the child on its parents become particularly important as a leverage for the
socially required regulation and molding of impulses and emotions” (Civilizing 112). Véanse
también las págs. 154-55 de The Civilizing Process.
[3] Véase The Civlizing Process, especialmente los capítulos “On the Sociogenesis of
Minnesang and Courtly Forms of Conduct” y “The Courtization of Warriors.”
[4] Nos refirimos al autor del Amadís primitivo, a los autores de las posibles redacciones
posteriores y al refundidor Rodríguez de Montalvo.
[5] Sobre el trabajo de la mujer en la Edad Media véase: Martha C. Howell. Women,
Production and Patriarchy in Late Medieval Cities. Chicago: U of Chicago P, 1986; Barbara
A. Hanawalt, ed. Women and Work in Preindustrial Europe. Bloomington: Indiana U P,
1986; David Herlihy. Opera muliebria. Woman and Work in Medieval Europe. New York:
McGraw-Hill, 1990. Cristina Segura Graíño. “Situación jurídica y realidad social de casadas y
viudas en el medievo hispano (Andalucía)” La condición de la mujer en la Edad Media:
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Esteban. Madrid: Casa de Velázquez y U Complutense, 1986. 223-259; Claudia Opitz. “Life
in the Late Middle Ages.” A History of Women in the West. Silences of the Middle Ages. T.
II 267-317.
[6] Sobre el derecho en la Edad Media véase Pérez-Prendes Muñoz de Arraco, “Derecho y
poder.”
[7] “[A]nd later—continúa Elias—it [the regulation of sexual relations] is repeatedly
stronger here [in the middle and rising bourgeois classes] than in high bourgeois groups
which have already reached the social summit and taken on an upper-class character”
(Civilizing 510-11). Sobre las vicisitudes [el ascetismo] que en tiempos modernos
experimenta la pequeña burguesía en su esfuerzo por distingurse de los de abajo en tiempos
modernos, véase Pierre Bourdieu, Distinction. A Social Critique of the Judgement of Taste
(Cambridge: Harvard UP, 1984). Por lo demás, esta “casta que lucha en dos frentes”
Bourdieu denomina “la fracción dominada de la clase dominante.”
[8] Véanse al respecto Le Goff, Intellectuals in the Middle Ages y Time y Work and Culture
in the Middle Ages, capítulos “How Did the Medieval University Conceive of Itself” y “The
Universities and the Public Authorities in the Middle Ages and the Renaissance.”
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